Venecia, día 3

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Spike Lee y su show en el Lido.

Tercera jornada en Venecia y mientras el populacho espera a que The Master remueva hoy las aguas de la laguna, Spike Lee presenta su documental sobre Michael Jackson, escoltado por Ulrich Seidl con Paradise: Faith y Ramin Bahrani con At any price. Veamos lo que piensan nuestros enfurecidos plumillas, incluyendo el retorno de El-que-no-debe-ser-nombrado. Toni García, ¿por qué no has seguido viendo todas las películas?:

 

– El problema para el espectador que no se conforme con la evidencia de que Jackson era grandioso en sus discos y en sus actuaciones consiste en que va a saber de él muy poco más de lo que ofrecía su imagen pública y artística al ver este prescindible documental. Va a asistir a una hagiografía en la que todos cuentan lo entrañable y maravilloso que era Jackson, el honor que le supuso trabajar a su lado, la inconsolable tristeza que les causó su muerte. Pero en ningún momento Spike Lee intenta bucear en la torturada personalidad y el inequívoco lado oscuro de aquel señor negro empeñado en que su piel fuera blanca. Al terminar Bad 25 tengo la sensación de que sé tan poco de Michael Jackson como al principio. Ignoro si el método y la actitud de Spike Lee al hacer este retrato responde exclusivamente a las comprensibles servidumbres de la amistad o a la vaguería.

– Paraísos es una trilogía en la que Seidl narra lo que hacen determinados personajes en sus vacaciones. La primera parte, exhibida en el último Festival de Cannes, describía las aventuras eróticas de mujeres occidentales y sesentonas que van a alquilar carne nativa y joven en África. En la segunda, que acabo de padecer en la Mostra, este director ha decidido no moverse de Austria para describirnos cuál es el paraíso de su demencial protagonista durante sus vacaciones. Esta patética y tarada fundamentalista religiosa se dedica a visitar casas de gente desconocida tratando de afiliarlos a la fe católica y a que rediman sus pecados. Ignoro dónde radica el interés o la gracia de mostrar los desvaríos mentales de esta pobre mujer. Seidl utiliza su habitual y plúmbeo lenguaje para mostrarnos los anhelos y los temores de este personaje esperpéntico y digno de compasión.

– En comparación con la trama de Paraísos, la película At any price, dirigida por Ramin Bahrani, supone un oasis. Lo mejor de ella es la interpretación de Dennis Quaid, un actor que está envejeciendo muy bien.

Carlos Boyero – El País

Un documental tan rutinario, tan entregado a ensalzar la figura del mito que, transcurridos los primeros 10 minutos, no queda otra que fijarse en el decorado. La película, todo sea dicho, es más una excusa para premiar la carrera del director que un trabajo con el empaque necesario para recibir la proyección de honor en un festival como Venecia. Y se nota. Demasiado. La desilusión que provoca el esfuerzo de Lee se antoja aún mayor. Básicamente, la película se limita a dejar que unos cuantos bustos que hablan repasen sus emociones más profundas (cómo si no) con gesto de notario. Y con mucho maquillaje, que por algo ha pasado un cuarto de siglo. Al final, claro está, lloran y se llora. Salvo la aparición ocasional de alguna imagen inédita para consumo de los ‘muycafeteros’ y la intervención del propio Scorsese o el guionista y novelista Richard Price pocos motivos para el entusiasmo.

– El director de aliento y modales amaneradamente ‘indies’ (recuérdese Chop shop) traía a Venecia At any price. Con Dennis Quaid y Zac Efron en el reparto, la idea es recorrer el espacio desolado que ya conocimos en profundidad durante la lectura de Las correcciones, de Jonathan Franzen. Ya saben, el medio Oeste americano, la familia, la desolación y la nada. De otro modo, la América profunda como metáfora perfecta del vacío inmenso que puebla y despuebla (las dos cosas a la vez) el tiempo que nos ha tocado vivir. La película, quizá acosada por la necesidad de huir de los manierismos que citábamos arriba, somete al espectador durante la primera mitad a un repertorio de lugares tan comunes como anodinos. Y así hasta que, sorpresa, recuperamos al director que estábamos esperando. De golpe, la historia se adentra en el oscuro terreno de las verdades reveladas hasta adquirir el tono negro y profundo de los relatos que importan. De repente, duele. Ya saben, sólo lo que duele acaba por importar.

– Ulrich Seidl presentaba la segunda parte de lo que promete ser un tríptico denominado Paradise (paraíso). Faith (Fe) es ahora la excusa para insistir en el lado más oscuro, turbio y desasosegante de, otra vez, el tiempo que nos ha tocado. Como buen austriaco (y aquí valen Jelinek, Bernhard o Haneke), desde el primer plano (una mujer flagelándose) todo en la película es una pertinaz invitación al suicidio colectivo. El problema es que la voluntad firme de impresionar, de llamar la atención a cualquier precio, juega en contra del más mínimo atisbo de sensatez. Ni la película es lo suficientemente gratuita para que celebremos su arbitrariedad rupturista y gamberra; ni lejanamente reflexiva para que llegue a turbarnos de verdad (como hace Haneke, por ejemplo). Demasiado ruido.

Luis Martínez – El Mundo

– En cuanto a Spike Lee y su Bad 25 presentada fuera de la competición, se merecería darle la vuelta a esta crónica, ponerla de cabeza abajo. La información es abrumadora, con múltiples materiales de archivo y recuerdos, pero aún más abrumador es el sentimiento que contiene y que provoca. Y no es preciso ser bailarín para que a cualquiera se le vayan los pies de aquí para allá durante las dos horas que dura.

– La cinta pretende dar una imagen absolutamente distorsionada de lo que es la fe mediante una caricatura de los personajes, una mujer que se azota frente a la Cruz y va diciendo sandeces de casa en casa, y su marido, musulmán y paralítico. Sí Ulrich Seidl sabe o ha leído algo sobre la fe, desde luego nos lo oculta, y ofrece una visión con la altura intelectual de una despedida de soltero… No hay nada en esta película de Seidl que haga sospechar que sabe de lo que habla, y su acercamiento a la fe o a la religión es un puñadito de tópicos tontuelos y sus habituales y notables ganas de que hablen de lo descarnado de su cine.

– Bahrani ofrece un buen tapiz de colores y texturas en los personajes, muy de esa «America profunda» de la que tanto se habla, de lo sueños estancados y de los problemas mal resueltos. Está a punto A cualquier precio de ser una película grata para la sobremesa, pero la amenaza y la negrura la acaban envolviendo y convirtiéndola en un pulso entre moral y cínico.

Oti R. Marchante – ABC

– Spike Lee no parece demasiado interesado en buscar voces disonantes o ángulos imprevisibles sobre el tema. Insistió en declararse fan de Jackson desde los siete años, pero lo cierto es que en la lista de mejores artistas afroamericanos que vomita Radio Raheem en Haz lo que debas, Jackson no figuraba. ¿Será un lapsus? ¿O será que Lee es un chaquetero?

– La segunda parte de la trilogía del austríaco Ulrich Seidl, que arrancó con Paraíso: Amor, cambia el turismo sexual por la adicción al culto religioso. ¿Paraíso: Fe, escandalosa? Puede parecerlo si no se contempla a partir del prisma de la comedia.

– La película de Rahman Bahrani acomete una pieza de pura «Americana» sin que le tiemble el pulso. Esta historia de padres perdedores e hijos rebeldes, en la mejor tradición de Al este del Edén, está narrada con la sensibilidad que Bahrani había demostrado ya en Un café en cualquier esquina y Goodbye Solo, valiosas miniaturas sobre la soledad urbana que aquí se transforma en amargura por los sueños no cumplidos en una América profunda que ha perdido el sentimiento de comunidad en aras de una competitividad impuesta por la crisis global.

Sergi Sánchez – La Razón

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