Críticas: Sin frenos

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Los momentos cómicos de autoparodia son lo mejor de la nueva película de David Koepp. Sería un grave error tomarse en serio cualquier aspecto de esta descabellada historia de ciclistas-mensajeros en Nueva York, de hecho su mayor defecto es cuando la trama pretende en ciertos momentos ser emocional y melodramática. Ni siquiera debería calificarse como película de acción al uso, no busca epatar al espectador con magníficos efectos especiales, todo lo contrario. El primer plano con el que abre la película es demostrativo de ello: un plano nadir enfocado al cielo y por donde pasa Joseph Gordon-Levitt a cámara lenta, resaltando el artificio y sentando las bases de lo que está por venir.

Este tratamiento de los efectos queda perfectamente plasmado cuando Gordon-Levitt va a toda velocidad en su bicicleta y se encuentra ante una encrucijada de caminos: el tiempo se detiene y nos hacen una simulación de los distintos caminos que podría tomar y sus posibles consecuencias, a cada cual más descabellada y desafortunada, e insistimos sin ánimo ni pretensión de ser realista y creíble, sino de levantar las carcajadas del personal, cosa que consigue perfectamente. Es digno de agradecer que empiecen a surgir películas a nivel mainstream herederas de la Serie B, referenciándose en aquellas películas técnicamente muy imperfectas y cuyo propósito era situarse más en la comedia que en la acción, en estos tiempos en los que los fuegos artificiales han acabado por devorar a los personajes y a los argumentos.

Como decíamos al principio lo mejor es su humor sobre el propio film y el género, representado esencialmente en el personaje de Michael Shannon. Uno de los actores más relevantes del panorama actual gracias a sus excelentes interpretaciones en la serie de la HBO Boardwalk Empire, y a la película Take Shelter de Jeff Nichols. Esa autoparodia de la que hablamos también se ejerce sobre el propio actor, cuyos gestos y tics dramáticos cargados de mucha gravedad en los ejemplos citados son revertidos en este film. Interpreta a un policía violento, racista y con problemas de ludopatía, y que acaba por convertirse en un villano realmente divertido al que todo le sale mal. Una especie de Pato Lucas con una mala suerte endiablada, y cuyos planes y tretas siempre acaban por truncarse. Su sobreactuación unida a unos diálogos hilarantes, hacen de este personaje algo muy grande. De hecho, Shannon acaba por comerse la pantalla siendo el personaje con el que más empatizamos, y de paso ganándole de calle el duelo interpretativo a Gordon-Levitt, otro actor de éxito en la actualidad y más tirón popular si cabe, pero muy por debajo en calidad al gran Shannon.

La película avanza a golpe de flashforward y con una estructura llena de agujeros en sus tramas, que la hace bajar muchos enteros desafortunadamente. Su previsibilidad y el exceso de tópicos que plagan la historia acaban por pesarle en el resultado final, y hacen que esas virtudes queden un poco enmascaradas por sus enormes defectos. No obstante, siempre y cuando que no sometamos a nuestro cerebro a pensar mucho en lo que ve, es una divertida propuesta que hay que valorar por su originalidad en el tratamiento humorístico de los personajes y de las claves arquetípicas del género de acción.

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