Críticas: El nombre

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El viernes se estrena una de las comedias de la temporada. Es El nombre y, en ella, la palabra diversión parece quedarse corta.

Una casa, varios personajes, mucha mala leche y convenciones sociales. ¿Les suena? Pues claro, ya lo vimos hace unos meses, cuando Roman Polanski estrenaba en España Un dios salvaje y, si bien era complicado repetir fórmula y salir airoso, está claro que la pareja de cineastas galos lo logran con creces.

Pero no nos quedemos en la superficie de un título que empieza mostrando su inconfesable amor por la post-modernidad: el prólogo donde todos los personajes y sus rarezas son presentados la destila por los cuatro costados, y no únicamente por la voz en off, su dinámica narración y la omnipresente banda sonora, también por sus chispazos de ingenio que tan pronto son capaces de arrancar una carcajada como de rememorar aquella célebre secuencia donde Amelie hacía cábalas sobre el paradero de su novio, ya sea por la chispa de ese off tan bien desmenuzado o por lo original de la propia narración en sí. Tras ese arranque que, quizá con un par de minutos menos hubiese funcionado mejor, de La Patellière y Delaporte comienzan a destapar el tarro de las esencias con una secuencia en la que juegan, ni más ni menos, que con las posibilidades que le confiere el título a la obra; de este modo, descubriremos que escoger un nombre nunca llegó a ser tan difícil como divertido y desquiciante en una de esas cartas de presentación inmejorable, donde todo parece funcionar como un auténtico reloj suizo y el ritmo no parece querer dar reposo a unos primeros minutos en los que la palabra hilaridad parece quedarse corta para un título como El nombre.

Es esencial, más allá de la tremenda labor de unos realizadores que encauzan la propuesta con un envite necesario, la labor de unos intérpretes que están en auténtico estado de gloria. Eso sí, y antes que nada, hay que señalar la V.O. como sustento vital para un film así, y es que sin la presencia de un diálogo que seguramente pierda parte de su naturalidad y potencia en un hipotético doblaje, El nombre ya no sería lo mismo. No porque actores como Patrick Bruel o Charles Berling no hagan verdaderos méritos para llevar el film de los galos al terreno donde ellos quieren y manejarlo así con soltura, también por el hecho de que sus aspavientos y la gestualidad de la que hacen gala van perfectamente de la mano con una precisión en el modo de entonar y recitar el diálogo que incluso rompe la barrera de una teatralidad que fácilmente podríamos haber hallado en un trabajo como este y en ocasiones parece reformular los códigos de la sitcom (con algún que otro instante que bien podría parecer un «sketch») traspasando la pantalla con una naturalidad fuera de toda duda y digna de elogio.

Pero no toda la magia de un discurso que tan pronto nos desgañita de la risa como nos sujeta, con tensión, a la butaca proviene de unos actores en estado de gracia. De La Patellière y Delaporte, que ya hemos comentado anteriormente que saben manejar los códigos de un cine, el post-moderno, que también encuentra su rincón en una cinta como esta, saben crear una verdadera danza de situaciones donde cada personaje saca a relucir sus peores defectos, en los que la máscara social, como ya sucedía en el film de Polanski, termina desvelando los más absurdos prejuicios de una comunidad que cada vez parece más apocada a la pueril trivialidad de temáticas capaces de hacer que se enarbolen las peores palabras y sensaciones en una circunstancia que nunca termina de estar definida del todo, pero que sin duda acercará a los espectadores a otro de esos films de la temporada que no merece la pena perderse, puesto que El nombre es otra de esas atrevidas comedias que bajo su estampa tienen la mala sombra del humor más ennegrecido, combinada con un desparpajo inusual con momentos que se antojan más dramáticos e incómodos que otra cosa, pero no terminan sino siendo la ventana perfecta para exorcizar todos los males de un grupo de amigos que quedarán enterrados en una maravillosa secuencia final. Para no perdérsela.

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