Críticas: Dredd

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Nueva adaptación a la gran pantalla del cómic homónimo a cargo de Pete Travis. Factura una sorprendentemente contundente película de acción enmarcada en un futuro distópico, con nervio, sangre hirviendo y una mala uva considerable…

Con el eterno debate social sobre la pena de muerte siempre sobre la mesa, las vías subterráneas que despliega la aparentemente inofensiva nueva obra de Pete Travis, parecen abordar tanto esta como otras cuestiones que apuntan a la moralidad de políticas que, desgraciadamente, parecen estar poniéndose de moda con mayor fuerza que nunca. Adaptando el cómic británico creado por John Wagner y el dibujante Carlos Ezquerra, y desmarcándose claramente de la adaptación que en 1995 estuvo al servicio de Sylvester Stallone (Judge Dredd, Danny Cannon, 1995), Pete Travis y su guionista, Alex Garland, plasman en imágenes un futuro tan distópico como descorazonador. Porque, ¿hay acaso lugar para utopías futuristas en estos tiempos que corren?

La violencia, la corrupción y el caos marcan la frontera social entre el débil y el fuerte. Ciudades enormes carentes de cualquier identidad, totalmente alienadas, cuya única diferenciación entre unas y otras radica en el número final que acompañan a idénticos topónimos. Edificios de 200 plantas, microcosmos sociales que suponen el vivo reflejo de un modelo de sociedad piramidal casi feudal. Megalópolis cercadas con enormes muros de contención que constituyen el último reducto donde la humanidad del futuro tiene posibilidades de subsistir. Fuera de ellos, las posibilidades son nulas. Las devastadas tierras que rodean las grandes ciudades han pasado a ser yermos e inhóspitos desiertos fruto de la propia acción humana, responsable de convertir en realidad imágenes pesadillescas. Una sensación fría nos recorre el cuerpo: ¿no resulta todo horrorosamente cercano? Sea por falta de presupuesto o no, la decisión por parte de los autores de tomar como modelo ciudades actuales para añadirles, a modo de notas identificativas, enormes edificios y autopistas deviene en una idea tan brillante como sencilla. Acompañando a esa presentación tan clásica del espacio en plano general, las lapidarias palabras en off de un juez Dredd interpretado con socarronería y presencia física por Karl Urban, anticipan un mundo despiadado donde los matices parecen tener poca cabida. Ojo por ojo, diente por diente. Así actúan los jueces, miembros del departamento de justicia, quienes encarnan en su persona los cargos de juez, jurado y verdugo. El confinamiento de la humanidad en espacios estancos, corrompidos y superpoblados, esa gran prisión en la que se ha convertido la vida, ha hecho aflorar unos índices de criminalidad absolutamente disparados y el precio de la vida humana se ha devaluado en exceso. Ante unos índices inasumibles por la justicia se opta por la vía rápida y expeditiva: la brutalidad se contesta con más brutalidad. Se aceleran trámites y los condenados a muerte se ejecutan incluso en el mismo lugar. Prisión o muerte, blanco o negro. Tampoco hay tiempo de funerales y ante la superpoblación los cadáveres son sometidos a un rápido proceso de reciclado. En ese pulso contra el crimen organizado que los jueces sostienen contra clanes como el liderado por Ma-Ma (Lena Headey), la imposición de este ineficaz y vigilante estado policial busca ante todo reafirmar la presencia de una autoridad mediante el miedo. Pero -y, aunque obvia, he aquí la jugosa lectura de la película de Travis-, resulta curioso comprobar cómo en una sociedad que vive en medio del fuego cruzado entre criminales y jueces, esa política de fuerza bruta genera un círculo de violencia que no parece tener fin, convirtiendo en estériles las contundentes palabras de Dredd al comienzo de la película. La Ley del Talión es puesta en duda.

Dredd no es una película sutil a la hora de elaborar su discurso y todo lo expuesto arriba es presentado en puñados de sal gorda. Pero si en otras películas esto podría ser cuestionable, la obra de Travis encuentra su justificación en la naturaleza del universo plasmado. A un mundo devastado, acelerado y masificado en el que la mayoría de personajes parecen moverse en los extremos se decide una planificación que busca cierta aceleración, el plano corto, el efectismo (el abuso de las secuencias en las que los personajes aparecen bajo los efectos del slo-mo, una potente droga que ralentiza la respuesta del cerebro), el ruido atronador, una música electrónica machacona y una ultraviolencia que nunca aparece descontextualizada. Solo la recluta Anderson (Olivia Thirlby), la aspirante a juez con poderosas capacidades telepáticas (fruto de una mutación de la que nunca sabremos la causa) que acompañará a Dredd a los infiernos de Peach Trees, es la encargada de poner las notas grisáceas a esa limitada escala cromática. Su personaje acaba resultando capital pues es con quien más puede identificarse el espectador en el viaje por ese mundo amoral y hostil. Ella es el personaje que muestra las contradicciones de ese orden de las cosas y en la que se apoya el director para articular su discurso. La decisión de mostrarse en la película sin el casco obligatorio de los jueces sirve para marcar un carácter que aún conserva una personalidad, no engullida todavía por los oscuros senderos del sistema; un rostro identificable con el que poder empatizar, en contraposición a un hierático juez Dredd más autómata que humano, un personaje totalmente alienado el cual nunca descubre el rostro y cuyo casco esconde una personalidad atormentada; como bien han trazado los responsables en cuatro pinceladas casi al comienzo de la cinta. Una máquina de matar al que solo le mueve el cumplimiento extremo de la ley.

Hija espiritual de los 80 más políticamente incorrectos, emparentada con las distopías futuristas de Paul Verhoeven y con un argumento al que muchos han visto similitudes con la cinta indonesia The Raid (Serbuan Maut, Gareth Evans, 2011); Dredd expone todo esto bajo el disfraz de una contundente película de acción repleta de testosterona, suciedad y fisicidad, no renunciando nunca a prescindir de unas agradecidas y secas líneas de humor negro. Un film casi animal, primario, al que su honradez y su desenfadado tono de serie B juegan siempre a su favor. Un cine que recupera la esencia pura de un cine perdido de manera casi innata, sin forzar su condición con excusas y aspavientos para reivindicar unas formas ya olvidadas. No cayendo en el remedo sin salero ni acudiendo al superficial guiño constante al espectador, siempre con los pies bien puestos en el presente. Cine sudoroso y musculado, directo al grano.

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