Críticas: Adam resucitado

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Llega ahora a España la mirada, siempre visceral, de Paul Schrader sobre el Holocausto.

Volvió Paul Schrader. Autor del ensayo El estilo trascendental en el cine (Ozu, Bresson, Dreyer), guionista excepcional de Taxi Driver, director de la notable Affliction, por citar las que son, para mí, sus tres grandes contribuciones al arte del pasado siglo. Volvió y lo hizo con un personaje singular, genial y trastornado, al más puro estilo de Yukio Mishima, su Mishima. Adam comparte con el excéntrico escritor japonés una imaginación desbordante y torturada y una marcada tendencia al mesianismo desquiciado. Dos personajes mentalmente enfermos y magnéticos, abocados a la locura como escape radical de un mundo irrespirable.

Adam Resurrected tiene algo de la curiosa y fallida Canino, de Giorgos Lanthimos –aunque la película del griego es posterior a la de Schrader. También hay algo de La pasajera (Andrzej Munk, Witold Lesiewicz) en el ambiente nocturno de los campos y en el afilado ladrido de los perros.

El Holocausto es, en esta cinta, introspectivo. Se intuye la devastación global por la devastación interior del personaje. Las localizaciones son precisas y acertadas: la casa del inicio, el cabaret, el salón del comandante Klein, el hospital. El hospital merece comentario aparte: situado en medio del desierto, con líneas claras, funcionales; en él todo parece horizontal salvo la sinuosa Gina Grey, enfermera jefe del lugar. La intensidad de la luz, dentro y fuera del manicomio, contrasta con la tiniebla del campo de concentración.

Advierto en ese manicomio cierto ambiente Sílení (Jan Svankmajer, 2005). La atmósfera es distinta, pero los personajes centrales respectivos (el marqués de Sade y Adam) crean un vínculo especial entre médicos y enfermos. En ambas cintas intuimos una realidad deformada por la mirada del protagonista, un protagonista ambiguo, a caballo entre el genio y la locura –el tópico aparece en los dos casos.

Jeff Goldblum está espectacular en un papel, el de Adam Stein, que le viene como anillo al dedo. Un papel arriesgado, histriónico y profundo, que no carece de matices. Consigue ser creíble como perro y como mago; es atrayente, áspero y simpático, al borde de la farsa. Somatiza y se provoca enfermedades, lee el pensamiento. Pero su don no es suficiente para rescatar al mundo. El antagonista, Klein (Willem Dafoe) no es un nazi de una pieza –el nazismo es en él más una inercia que una ideología–. La base de la cinta es triangular: judío-perro-nazi. El perro es el cemento que mantiene unido el edificio.

La película, no obstante, es irregular. Alterna escenas excelentes (la visión de la chimenea crematoria, con el aullido de fondo, produce escalofríos) y escenas deslucidas (entre otras, la visita al yerno). Extrañamente, su principal defecto es de guión. Un personaje como Adam no debería perder su cualidad de enigma, pero Schrader decide tratarlo como si fuera un acertijo simple. La acción decisiva, el exorcismo, resuelve la ecuación y cierra la película. Se pierde, en cierto modo, la fascinación caótica del personaje –que ya era extraño y fascinante mucho antes de entrar en el campo de exterminio.

Volvió Schrader, sí. Con su querencia por lo insano (veo a Cronenberg en lo morboso y en las somatizaciones). Optó por balizar el laberinto en vez de entrar en él con ansias de perderse –como lo hubiera hecho David Lynch. Volvió y nos ha dejado a medias, entre lo convincente y lo ridículo. Plantó en la zarza ardiente a un nazi. Un nazi desplazando a Dios de su elemento.

Un Dios que o bien no está presente o no se digna a contestar. Quién sabe.

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