Críticas: Un condenado a muerte se ha escapado

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La mano maestra de un cineasta irrepetible: Robert Bresson.

Las manos de Fontaine son las verdaderas protagonistas de la cinta. Representan, en sinécdoque (el todo por la parte), al individuo, de igual modo que los fragmentos de espacio (celda, muros, puerta…) son sinécdoque de un espacio fílmico ideal, el del encierro, que el espectador ha de construir en su cabeza.

Nada más empezar, vemos a Fontaine tocando la manija de la puerta del coche en que lo llevan detenido. Luego, en prisión, Fontaine conoce su celda, sobre todo, con las manos. Hacia el final, antes de lanzarse a por el guardia, Fontaine alza los brazos. No me cabe duda de que Bresson quiso que se apreciaran bien las manos blancas, a pesar de lo forzado (y aun ridículo) del gesto. Esa secuencia, con su célebre fuera de campo, es extraordinaria: el verdadero clímax de la narración, el nudo más intenso de la trama. La preparación –tan minuciosa– de la escapada converge en ese punto crítico de azar.


Es maravilloso como entran en juego los sentidos; las manos como vehículo del tacto, reforzadas por los sonidos de todo el bricolaje. Los ojos de Fontaine asoman por doquier (mirilla, rejas, muros…). El rito del lavado (la disposición de los reclusos, el sonido del agua) es una especie de comunión colectiva. Los presos se comunican aun a riesgo de ser reprendidos por los guardias o de ser traicionados por algún soplón. Y luego, cuando vacían los cubos con, suponemos, las heces y residuos, suena Mozart (el Kyrie de la Gran Misa en do menor, KV 427). Los dos momentos en que deberíamos hacernos más conscientes del intenso mal olor de los cautivos (lavado colectivo y vaciado de los cubos), se convierten, por medio de Mozart y del agua, en invitación a la piedad, en la fusión de contrarios (agua y heces; carne y espíritu) que caracteriza la esencia de lo humano.

A mi juicio, Bresson pretende que el espectador haga con la película lo que Fontaine con el somier, las mantas y demás objetos: descomponerlos para transformarlos en otra cosa. Nos ofrece sonidos y fragmentos reales para que nosotros creemos el espacio virtual del recluso e, idealmente, el de la reclusión.

Aunque la voz en off es un recurso que no suele agradarme, aquí sí me convence. ¿Por qué? Porque en un recinto en el que está prohibido hablar (Pas parler! -espetan machaconamente los guardias alemanes), la voz en off proclama la libertad del pensamiento: es un acto de rebeldía interior que nos conmueve, pese a repetir hechos banales o mecánicos que ya se nos enseñan por la vía de la imagen, o incluso de los ruidos.


En Un condenado a muerte se ha escapado, las manos son el instrumento de la mente. Un instrumento que conduce, en el último plano de la cinta, hacia una diagonal de libertad.

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