Críticas: Ted

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Seth MacFarlane debuta en la gran pantalla con una divertidísima comedia que recoge mucho de lo visto en su obra animada.

En un momento de Ted, el personaje de Lori (Mila Kunis) reta a su pareja, John (Mark Wahlberg), a que le explique su versión de cómo recuerda el momento en que se vieron por primera vez. Según éste nada de lo que le ha contado su pareja, con la que lleva 4 años saliendo, se ajusta a la realidad. Entonces, mediante un flashback pasado por el tamiz de quien evoca, el recuerdo se hace carne fílmica con la forma de un paródico y extraño cruce entre el Richard Gere de Oficial y Caballero (An Officer and a Gentleman, Taylor Hackford, 1982) y el Tony Manero de Fiebre del Sábado Noche (Saturday Night Fever, John Badham, 1977). En la evidente diferencia estilística y de tono entre este flashback (referencia directa a la obra de Badham) y el evocado por el personaje de Lori, en el que vemos a un John haciendo el más sonado ridículo en sus intentos por ligar en una discoteca, resulta fácil discernir quien lleva el peso de la razón, pero también (sin abandonar el humor) en definir, en cierta manera, tanto a un personaje como a otro.

Para cualquiera que sepa ante qué y quién estamos, sabrá reconocer al instante un mecanismo narrativo que constituye la base del éxito de una de las series de animación que lanzó a la fama a Seth MacFarlane, Padre de Familia (Family Guy, 1999), a través del cual se despliega toda una suerte de gags donde el exceso y la sal gorda son los ingredientes principales. Irremediablemente emparentada con la inmortal obra de Matt Groening, Padre de Familia está lejos de la redondez guionística expuesta en muchas temporadas de la familia amarilla, pero su carga de irreverencia es mucho más considerable y, si acaso, deja mucho más de lado esa moralina tirando a conservadora propia de algunos capítulos de su prima lejana. Sin embargo, esa supeditación al flashback (o la representación visual de la fantasía) como introductor del humor también da pie a que Padre de Familia sea una serie muy irregular en cuanto a estructura dramática, entorpeciendo el ritmo de unas tramas sin pies ni cabeza en un juego con el absurdo que en sus primeras temporadas resulta bastante agradecido.

A pesar de que para la primera película en imagen real de MacFarlane, las constantes vistas en las creaciones animadas del autor se mantienen casi intactas, el caos narrativo de series como Padre de Familia es sustituido aquí por un cierto amansamiento. Además, mecanismos como el flashback (tan presentes en aquella serie) van a tener aquí una presencia mucho más testimonial e incluso, como hemos visto, con una cierta justificación dramática. Este hecho implica que el ritmo en la película resulte más fluido que su serie estrella pues no depende tanto de ese mecanismo narrativo como de hacer recaer la carga humorística de la película en la figura de Ted, ese oso de peluche drogata, alcohólico y devorador de cultura popular, absoluto y total dueño de la función. Personaje, dicho sea de paso, nada extraño dentro del universo de MacFarlane donde perros, peces, osos e incluso extraterrestres adquieren habla y comportamiento humanos, casi siempre con gran predilección por el alcohol. Pero (y he aquí la diferencia) si en aquellas estos personajes son introducidos sin explicaciones ni justificaciones dramáticas de ningún tipo (potenciando así el juego con el absurdo) en Ted lo fantástico si irrumpe con una justificación dramática, tal y como se nos narra en ese ambliniano prólogo ambientado de manera poco inocente en los 80, como bien nos recuerda ese póster de Indiana Jones y el Templo Maldito (Indiana Jones and the Temple of Doom, Steven Spielberg, 1984) colgado en la habitación de John: el oso de peluche cobra vida por un inocente deseo de infancia. Aunque la posterior integración de Ted en la normalidad del panorama humano es justificada con unas divertidísimas líneas de diálogo pronunciadas por el narrador en off, lo cierto es que ya desde estos primeros instantes ha quedado patente que la nueva propuesta de MacFarlane se moverá mucho más hacia los terrenos comerciales del mainstream norteamericano, y no tanto hacía el desmelene y la incorrección política de sus creaciones animadas. El gusto por el absurdo más desatado y las cargas de profundidad a la hipocresía de la sociedad norteamericana tan presentes en sus hijas animadas, aquí se desinflan en parte. La necesidad (no sé de quién) de dotar a la película con una carga argumental de peso, independientemente de contar con gags colosales o que la propuesta finalmente resulte, para quien esto escribe, fresca y divertida, hace demasiado evidente la domesticación de un discurso centrado en los problemas del paso de la adolescencia a la madurez y el miedo a asumir responsabilidades. Una tierra de nadie presidida por Ted, quien personifica más que ningún otro la libertad y el frenetismo de una eterna adolescencia de la que John se resiste en dejar atrás. Una dulce burbuja que una mujer amenaza con hacer estallar. La parte madura de este ménage à trois, la cabeza que amenaza con desestabilizar el pequeño mundo de John y Ted, a quien ella ve como el ancla que impide que su pareja dé el paso definitivo: el matrimonio, cliché mediante, como punto y aparte. El miedo a la pérdida de libertad y asumir las responsabilidades del mundo adulto para el. En definitiva, nada nuevo bajo el sol.

Pero cuando MacFarlane se deja de excusas argumentales y pasa a identificarse con ese irreverente dúo protagonista; cuando se abandona al humor salvaje, anárquico o al regocijo en el guiño cómplice y nostálgico en forma de referencias al cine de Spielberg, a la siempre presente saga galáctica de George Lucas o a películas de culto tan eighties como Flash Gordon (Ídem, Mike Hodges, 1980), -protagonista de un gag antológico digno de ovación- la película, sin más ambición que la de repartir carcajadas entre el personal, funciona a pleno rendimiento. Por eso, cuando el exceso de azúcar amenaza con sabotear el ponche y la sensiblería empieza a asomar su cabeza, cabe preguntarse si terminan de tener un sentido en un conjunto donde sus partes más irreverentes e incluso escatológicas son las razones de ser, no sabiendo uno muy bien dónde encajar el dulce ni si es coherente con todo lo demás. Unas concesiones a la platea que hacen que la propuesta sea menos transgresora de lo que a priori podría parecer, pese a sus chistes de corte racista, su trazo grueso y su irreverencia; por mucho que en ese final se quiera volver al tono gamberro en un gesto que parece hecho para poder resarcirse con el espectador. Arqueos de ceja aparte, es justo destacar la evidente y agradecida personalidad que desprende el conjunto. Al final, como el propio director acaba reivindicando, tanto John como Ted no son más que el reflejo de un Seth MacFarlane para quien los niños grandes nunca mueren. Él es la prueba viviente. El giro final, en este sentido, es toda una declaración de intenciones.

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