Críticas: Headhunters

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Con un discurso de apremiante actualidad y una loca mezcla genérica, Morten Tyldum factura una obra de interesante planteamiento, pero fallido resultado.

Sobre el papel hay una premisa ciertamente interesante: Roger Brown, un joven cazatalentos, trabaja para una gran empresa, es dueño de una casa millonaria y está casado con una atractiva mujer, la cual regenta una galería de arte. Unas condiciones que permiten un alto nivel de vida con las que bastaría para vivir sin más preocupaciones. O al menos es lo que cualquiera pensaría. Pero para Roger, la idea de vivir muy por encima de unas posibilidades ya de por sí inalcanzables para la mayoría es algo que le obsesiona. Este hecho, unido a cierto acomplejamiento físico y emocional (tal y como subraya explícitamente tanto la voz en off del protagonista al comienzo de la película como también en el trazo de algunos personajes antitéticos a este), hace que Roger busque unos ingresos extras con los que seguir en la cresta de la ola. Con la ayuda de un perturbado guardia de seguridad fanático de las armas, se dedica a desvalijar obras de arte de gran valor de casas particulares. Uno de los candidatos a director general de la empresa para la que trabaja, Clas Greve, la antítesis de el en todo los aspectos y sospechosamente cercano a su esposa, guarda en su casa una obra de arte cuyo valor en el mercado podría hacer que Roger se dejara de preocupar por los ingresos extra en la nómina de final de mes durante mucho tiempo…

Una premisa que también permite, sobre el papel, un interesante discurso de rabiosa actualidad sobre el vacío moral surgido de años de capitalismo salvaje y las consecuencias que se derivan de un sistema caduco e injusto. Tiempos que piden con obligatoriedad al conjunto de la sociedad un cambio de mentalidad donde forjar un sistema más justo, equitativo y en el cual el dinero deje de estar en la cúspide de la pirámide social. Un discurso que, con toneladas de cinismo y humor negro, ya planteó Costa-Gavras en la muy interesante Arcadia (Le Couperet, Constantin Costa-Gavras, 2005), con la cual la cinta de Morten Tyldum comparte no pocos puntos en común y que Park Chan-wook, en una muestra más del cine como reflejo de las pulsiones de la sociedad, no tardará en revisar. Después de haber sido despedido de su empresa tras años de fiel servicio, el protagonista de Arcadia, Bruno, llevaba a cabo una serie de asesinatos sin escrúpulos con el fin de eliminar a aquellos posibles candidatos que pudieran ocupar la vacante de un reputado cargo en una gran empresa, permitiéndole así mantener su alto nivel de vida. En Headhunters los riesgos que toma el protagonista para ir mucho más allá en el holgado mantenimiento de su nivel de vida, son menos contundentes y, quizás, más tolerables a nivel moral en comparación a los de Bruno, pero igualmente se encuentran fuera de la ley. Sin embargo, Tyldum pronto nos coloca al otro lado del espejo, revelándonos así la verdadera naturaleza del experimento: las confiadas andanzas de nuestro protagonista pronto van a errar sus pasos y, actuando como reverso de la obra de Costa-Gavras, el “verdugo” pasa a convertirse en víctima de una persecución sin lógica aparente en la que la propia vida está en juego. Verdugo y víctima, víctima y verdugo.

Roger es un ser deleznable. A su aspecto un tanto andrógino y a su cobardía, añadámosle el cinismo de quien se siente realizado pisoteando a los demás y al que se le llena la boca cuando habla de reputación. Sirva de ejemplo el hecho de tener una aventura con una mujer sobre la que puede ejercer una demostración de dominio físico (la cuestión de la altura entre uno y otro), emocional (aparentemente esa mujer no tiene a nadie más que a él) y económico (basta con detenerse en las evidentes diferencias entre dónde vive uno y otro). Algo que no puede sentir mientras está con su esposa, de quien se siente superado en todos los aspectos. Incluida una falta de empatía tan humana que hace de Roger un ser frío y distante, como demuestra su animadversión a los niños y los perros, metas a las que incansablemente aspira su esposa. De ahí que intente cubrir estas carencias con un obsceno manto de superficial materialidad. Por esa misma razón, cuando en un torticero momento de la película Roger se queda mirando a unos niños jugando a través de una ventana para acto seguido llamar a su esposa, lo que se esconde tras esos ojos no es tanto un replanteamiento profundo de la existencia de Roger como una actitud egoísta (sacar adelante unos hijos sin el amor de uno de los cónyuges) tan propia del trazo psicológico del protagonista que hasta el momento habíamos visto, coincidiendo además con uno de los primeros puntos de giro de la película. Al final, el destino de todos los personajes, sean cuales sean los acontecimientos, parecen abocados a un camino cuya última destinación siempre estará marcada por un incontestable pesimismo. Como también lo estaba en Arcadia.

Pero mientras el veterano director griego conducía sin titubear su propuesta hasta las últimas consecuencias, con la mirada fija en afianzar un discurso lúcido, contundente y sin abandonar nunca una apuesta frontal por el humor negro; la obra de Morten Tyldum está llena de baches, vaivenes y un arrugamiento discursivo ciertamente frustrante.

Efectivamente, sobre la práctica, Headhunters se hunde en la mayor de las miserias. Una desagradable sensación que recorre desde la tosquedad de las formas; su renqueante guión repleto de diálogos infladísimos con situaciones y giros que bordean el ridículo (si no caen estrepitosamente en él) y que conducen a momentos de pura comedia involuntaria; hasta el empeño del director en intentar conjugar, por una parte, el abordaje del discurso anteriormente planteado y, por otra, demostrar que ha visto mucho cine, ejemplificado en incontables referencias muy mal digeridas y en su poco cuidadoso juego con los géneros (con el consiguiente descalabro), en lo que lo escatológico y la violencia descarnada (dos aspectos que, siendo justos, son justificables en parte) tienen su obligatoria parada. ¿El resultado? Una indefinición genérica, un no lugar y una brusquedad tonal absolutamente desconcertante que ponen la duda en el espectador sobre la intencionalidad o no del director a la hora de abordar las supuestas líneas subterráneas que puedan deslizarse tras las imágenes.

 

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