Críticas: Café de flore

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La nueva película de Jean-Marc Vallée gira en torno al amor, su pérdida y la canción de Matthew Herbert que le da título.

Enseña sus cartas rápido: «Esta es la historia de un hombre que lo tiene para todo para ser feliz y que además tiene lucidez para ser consciente de ello». Pero esconde un as sin reverso en la manga pese a una amplia suma de clichés: las almas gemelas, el poder del amor, la despedida del ser amado y lo que hace falta para seguir adelante…

El cine es imagen, pero la música la genera en nuestra mente y el director de C.R.A.Z.Y. es un habitual de la tracklist y el respaldo sonoro en sus propuestas más aclamadas. Café de flore parte de la canción homónima de Matthew Herbert para hablarnos del amor, de almas gemelas y la superación ante la ruptura. Jean-Marc Vallée nos sitúa en el Montreal actual, con incursiones en el pasado de los protagonistas, y ofrece un contraplano en el París de principio de los sesenta para trazar la amplitud que ofrecen sus historias y personajes. Y el mínimo común denominador en todos ellos, obviamente, es la música.

El protagonista de la historia es un DJ (implícito nuevamente la vertiente y vocación musical) que se replantea la felicidad que ha alcanzado en su vida. En esos recuerdos de la que fue su pareja, esposa, madre de sus hijas y primer amor también la música, el homenaje y el vinilo están presentes. Además, la hija mayor del protagonista utiliza la música como elemento de venganza y manipulación para que su padre se acuerde del corazón que ha roto y el precio que tiene su nuevo y definitivo amor. Entre la música, los recuerdos y la vida, Café de flore establece las conexiones emocionales entre sus personajes y esa ruptura la produce una historia que aparentemente no está vinculada con la cardinal: ni en simbología, ni escenario ni en tiempo. Pero el amor y de nuevo el tema de Herbert conectan al espectador en la historia de esa madre coraje que debe proteger a su hijo con síndrome de Down y pugnar con sus sentimientos cuando éste encuentra a su alma gemela. El filme de Jean-Marc Vallée habla tanto de la aceptación del amor más puro como de su pérdida.

Como si fuera una pieza musical, Café de flore deja numerosas notas entre las líneas que establecen su pentagrama. La película oscila entre el artificio y la espiritualidad y se sujeta mediante el notable montaje y los detalles que deja su director en sus seguras imágenes. Jean-Marc Vallée da señales de su propia voluntad y ateísmo confeso y deja un camino abierto a aceptar sus convicciones. El motivo es no dejar cerrada la puerta a una resolución espiritual, por lo que detalla pistas para dar una un explicación racional y onírica a lo que estamos sintiendo. Hay un elemento bastante interesante que es un guardia inglés (beefeater) que aparece en recuerdos y fotografías y en varias secuencias, como un fantasma que persigue al protagonista, tal vez porque el pasado siempre va a estar presente en su vida.

Realmente Café de flore trata sobre ese asentimiento entre personas y en ese punto del director quiere mostrar ciertas credenciales y licencias, gustos sonoros y reflejos a través de la historia. Decide cerrar, a lo El resplandor, con una foto y un detalle que conjunte con la propuesta: el elemento es borroso y solamente la fe del espectador podría enfocarlo y desequilibrar su personal y tambaleado lado de balanza entre el destino o la posibilidad. Como si ese pasado fuera una fina capa borrosa que cada uno descifre a conveniencia.

Jean-Marc Vallée ha confeccionado una película basada y formulada por el montaje y la armonía. The Cure, Sigur Rós y Pink Floyd se convierten en recurrentes e inspiradores piezas tanto para los protagonistas como para los espectadores. Es cierto que podemos sumar la propuesta al Malick de El árbol de la vida, a La fuente de la vida de Darren Aronofsky o la española y ópera prima de Paula Ortiz, De tu ventana a la mía. Pero esta historia, tan intricada como metafísica y anacrónica, se ve abocada a la utilización del montaje como camino emocional. Tal vez la perfección del encuadre y su pretendida luminiscencia, sumado a la banda sonora y montaje, hagan que por momentos pensemos que estemos dentro de un clip o anuncio. Pero Café de flore quiere ser para el espectador lo mismo que la música para sus protagonistas: un florilegio aplicado a la canción y el recuerdo.

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