Críticas: The Woman Who Brushed Off Her Tears

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Victoria Abril en el segundo día del Sarajevo Film Festival.

Segundo día de programación oficial en el Sarajevo Film Festival. La anécdota es demasiado buena para no contarla. Una mañana, Victoria Abril recibió un e-mail de una tal Labina Mitevska (la coprotagonista de la cinta), invitándole a asistir a Macedonia, al festival de cine que ella preside en un pueblecito, para recibir un reconocimiento a toda su carrera. Educadamente, y tras buscar en el Google quién era la tal Labina ésa y dónde se encontraba ese pueblecito, la malagueña declinó la invitación.

Labina no se dio por vencida y siguió insistiendo, enviando hasta otros nueve e-mails rogando su asistencia. Al final, Victoria Abril accedió a ir un día. Lo que ella ni nadie sabía entonces es que todo era un plan preparado meticulosamente por Labina y su hermana, Teona Mitevska, prestigiosa directora de cine Macedonio (I am from Titov Velez) para conseguir a la actriz en su nuevo proyecto, que necesitaba ser una coproducción europea por el escaso apoyo, por decirlo suavemente, que tienen los cineastas de aquel país. Victoria llegó a la ciudad, Bitora (donde, por otro lado y sirva para mejorar la anécdota, se celebra uno de los festivales de cine más antiguos del mundo; el Manaki Brothers Film Festival. Si habéis visto La mirada de Ulises igual os suena el nombre) y una semana después, entre lágrimas, se despidió de los hospitalarios lugareños con la promesa de leer un guión que le iba a mandar Teona. Así mismo, en su estancia, las dos hermanas aprovecharon en secreto para ir reescribiendo el personaje, que aún no sabía, iba a interpretar la actriz andaluza. Victoria Abril puede estar gratamente satisfecha de hacer ese viaje a Macedonia, porque la cineasta le brinda un personaje que es un auténtico caramelo para cualquier actriz.

La película comienza con una bomba, una escena que es todo un tiovivo de sensaciones y sentimientos, con largos travellings laterales y una presentación de personajes cuidada con mimo en los pequeños detalles. Es especialmente relevante la elegancia de no querer mostrarnos los rostros ajenos al de Victoria Abril sin recurrir a los primerísimos primeros planos de ella. La escena es un torrente de sensaciones encontradas, mágica y pura.

Lo que sigue son dos historias condenadas a cruzarse, el relato de dos mujeres, una francesa llamada Helena y una macedonia, Aysun; la propia hermana de la directora. Mientras la segunda tiene un objetivo claro desde el principio, reunirse con su prometido y padre de su hijo (rol interpretado, claro está, por el propio hijo de la directora), las motivaciones de la española no son nunca tan claras y sólo al final podremos entenderla. Basta decir que el novio de Aysun acaba conociendo a Helena y su marido y juntos inician un viaje al país de la antigua Yugoslavia donde les espera, aparte de Aysun, un suegro con un rifle dispuesto a dejar al amado como un colador.

En una lástima que el relato cojee por el lado macedonio y sin embargo vibre, sobre todo en una primera parte, en el lado francés. Las dos mujeres llevan el peso de sus historias, aunque en el caso de Labina no se consigue evitar ciertos caminos ya recorridos. La cinta navega siempre correctamente con algunos buenos momentos de auténtico cine, donde destaca después de ese potente inicio la caza que gran parte de los personajes protagonizan por los bosques macedonios. Helena y su marido, sumidos en una crisis total por el suicidio del hijo que compartían, transmiten todo el odio, amor y dolor que dos seres puedan sentir el uno al otro. La cinta también contiene un cierto tono de comedia negra en pequeñas dosis que le sienta de maravilla al relato, unido a una dirección que va dejando sus detalles, al que hay que sumarle decisiones acertadas como no usar ningún tipo de música más allá del sonido ambiente del bosque macedonio.

Una película dura, bien narrada y sobre todo con un uso ejemplar de la cámara, convirtiéndose en la verdadera herramienta de la directora para contar la historia, donde el “cómo (contar la historia)” está a la altura de el “qué” en todo momento. Puede que su parte central peque de ser algo dispersa, pero ese cierre sabe darle todo el sentido del mundo a lo que hemos visionado.

Lo mejor es que su cineasta evita cuentos morales sobre las acciones de sus personajes. Así, Helena y Aysun terminan por ser dos caras de una misma moneda; una quiere destruir lo que la otra anhela recuperar. Ambas están a su vez rodeadas de hombres que no las comprenden, con el amor de un hijo como detonante para llevar sus acciones, por encima del bien y del mal.

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