Críticas: Terraferma

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La cuarta película del italiano Emanuele Crialese se erige como una propuesta recomendable para este verano.

Terraferma es una crónica social, la de la vida en una pequeña isla próxima a Sicilia que generación tras generación ha vivido de la pesca pero debe dejarla atrás para abrirse inevitablemente a la recepción de turistas, mucho más rentable. También es la historia de una familia en la que la pervivencia de las tradiciones chocará con la implacable transformación de los valores sociales. El elemento que une ambas realidades y funciona como núcleo de la película es el personaje de Filippo, un joven que a sus veinte años verá puestos en tela de juicio sus principios casi de la noche a la mañana.

El gran logro de la propuesta de Emanuele Crialese es saber exponer de forma sencilla una realidad harto compleja sin llegar en ningún momento a la banalización de la misma, funcionando a dos niveles muy bien estructurados. Por un lado está el consabido choque entre tradición y modernidad que termina de explotar con la llegada de los turistas; por otro, el conflicto entre los habitantes de la isla y los inmigrantes subsaharianos, a los que desde el poder se insta a no atender en claro contraste con las leyes del mar que obligan a socorrer a cualquier náufrago en apuros. Cuando durante un verano las dos entran en contacto se produce un torbellino que afectará a todos, pero en especial supondrá un duro golpe para Filippo, el menor de la familia, que tiene como referente a su abuelo pescador y cuya historia de tintes iniciáticos se convierte progresivamente en centro ineludible de un buen guión firmado por el propio director junto con Vittorio Moroni.

El drama social está servido con ciertos ramalazos de costumbrismo, que incluso rozan por momentos la comedia y provocan que su visionado pueda quedar como uno de esos breves y agradables que tanto suelen gustar a determinado tipo de público. Pero en esta ocasión la adopción de dicha óptica no suaviza la tragedia humana, es más, puede considerarse que se alimenta de ella para reforzarla. Crialese ha sido muy inteligente en este aspecto: observa esta realidad, la escruta, pero no se ciega y también permite que la funcional narración avance impecablemente. Uno de los logros de la misma es introducirnos de lleno, desde el primer momento, en el día a día de una familia que vive en una isla a nuestros ojos casi paradisíaca. Gracias a ello comprendemos las motivaciones de los turistas, preocupados y guiados únicamente por la búsqueda de diversión y nuevas sensaciones, en contraposición a su instinto de supervivencia en el mismo entorno. Además, el personaje femenino que aterriza en la casa acaba resultando clave para enfatizar el choque tanto cultural como emocional que se produce en la vida de quien viene a sintetizar todo lo abordado.

Otro acierto es huir del preciosismo desaforado, a pesar de la reiterada composición de imágenes bellas acompasadas acertadamente por una banda sonora –quizá algo repetitiva– que culmina con el hermoso tema del grupo francés Noir Désir Le vent nous portera, que encaja perfectamente con el tono de la película. En ningún momento el retrato de la isla llega a eclipsar la historia humana que nos está contando, que sin mostrarse con toda su crudeza sí funciona por completo al nivel que se pretende.

En resumen, Terraferma tal vez no vaya a ser recordada por su calado emocional, pero algunos deberían tomar buena nota de lo que ha logrado Crialese: exponer un tema que forma parte de la primera plana, lo que siempre es susceptible de provocar algunos rechazos, careciendo de didactismos y huyendo de la obviedad. Probablemente quedará como una de las mejores películas estrenadas durante estos meses al finalizar el verano, por lo que desde estas líneas no puedo sino recomendar que vayáis a verla.

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