Críticas: Siempre feliz

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Uno de los mejores estrenos de la semana, la comedia noruega Siempre feliz.

Para Kaja (Agnes Kittelsen), su familia es lo más importante a pesar de sufrir los continuos desprecios de su marido que prefiere irse de caza antes que ser cariñoso con ella. Kaja ha conseguido refugiarse en sí misma haciendo de su optimismo un escudo que le permita superar los obstáculos y la falta de unión en su hogar. Sin embargo, con la llegada de los nuevos vecinos, una pareja aparentemente perfecta, ese escudo empezará a romperse y el mundo de Kaja cambiará de manera irreversible.

Siempre feliz es una muestra aguda, punzante y reflexiva sobre la pareja, las pequeñas cosas del día a día y sobre el empeño en ser felices. Es la punta de un iceberg cuyo témpano helado escondido bajo las aguas revela otra gran verdad: no todo es lo que parece. Enmarcada dentro del género de la comedia romántica, en Siempre feliz acaba por asentarse el poso amargo, la mala leche y alguna que otra sonrisa helada.

La directora noruega Anne Sewitsky se acerca al mundo de las apariencias dando en el clavo en lo que a las relaciones humanas se refiere: las personas, por lo general, nunca decimos lo que queremos decir, ni hacemos realmente lo que queremos hacer. La lucha por el equilibrio entre la familia, uno mismo y el entorno, esas son las herramientas con las que se construye esta ópera prima, de notable resultado, que logró hacerse con el premio a la Mejor Película en el Festival de Sundance en 2011 y también el de Mejor Película en el Festival de Cine Europeo de Sevilla ese mismo año.

Su aproximación a los personajes es tierna y certera, no hay buenos ni malos, solo las circunstancias de cada uno son las que empujan a buscar en el otro aquello de lo que carece. Y es ahí, en el fracaso o triunfo de esa búsqueda, donde se halla esta película que revela la capacidad de una directora para mostrar las tensiones humanas mediante un guión ingenioso y una excelente dirección de actores, encabezados por la magnífica Agnes Kittelsen con la que caerán rendidos de inmediato.

Sorprendente, honesta, sencilla y original en su estructura, la película cuenta con una banda de gospel nórdico que aparece y funciona a modo de pequeños interludios musicales apoyando la ironía o aligerando el drama que subyace en algunas secuencias. Si la cosa se pone grave, cantemos y a vivir que son dos días.

Y me van a permitir que en este último párrafo hable la espectadora que hay en mí: me quiero resistir a pensar a que esta película pueda pasar de puntillas por estas nuestras carteleras de España sin hacer algo (al menos un poquito) de ruido. Esta comedia inteligente y mordaz es necesaria para ponernos en modo buen rollo más allá de las alegrías de la Eurocopa. Santa Paciencia, que harto complicada es la existencia…

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