Críticas: Pollo con ciruelas

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Marjane Satrapi y Vincent Paronnaud, que cosecharon un merecido éxito en 2007 con esa pequeña delicia animada llamada Persépolis, vuelven ahora a la gran pantalla con Pollo con ciruelas.

Con ella no consiguen desprenderse de las estructuras narrativas juguetonas que añaden aquí y allá con la intención de relatar una histora de diversos visos, donde la frustración y el desencanto de un hombre que ha perdido lo que más parecía querer, su violín, parecen jugar un papel clave en esta cinta que, al contrario que su protagonista, nunca se termina de saber bien qué quiere ser o hacia dónde se quiere dirigir. Es por ello que, después de una presentación concisa salpicada por un humor particular y aliñada por la excentricidad de un personaje protagónico cuyo único capricho no parece tener parangón, el film de Satrapi y Paronnaud parece perder el rumbo en pro de historietas que intentan sonreírnos y agradar, pero a las que su aire de déjà vu constante, de cercanas a un estilo —por su pretendida extravagancia y ese atisbo de originalidad que parece recorrer su esqueleto pero que en realidad no es tal— que hemos experimentado en Francia desde que Jeunet estrenara su Amelie, no deja ni una pequeña bocanada de aire fresco a la que agarrarse. Y es que aunque suene tópico el hecho de recurrir a Amelie como fuente de todos los déjà vu‘s que aparecen en el panorama cinematográfico intentando acogerse a algún síntoma de supuesta peculiaridad o a la ostentosidad de unos decorados y paisajes que desean cautivar por todos los medios al espectador, en el caso de Pollo con ciruelas no podría ser más adecuado por el hecho de que su propio esqueleto en forma de retales de una vida pasada y futura nos indica que las fuentes de los autores de Persépolis no son tan lejanas a la de aquel trabajo realizado por Jeunet que cautivó a medio mundo.

Hay que reconocerle, eso sí, un magnífico y minucioso trabajo en la construcción de sets, decorados y vestuario que son redondeados por un cuidado portentoso de la iluminación y por una elección de planos que en muchas ocasiones embellecen todavía más el resultado final. Resulta gratificante el trabajo artístico en tal modo que, incluso cuando las historias introducidas por ese violinista no acompañan, uno no puede más que quedar maravillado ante la exuberancia del color, la presición en la composición e incluso un acompañamiento musical que jamás se torna anodino, y que cobra importancia en los tramos vitales de la obra sin sobresalir por encima de un guión que, si en su desarrollo en pocas ocasiones está a la altura, cuando llega la conclusión uno se da cuenta de que se ha desaprovechado terriblemente.

Es tal la poca fortuna de la pareja artística intentando narrar una historia de amor, que en cuanto uno llega a su conclusión y se da cuenta de que se han necesitado tantos retales para llegar a un punto final que, por bien enlazado que esté, termina deslucido por el empeño de querer divertir y emocionar al espectador constantemente con relatos de lo más triviales y que, para colmo de colmos, ni siquiera consiguen transmitir o hablar de algo con cierta relevancia para el propio espectador, que uno termina hastiado antes de tiempo ante un metraje que se estira anodinamente para no hablar ni del más absoluto vacío, siquiera.

La función, por otro lado, queda compensada por la presencia de un monstruo en forma de intérprete que logra transportar a la pantalla toda su expresividad con un talento fuera de lugar y que no descubriremos precisamente ahora, puesto que ya conocemos a Mathieu Amalric y el intérprete aprovecha cada pequeño instante que tiene para lucirse y ser un espejo que refleja a la perfección los sentimientos de un personaje que quedan dilapidados ante tanta nadería, ante tanto fuego de artificio más propio de alguien que pretende distraer la atención del espectador y distraerle con futiles mini-relatos, para terminar deslumbrando con un desenlace que ya sólo deslumbra por la presencia de un gigante interpretativo como Amalric y el acompañamiento de una mirada, la de la actriz Golshifteh Farahani, que parece haber comprendido a la perfección también el peso de un romance que quizá sus directores prefirieron banalizar para crear un relato amoroso que, de tan distinto, termina quedando cojo como el que más.

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