Críticas: La felicidad nunca viene sola

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La próxima comedia romántica francesa tiene como protagonistas a Sophie Marceau y Gad Elmaleh en un divertido ejercicio de cómo acometer el género con algo de chispa.

La comedia romántica francesa se ha caracterizado habitualmente por indagar en todas esas inquietudes relacionadas con el amor y sus pormenores. James Huth, en cambio, se dirige con soltura y simplicidad a la comedia más llana que en el fondo esconde también su rinconcito de ironía y algo de mala baba, haciendo de su La felicidad nunca viene sola uno de esos filmes donde las pretensiones no vienen implícitas y el principal objetivo es uno de esos artefactos sin demasiadas ambiciones cuya meta es la de divertir y embobar la mente un buen rato.

En ese sentido, el de embobar la mente, pudiera parece que a Huth se le va la mano con un metraje que casi roza las dos horas de duración y, nada más lejos de la realidad, sabe dilatar o comprimir la acción según esta lo requiera, manteniendo en todo momento un punto de dinamismo que nos lleva de una situación a otra sin estridencias. Resulta difícil, de todos modos, toparse con algún desajuste cuando el conflicto se evita en mayor medida de lo posible y Huth centra sus esfuerzos en componer una comedia que funcione, tanto visualmente como a nivel de ritmo.

Hay que hacer especial hincapié, pues, en un aspecto que por norma general no da tan buenos resultados, menos si se ciñe a un exagerado slapstick que ha perdido muchísimo peso y se ha banalizado durante los últimos años, pero que en La felicidad nunca viene sola funciona a la perfección, ya sea por la planificación de susodichos momentos o por la implicación de dos intérpretes que funcionan más allá de la química que pueda haber entre ellos.

El primero, al que habíamos visto en películas como Un engaño de lujo o El juego de los idiotas, y que se aleja aquí de esa faceta bobalicona consiguiendo una actuación estelar, y es que Gad Elmaleh logra eclipsar a toda una Sophie Marceau que no sólo destaca por sus aptitudes interpretativas, sino por llevar como un guante cada modelito que se le sirve y estar especialmente radiante.

Ambos brillan y llevan el peso de un trabajo que está perfectamente remachado y en el que más allá de parodiar ciertos tópicos del género con eficacia (el encuentro entre ambos) o potenciar los momentos cúlmen, se sabe jugar a la perfección con secundarios que lejos de parecer una molestia se mueven con soltura y gracia dentro de un marco en el que otros cineastas simplemente fracasarían por querer aspirar a lo mismo de siempre cuando quizá salirse ligeramente del patrón puede funcionar si se le da el cauce adecuado.

Es obvio que aunque los evada hasta cierto punto, y como buena comedia romántica, el film de Huth no termina de esquivar las situaciones comunes, aunque simplemente acuda a ellas como parapeto para dar finiquito a una cinta con el desparpajo que ya querrían muchas otras y que, ante todo, tiene dos actores demostrando que en ocasiones una comedia no sólo puede ser divertida para el público.

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