Críticas: Just the Wind

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Crítica a la película húngara vista fuera de concurso en Sarajevo.

 De entre las películas vistas fuera de la sección oficial quiero rescatar la presente, porque me impactaron las formas e ideas que subyacen en la cinta, aunque no pueda decir que sea un entusiasta total de la obra del director húngaro Benedek Fliegauf (que, por cierto, estaba en el festival por partida doble ya que suyo era un fragmento de la cinta Hungary 2011).

Nos encontramos ante un filme que fue catalogado por el crítico del periódico nacional de mayor tirada como de “Inenarrable pesadez y confusión”. Lo cierto es que antes de entrar a la sala pocas cosas presagiaban que nos encontrábamos ante una cinta que no causara sopor. Cine social de denuncia con gitanos de por medio y el racismo imperante en buena parte de la sociedad húngara no invitaba a presenciar una obra de interés, debido sobre todo, al menos en mi persona, al hartazgo de los lugares comunes del llamado cine social, a sus personajes estereotipados al máximo donde el gris brilla por su ausencia o a su interés en cambiar el mundo con buenas y bonitas causas que rozan la caridad más repugnante (y no la solidaridad) cuando realmente sólo convencen a los ya convencidos. Vaya, ¿para qué mentir? que lo único que podía indicarme que sí que estábamos ante una buena peli eran las palabras del señor Boyero; “inenarrable pesadez y confusión”.

De esas tres palabras, sólo podría aceptar la pesadez para buena parte del público. Sí, es cierto, estamos ante ese cine con un tempo más pausado (porque lo que es el ritmo, es el apropiado, ni más lento ni más rápido, vaya), donde se dice poco con palabras y mucho con miradas y silencios. No obstante, el director impregna al relato de un mal rollo constante, de catástrofe anunciada, que consigue mantenernos a todos en la butaca.

Asistimos a la calma antes de la tormenta, en un día normal y corriente de tres personas de la misma familia de etnia gitana que sobreviven a las afueras de un pueblo. ¿Su primer acierto? Dinamitar todos los lugares comunes del cine social. El director no va a lo fácil. A cambio exige más en el espectador.

Salvo un par de personajes, que se muestran más abiertamente irascibles ante los gitanos, el resto de personas que aparecen no demuestran esta animosidad. Incluso hay algún detalle de cierta humanidad algún hombre o mujer hacia ellos. Pero es que el racismo de la cinta no se muestra en esos personajes clásicos de gente que grita lo mucho que odia a los gitanos. No. La forma de mostrar el racismo ha cambiado. Puede que hace 40 años se pudiera decir tranquilamente “puto negro de mierda”, pero hoy en día así no se cae bien en ninguna parte, lo que no quita el racismo haya sobrevivido y mutado.

En un momento de la cinta la hija mayor de la familia asiste en la escuela a la violación de una compañera. No se inmuta y los agresores o incluso la víctima no reparan en ella aunque se encuentre a menos de un metro de distancia. No se le amenaza o se le implora ayuda. Simplemente, no existe. Porque nuestros protagonistas son invisibles y es tanto culpa suya como de la sociedad (la escena acaba con la chica cruzándose con un profesor mientras que ella sigue su camino en silencio). Así se nos muestra el racismo; a nadie le importa una mierda los gitanos. No es que los odien, simplemente no existen y ellos abrazan también esta manera de interacción.

El director hace unas pocas sumas y las pone en práctica; está muy medida la presencia de gitanos que actúan como imbéciles, incluso que agreden con la excusa “me odias porque soy gitano”, de húngaros amables y simpáticos que ayudan, de la indiferencia de la mayoría, de la desagradable conversación entre policías, de los pequeños hurtos del menor a una familia gitana que ha sido asesinada… todo da cierto tono gris y malsano, donde nadie se salva.

Tan sólo seguimos los retazos de la vida cotidiana de tres personajes con el presagio de un mal que tiene forma; unos tipos están asesinando a los gitanos de la zona. No sabemos nada de ellos, más allá de que se mueven en coches. No hay grandes pretensiones. No se pretende convencer a nadie, tan sólo mostrar un día aparentemente normal en la vida de los invisibles. No hay respuestas válidas, si acaso algunas preguntas que quedan en el aire.

Al final la tormenta estalla, breve pero cruel, y posiblemente no le importe a nadie. Es gente invisible la que cae. Y los invisibles no existen.

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