Críticas: Elefante blanco

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Ricardo Darín, Jérémie Renier y Martina Gusman protagonizan este retrato de un barrio marginal de Buenos Aires.

El nombre del argentino Pablo Trapero podría señalarse como el de un director que, quizá sin hacer excesivo ruido con un título concreto, ha ido labrándose una carrera sólida película tras película. Hasta ahora seguramente sea la reciente Carancho su título más conocido, pero ya desde sus inicios con Mundo grúa o El bonaerense apuntaba a ser un director a tener en cuenta dentro del cine latinoamericano. Dos años después de su último largometraje, con Elefante blanco –presentada en la sección Un Certain Regard del último Festival de Cannes– parece probable que su carrera termine de despuntar internacionalmente. Aquí tiene muchos argumentos para repetir el éxito de la mencionada Carancho, empezando por el seguro que supone volver a contar con Ricardo Darín en el reparto y siguiendo por una historia que mezcla la epopeya humana más universal con la denuncia del poder y un certero retrato de las villas marginales que puede extrapolarse a casi cualquier lugar del mundo. A priori esos elementos, sumados al oficio y talento de Trapero, debían hacer también de Elefante blanco una película notable, pero por desgracia el resultado final dista bastante de serlo.

Los nombres principales del elenco eran otra de las grandes bazas de la propuesta. Ricardo Darín, un intérprete que suele cumplir de sobra en casi todos los personajes que afronta, está simplemente correcto en un protagonista que no me transmite demasiado a pesar de ser el eje del guión y de la gran carga que podía poseer sobre el papel. Algo parecido se puede decir del belga Jérémie Renier, buen actor que al menos sale totalmente airoso del reto de aprender sus líneas de diálogo en una lengua que desconocía. Por último, Martina Gusman, esposa del director a la que recuerdo destacar en Leonera, sabe hacer suyo un personaje que quizá parezca más sencillo de lo que es.

Desde el comienzo con un largo y contemplativo prólogo carente de diálogos, que nos presenta los antecedentes de los dos personajes principales antes de aterrizar en la villa en la que se desarrolla la acción posterior, Trapero apuesta por continuar el estilo que ha ido labrando a lo largo de su filmografía. A través de un puñado de largos planos secuencia muy bien construidos logra acercarse fielmente, con un tono cuasi documental, a una realidad y un ambiente desoladores. Pero el retrato de los protagonistas está tratado de manera desigual e irregular, abarcando muchos frentes, y las historias que vertebra alrededor de esa denuncia no logran atrapar en ningún momento.

Es probable que no se pueda señalar Elefante blanco como una mala película, al lograr unos propósitos que seguramente estén más cerca que lejos de lo pretendido y conseguir pronunciar un discurso medianamente potente a pesar de todas sus fisuras. Pero, en algo tan subjetivo y personal como el aburrimiento, la cinta de Trapero me venció. Sus 106 minutos me parecieron eternos, entre reiteraciones innecesarias y múltiples tramas que se presentan en pantalla, aun después de esto, sin el desarrollo que cabría esperar. Aunque también se puede decir en su favor que, en el tramo final, logra representar el paralelismo del personaje principal con ese padre Múgica mencionado tantas veces a lo largo de la historia y cuyo recuerdo late sin duda en la puesta en pie del proyecto. La violencia del pasado queda así vinculada de forma irremisible con la del conflictivo futuro, estableciendo un círculo del que huir se antoja toda una quimera. Sin embargo, este último aliento no resulta suficiente para redimir un conjunto ya por entonces muy resentido.

En definitiva, se trata de una película ambiciosa que tiene todos los ingredientes para no pasar desapercibida en su estreno y que tal vez en el futuro pueda ser recordada como un título importante dentro de la carrera de su director, pero que para el que firma estas líneas ha supuesto una considerable decepción. Hay que esperar que no signifique también un estancamiento en la calidad de un cineasta al que ya se puede atribuir un estilo personal más o menos reconocible.

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