Críticas: El Skylab

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Julie Delpy llega nuevamente a las carteleras con su última película, El Skylab, que recibió el Premio Especial del Jurado en el pasado Festival de San Sebastián.

Durante el verano de 1979, el Skylab, un satélite lanzado años antes por la NASA, se precipita hacia la Tierra de manera irremisible sin conocerse el lugar exacto en el que caerá. Albertine, una niña de once años, vivirá con una precoz angustia existencial tal extraordinario acontecimiento durante la reunión familiar que se celebra en una pequeña aldea de la Bretaña con motivo del cumpleaños de su abuela.

Con esta premisa, Julie Delpy desarrolla esta comedia costumbrista, coral y veraniega, en la que cabe mucho de autobiografía de la actriz, guionista y directora, y de la que todos en algún momento podríamos sentirnos identificados mediante las estampas familiares que presenta durante el fin de semana en el que transcurre la historia.

Con un guión entrañable, Julie Delpy se acerca con sensibilidad a unos personajes interpretados por un elenco de excelentes actores para explicar un relato de iniciación, la de Albertine (interpretada por Lou Alvarez), tanto en el amor como en el despertar sexual y el sentimiento existencial. Y es que parece que para la directora, cualquier tiempo pasado fue mejor a pesar de que el dichoso satélite pueda caer sobre nuestras cabezas y muramos todos. Albertine, pues, vive cada instante como si del último se tratara.

Que Julie Delpy está ganando como directora con cada película que presenta es un hecho (este es su cuarto largometraje). Es capaz de manejar con el mismo temple tanto la comedia como los momentos dramáticos en los que se aprovecha para airear los trapos sucios y no tan sucios de la familia a través de temas como el Mayo del 68, el conflicto argelino o la burguesía y la boheme francesa, todo ello siendo representado por cada integrante de la familia que, aunque sea de manera arquetípica y a veces roce la cursilería, se van desprendiendo de dichos temas entre bromas, confidencias, discusiones y confesiones de alcoba. Todo parece encajar en una película que se acoge al lema: <<No sin mi nostalgia>>.

Si bien la dirección de actores es magnifica y el ritmo fluye en la mayor parte del metraje, aún echo en falta que Delpy se lance más en la puesta en escena, en esta ocasión se acoge a una planificación que apuesta por la cámara en mano y tenemos la sensación de que confía más en su director de fotografía que en su instinto, que no va nada desencaminado. Sin embargo me resulta comprensible, ya que no debe ser fácil hacerse un John Huston en modo Dublineses o un Berlanga, para no irnos tan lejos. Poner a tanta gente en cuadro o alrededor no puede ser tan fácil y si no prueben a hacer la dichosa foto familiar en una de las reuniones a las que asistan, a ver cuánto tardan…

Sin mayor pretensión, la directora apuesta por los buenos sentimientos, por la ironía y la sorna en los diálogos, por la luz cálida de las tardes de tedio veraniego que se alternan con tormentas y bochorno. Costumbrismo estilizado y con un toque chic. Y es que, en el fondo, lo que verdaderamente subyace en esta película es el valor de la familia que, para bien o para mal, es la que es y se sobrelleva tanto en lo bueno como en lo malo.

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