Críticas: Amor (Amour)

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La película de Haneke pasó por Sarajevo dejando un buen sabor de boca.

Haneke se alzó con su segunda Palma de Oro en Cannes tras La cinta blanca con el relato sincero, duro pero no exento de belleza o momentos alegres, del ocaso de un matrimonio ya mayor.

La cinta nos muestra a dos personas ya ancianas disfrutando de un concierto y volviendo a casa con claras muestras de cariño entre ellos. Dos abuelos adorables, vaya. Desgraciadamente, una mañana, ella pierde la noción de todo lo que le rodea y se queda quieta sin inmutarse. A pesar de sus protestas acuden al hospital y regresa al hogar en silla de ruedas y con medio cuerpo paralizado.

El prólogo muestra de una manera clara y contundente el final de lo acontecido, pero eso no quita que en esta ocasión Haneke se muestre mucho menos amargo o duro con sus personajes. Sí, narra unos hechos irreversibles que van demacrando cada vez a la mujer, tanto física como mentalmente, pero la forma de rodarlo está llena de luces y sombras y de igual manera que no se repara en mostrarnos situaciones menos amables entre ellos tampoco escatima en momentos dulces, alegres o divertidos mientras el dúo protagonista comienzan juntos el descenso a lo inevitable. Porque así es como cree el director que acontece la vida (y su final) dos personas que se aman desde hace muchos años. Hay sufrimiento, dolor, vergüenza y malestar de la misma manera que hay sonrisas, cariño y momentos agradables. Pero lo que nunca desaparece en ninguna de las escenas que pueblan la película, es el amor entre ellos, mientras el espectador reflexiona sobre la vida, la muerte o la vejez.

Once años después de La pianista, Haneke recupera a Isabelle Huppert, en el papel de la hija del matrimonio principal. Es el suyo un personaje que aparece poco y lo suele hacer más para juzgar que otra cosa, parece querer compartir la carga que supone la madre y más que ayuda, sufre con ella. Llora y pierde los nervios, en contraposición con el marido, un Jean-Louis Trintignant que es quien realmente lleva el peso de las acciones (no por nada el relato es contado desde su punto de vista), sereno en todo momento, lleno de un amor puro hacia su mujer, incluso aunque esto le haga enfrentarse a ella.

La casa se convierte tanto en un refugio como en prisión, con un carcelero, el marido, y unos visitantes que más que ayudar meten el dedo en la llaga. La lucha entre el amor, la vida y la muerte se entremezcla hasta un final donde destaca la escena del relato que el personaje de Jean-Louis cuenta a su mujer. En definitiva, el único momento donde el personaje masculino abandona su templanza y abraza, finalmente, la idea de la libertad. Idea que recorre toda la historia salpicada en forma de anécdota con la paloma que se queda encerrada en la casa, así como su conclusión final.

Pero no se dejen engañar. Todo es narrado con una sencillez que asombra y uno termina preguntándose si acaso era posible que hubiera otra forma de contar lo acontecido que difiriera de la manera del autor austriaco, porque no lo parece. Es una película sencilla y clara en su lectura. Puede que decepcione, puede que el relato de la inexorable desolación de la vejez, de la vida y la esclavitud, la muerte y la libertad no convenza a todo el mundo. Pero nunca hay que dejar de recordar que, ante todo, es una de las grandes historias de amor contadas en mucho tiempo. Sencilla, cálida y dura. Como una de tantas grandes historias que se extinguen sin hacer demasiado ruido.

No hay morbo ni se regodea en los instantes miserables por los que tiene que pasar la pareja protagonista, cosa que se agradece mucho. Tal vez, el momento más impactante sea el momento que precisamente atesora mayor amor.

Quién lo iba a decir. Hasta Haneke ama.

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