Festival de Cine Alemán 2012: Día 2

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En el segundo día hemos asistido al pase y rueda de prensa de Stopped on Track, película clave del director Andreas Dresen, al que se le dedica una retrospectiva en el festival.

Desde hoy, miércoles 6 de junio, comienzan los pases de la selección de películas germanas enmarcadas en el 14º Festival de Cine Alemán. Tanto la programación como la información de las mismas se encuentran disponibles en folletos diseminados ya por toda la capital como en la web del festival. Antes de poder asistir a las sesiones (os contaremos con reseñas todo aquello que veamos) hemos podido disfrutar de uno de los platos gordos (con ‘kartoffen’): Halt auf freier Strecke (Stopped on Track) de Andreas Dresen, ganadora de la sección ‘Un Certain Regard’ del Festival de Cannes y 4 Lolas. El Festival de Cine Alemán dedica una retrospectiva a este imprescindible cineasta germano que incluye los títulos En las nubes, A media escalera y Whisky con vodka.

En la rueda de prensa posterior al pase el director Andreas Dresen, que estaba acompañado por la directora de German Films Mariette Rissenbeek y una iluminación ‘íntima’, respondió a todas las dudas de los asistentes y explicó los motivos por los que decidió realizar un filme tan desolador. Una cinta que se gestó, según reconoce el realizador, porque se está haciendo mayor y sentía la necesidad de explorar y hablar sobre la muerte. «Nos sorprendió el hecho de que haya tan pocas películas que aborden este tema con seriedad. Estamos acostumbrados a que en la gran pantalla mueran cientos de personas y, mientras tanto, estamos comiendo palomitas tranquilamente. Pero cuando la cosa se pone sería también el cine intenta evitarla», ha declarado el realizador. Esa ausencia cinematográfica de hablar «del acontecer cotidiano de la muerte» llevó a Dresen a realizar numerosas investigaciones durante más de medio año.

Con un equipo muy reducido de siete personas, además de los actores, la película no tuvo un guión tradicional y se improvisó sobre la marcha. Andreas Dresen la califica como un proceso muy doloroso. «Hubo un momento en el que pensé dejar la película porque hay cosas en la vida que uno prefiere evitar. Son como puertas cerradas en la cabeza, como habitaciones en las que no queremos entrar», confesó el director. Se abrieron esas puertas y se rebasaron límites pero el realizador declaró «que ha sido mucho más que una película, ha sido un viaje a un país desconocido». No pensó en ningún momento introducir la religión en la historia, ya que la zona de Alemania donde queda enmarcada es mayoritariamente atea. También evitó un tratamiento filosófico o reflexivo de la muerte ya que querían mostrar su lado más pragmático y cercano.

Andreas Dresen tuvo que hacer frente a una ‘queja’ por el alto volumen que acompañó al pase con la ‘acusación’ de haber dado la orden al proyeccionista. Entre risas, desmintió tal ‘atronadora difamación’. Desconocemos las repercusiones que tendrá el careo con el proyeccionista… La distribuidora confirmó también que la inclusión en el cartel de una frase de Pablo Neruda («Si nada nos salva de la muerte, al menos que el amor nos salve de la vida») fue decisión de ellos y no de Andreas Dresen.

La investigación que realizó el cineasta le llevó a la historia de una madre que falleció y a su hija de diez años, por aquel entonces, que practicaba salto de trampolín. La frase final («Tengo que ir a entrenar») y el personaje de Lilli se basan en esos hechos reales. Dresen, al realizar el casting, buscó una chica de 14 años que practicara salto de trampolín. Solamente había cuatro que cumplían dicho perfil y una de ellas era Talisa Lilly Lemke, la persona que había generado al personaje. Inicialmente el director fue muy reacio a incluirla en la película, pero tanto Lilly como su padre no aceptaron tal decisión. Finalmente Lilly acudió a un psicólogo especializado que dictaminó el perfecto estado de la joven y novel actriz para ‘interpretar su propio papel’. El director destacó su tremenda fortaleza, rasgo que la llevó a superar la muerte de su madre.

Stopped on Track (Andreas Dresen, 2011)

Desde un prólogo que parece enmarcar la obra en un documental se despierta tanto la alarma del matrimonio protagonista como la de los espectadores. Un tumor cerebral sesgará la vida de ese ser que tenemos delante en apenas dos meses. No hay marcha atrás, el tiempo se ha puesto en marcha y los días están contados. Una familia feliz con dos hijos, nueva casa y coche recién estrenado se ven sometidos a un terrible golpe del destino. Deben ‘parar’, tal y como indica el título, y resurgir de sus propias cenizas. En Declaración de guerra los integrantes de una joven pareja se tienen que convertir en héroes contra la guerra destructiva y personal que supone la grave enfermedad de su hijo (también un tumor cerebral). Mientras que Valérie Donzelli, que también contaba con aspectos biográficos y protagonistas reales de los mismos, optaba por la esperanza, el musical y la comedia, el filme de Andreas Dresen se decanta por la rigurosa veracidad. Un enfoque duro y sin efectismos para hablar sobre un tema que realmente es tabú desde la perspectiva cinematográfica habitual del mismo. Tan sólo la visualización del tumor como una entidad corpórea (interpretado por Thorsten Merten) dentro de la mente del protagonista es una percepción cómica y surrealista alejada del tono que alcanza el conjunto. Pero ese camino onírico que explota el director correctamente con las grabaciones de un iPhone también es el que acerca al final del camino al protagonista.

En Stopped on Track se utilizaron personas y profesionales reales, que asisten este tipo de casos, dotando de una mayor veracidad sus diálogos. El docudrama despega para compensar ambas vertientes: el tratamiento ficcional se ha generado sobre testimonios auténticos y la plasmación sobre la improvisación. Andreas Dresen no se ha olvidado de cierto estilismo cinematográfico y una puesta en escena inteligente, con la llegada de ese invierno que enmarca la anunciada muerte del protagonista. La celebración navideña se contrapone a la solemnidad de un futuro funeral. Familia, amigos, compañeros de trabajo e incluso amantes disipadas en el tiempo aparecen para dar el último adiós, mientras la enfermedad destruye físicamente al personaje y lo reduce a un mero ser postrado en una habitación con preciosas vistas. El lento e inmortal tic-tac de un reloj marca la banda sonora final mientras es seguida por esa respiración tan audible que delimita la vida que se nos abandonará. El tiempo seguirá allí una vez lo hayamos dejado. Pero también las otras vidas que lo acompañan, y la frase final, tan demoledora como cortante, es capaz de devolver a la vida tanto a los protagonistas como a los estremecidos espectadores. 

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