Críticas: Las chicas de la 6ª planta

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Con más de un año de retraso llega a nuestras carteleras la cinta que le valió a Carmen Maura un Premio Cesar a la mejor actriz secundaria.

Las chicas de la 6ª planta puede ser víctima de una suma de clichés por las ‘tensas relaciones’ franco-españolas desde su estreno en 2011 en Francia. Esa polémica generada por los guiñoles de Canal + Francia en el que aparecían atletas (e ídolos) españoles dopándose o el uso político tanto de Hollande como de Sarkozy con nuestro país para dejar claro que Europa se acaba en Los Pirineos. A todo lo anterior se añade otro filme estrenado posteriormente al de Philippe Le Guay (no hagan juegos de palabras con su apellido, por favor) con muchísimo éxito titulado Criadas y señoras. Parecería que las ‘negras’ en la Francia de los 60 eran las españolas y que la cinta se ha estrenado en nuestro país por ese oportunista Cesar que consiguió recientemente Carmen Maura. Con los anteriores elementos se podrían pensar muchas cosas (malas) pero, finalmente, Las chicas de la 6ª planta demuestra una única cosa: los franceses nos tienen envidia. Da lo mismo que pasemos por una Guerra Civil y una dictadura, que tengamos que utilizar un baño comunitario atrancado por las heces o una crisis económica que obligue a llevar ropa interior de esparto a nuestros bisnietos. ¡No importa! Siempre quedará ese reducto de felicidad, de vida y esperanza. Esa 6ª planta que todo el mundo desea encontrar… y donde vivimos (y viviremos) siempre los españoles.

Es cierto que la película de Philippe Le Guay prefiere quedarse felizmente en la tercera planta que marca… El retrato de ese grupo de españolas y, por supuesto, la llegada de una joven alegre que empezará a provocar una pequeña revolución en la vida del matrimonio burgués que decide contratar sus servicios. La insatisfacción aparece rápidamente en la figura de Jean-Louis, que verá en ese grupo de mujeres un reflejo de sus complacencias. Aunque quiere evitar comparaciones odiosas y subtitulados con etiquetas del tipo «chicas Almodóvar» utilizando actrices que provienen del teatro, da cierta sensación de querer hacer una comedia bajo los patrones franceses pero teniendo en mira la comedia del director manchego. Entre un corredor de bolsa y una mujer de provincias que se codea con la burguesía aparece en medio un nuevo objeto del deseo. Se hace hincapié en la situación que se vivía en España con un dictador y en el desconocimiento de la sociedad francesa. No falta un back-story disuelto entre el nervio francés y esa situación de independencia de Argel que tanto alteró y desestabilizó a la alta sociedad.

El flamenco y el spanish-way-of-life se apoderan de la vida de ese señor sosaina, cuya existencia ha carecido realmente de significado. La magia española existe y está en la paella, en la tortilla de patatas y en el canto. Esa poética que vemos invisible en nuestra percepción pero que aquí queda patente entre sonrisas, lágrimas y el sabor de amistad. Tal vez Las chicas de la 6ª planta sea un tanto superficial y su mirada parcial hacia ciertos estereotipos. Queda entre la comedia costumbrista con un fondo romántico e incluso cierta sátira política. Posiblemente las armas con las que construye el juego Philippe Le Guay son elementales y recurrentes. Se sabe lo que uno va a ver, pero la magia del cine francés y de sus comedias es que siempre suelen tener ese punto de sencillez y entretenimiento que les falta a las nuestras. En España nos puede la maldad, el rencor y la sibilina envidia y seríamos incapaces de generar un guión con buenas personas, malas porteras y mujeres, que al contrario de lo que pueda parecer, son buenas consortes.

Y es que esa oda a nuestro país en esta cinta francesa nos hace recordar nuestra deficiencias al contar historias sencillas bajo ínfulas de suavidad y bondad. Entre la suma de clichés y su emotividad descubierta y desembreada, nos hace replantearnos la manera circunstancial que tiene cada país de ver a otro. Las chicas de la 6ª planta parece, por momentos, más americana que afrancesada y los clichés con alguna anécdota real (como el ‘preñamiento’ en una bañera) aportan humor sin recurrir mucho al mojón, como sucedía en la oscarizada cinta de Tate Taylor. Los tópicos y cierta exageración denotan que efectivamente, al igual que sucede con los hijos del matrimonio burgués protagonista, se desconozca lo que más cerca se tiene. De hecho, la metáfora es obvia en esa planta que está arriba, que se sabe que existe pero donde nadie quiere ir… Tal vez cuando uno cruce la frontera quede prendado por lo que allí encuentre. Y no hablamos del lugar, sino del sentimiento de las personas. Una clara alegoría de muchos espectadores que repudian el cine francés por una imagen preconcebida e insatisfacción por el que se realiza en nuestro país. Esperemos que ese nexo de unión que propone la película genere un puente de entendimiento.

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