Críticas: El gran año

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Steve Martin, Jack Black y Owen Wilson compiten por ser el mejor observador de aves del año en una comedia del director de El diablo viste de Prada.

Eludiendo la aparición de una ornitóloga, como parte meramente informativa-cómica, en Los pájaros de Alfred Hitchcock pocas producciones (no muy conocidas) se han decantando por dar auténtico protagonismo a los observadores de aves en la gran pantalla. Posiblemente el factor clave con el que cuenta la nueva película de David Frankel sea que la observación de ‘pájaros’ (no hablamos de ornitología propiamente dicha) ha sido el tema principal de escasas cintas. Si alguien tuviera que hacer una tesis sobre el ‘birdwatching’ en el séptimo arte se quedaría sin folios a las pocas horas. Observando las alas de las palabras clave aparecen la española El nido de Jaime de Armiñán, Rare Birds de Sturla Gunnarsson, The Hide de Marek Losey, La tierra de los hombres rojos de Marco Bechis y Pelican Blood de Karl Golden. Poco más…

Se trata de un dato contradictorio a otro tipo de realidad (alternativa). Y es que los estudios afirman que un 20% de los norteamericanos se declaran como observadores de aves y su dedicación (y fanatismo) a tal fin proporciona miles de millones de dólares a la economía de EEUU. Se entiende que ese es el motivo por el que un gran estudio apostó con 41 millones de presupuesto para adaptar la novela de Mark Obmascik y con las figuras de Steve Martin, Jack Black y Owen Wilson. Con secundarios de lujo revoloteando también alrededor para atrapar en sus redes a esos millones y millones de ‘observadores’. Después del fiasco y decepción, tanto de público como de crítica, se denota que el ‘birdwatching’ es únicamente para fuera de las pantallas o para una imposible segunda parte de Poultrygeist: Night of the Chicken Dead.

Resulta curioso que Sheldon Cooper (Jim Parsons) tenga fobia a las aves (ornitofobia) en la sitcom que monopoliza y aquí sea el mayor defensor y fanático de las mismas. No obstante, sus apariciones, aparte de contadas están bastante desaprovechadas. Más allá de ese contador de pájaros en pantalla para marcar el número de especies vistas, el problema de El gran año es que han buscado una comedia y su argumento podría apuntar a un drama. Ese choque de conflictos personales con la afición que practican se convierte en el discurso y centro dramático. Los sacrificios personales y laborales marcan ese baremo entre el éxito personal y el fracaso familiar. Pero esa supuesta comedia está ‘amenizada’ por prácticamente ningún chiste funcional y menos un gag absurdo. Como si ese absurdo estuviera implícito en el propio argumento y competición que envuelve la cinta. Pensemos que El gran año es una película que no quiere reírse del que podría ser su público potencial pero, al mismo tiempo, ha colocado un casting que da la impresión de lo contrario.

La película se mueve entre lo previsible y lo obvio, el contraste sobre sus motivaciones y el optimismo que les proporciona su hobby. Dejémosla como una película para pasar el rato… observándola, aunque no sean necesarios los prismáticos para acercarse a esos personajes a los que se les ve el plumero desde la distancia. El guión queda obviamente a la deriva: ni se aprecia la belleza que podría transmitir encontrar una especie difícil de hallar, ni tampoco se perfila como un drama de grandes escenarios naturales. Como si los tres protagonistas fueran simples secundarios de las historias de los otros. No está mal escuchar ‘I Like Birds’ de Eels o ‘Viva la vida’ de Coldplay, aunque nos encontremos ante la enésima revisión del precio moral del éxito personal dentro del american-way-of-life. Nos sentimos aleteando entre lo sentimental y lo cursi, y viendo desde el cielo el patetismo de esos personajes que parece que no quieren poner sus pies en el suelo.

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