Críticas: Dylan Dog. Los muertos de la noche

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Autodefinida como un cruce de Underworld y Bienvenidos a Zombieland con un toque de Chinatown, llega a nuestra cartelera la adaptación a la gran pantalla de la novela gráfica Dylan Dog.

Desconozco si algunas películas se realizan como ejemplos de aquello que nunca debe hacerse o, si sobre dicha premisa, tratan de conseguir el beneplácito de la burla cómplice del público. No sé si se busca protagonizar la futurible segunda parte de Best Worst Movie o construir con sus extras una nueva entrega de American Movie. En el caso de Dylan Dog: Los muertos de la noche todo hace indicar que el proyecto sobre el papel daba pie a una suma de elementos interesantes, partiendo desde el cómic de culto de Tiziano Sclavi (autor también de la novela que generó un filme de culto como Dellamorte Dellamore) hasta sus 20 millones de presupuesto para generar un mundo de vampiros, hombres lobo y muertos vivientes.

En estos tiempos en los que Sookie Stackhouse, Bill Compton y Eric Northman (pre)dominan puede parecer gracioso que a los vampiros aquí se les llame ‘True Blood’. Pero los defectos del filme de Kevin Munroe, autor de la ‘competente’ para algunos y simplemente animada para otros Tortugas Ninja jóvenes mutantes (2007), pasan por un libreto que nadie entiende que pasara por delante de algún productor en plenas facultades mentales. Todo es más entendible cuando se descubre que los guionistas del filme, Thomas Dean Donnelly y Joshua Oppenheimer, han sido los responsables de las adaptaciones de Conan el bárbaro (2011) o El sonido del trueno (2005). En breve adaptarán Uncharted: Drake’s Fortune, anunciada para el próximo año. En Dylan Dog: Los muertos de la noche salen criaturas fantásticas, pero la acción se centra en un detective privado que instaura el cine negro como solución formal. Nunca se ha visto (y oído) una utilización de la voz en off tan inadecuada, anticipatoria a los hechos (a modo de spoiler) y tremendamente malograda. Entre sus ecos de Chinatown y El Padrino con los gritos respectivos de Troll 2, su inundación flagrante de humor absurdo y disfuncional (que sería un descarte seguro incluso en la versión española de Cheers) y su tufillo y pestilencia a un episodio doble final de Buffy Cazavampiros, hacen que el conjunto sea completamente demoledor. Todo un puñetazo aniquilador directo a nuestro cerebro (con puño americano de plata, ‘of course’).

La saga Underworld, las series Sobrenatural, Teen Woolf, Casi Humanos o las ya comentadas Buffy Cazavampiros o True Blood han generado un mundo propio dentro del género donde pretende aterrizar la cinta de Kevin Munroe. Se queda en tierra de nadie: ni opta por buscar el lado socarrón de Zombies Party ni resulta un competente entretenimiento por su simpleza e ingenuidad. No es que se pase de ‘London’ a ‘New Orleans’ ni tampoco forme parte de ‘esas-películas-malas-con-las-que-te-ríes’. Es que, simplemente, Dylan Dog: Los muertos de la noche es un fantasma atrapado en el limbo de la pantalla. Entre la inocencia del despropósito y el tufillo a muerto viviente, el filme se define a sí mismo en esa tienda de recambios para zombis. Desde luego el cuerpo que compone está película queda formado por ortopedia e implantes que no encajan en el conjunto.

Por suerte para Kevin Munroe hay cierta complicidad entre sus desequilibrios y frases imponentes (y descriptivas de la propia película) del tipo «Si cometes el delito asume el finiquito» con las que Pablo Carbonell haría virguerías siguiendo la estela de Las aventuras de Ford Fairlane. La presencia de Brandon Routh (Superman Returns: El regreso) es, además, perfecta para los chascarrillos. Pero, finalmente, el mundo de Dylan Dog: Los muertos de la noche, más que una metáfora de nuestros tiempos y sociedad repleta de frikismo, chonismo, ‘justinbieberismo’ y ‘bichos raros’, queda entre lo predecible y aburrido. Es, sencillamente, todo un vampiro desdentado incapaz de hincar el diente al espectador que mira perplejo (y entre algunas carcajadas) el ineficaz ataque.

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