Críticas: Amantes criminales

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Con un día de retraso por ciertos problemas técnicos y aprovechando el estreno de Blancanieves y la leyenda del cazador, hoy os traemos la crítica de otra reescritura de un cuento clásico: Amantes criminales.

Sin embargo, y más allá de esa reescritura sobre la que luego hablaré largo y tendido, lo que destaca en Amantes criminales es, como en cualquier film de Ozon que se precie, su construcción de personajes donde la primera secuencia ya le delata: en ella, y a través del montaje paralelo, observamos como su protagonista (Luc) es humillado por su novia (Alice) mientras, por otro lado, Saïd (el tercer implicado) conversa con un compañero, aunque lo interesante sería centrarse en la primera acción, a través de la cual Ozon desarrolla una relación de dominancia donde debido a ciertas grietas (la frustración, los miedos) y determinadas decisiones que parecen fruto del capricho más que de otra cosa, esa especie de cuento macabro cobrará sentido al llegar a un punto culmen que destapa por completo el terrible tarro de las esencias que el francés pone a merced del espectador de un modo tan sutil como incómodo. Además, también cabría destacar la disposición de secuencias dramáticas que imbuye en una banda sonora donde el particular sello del autor se nos presenta sin necesidad de escupir al espectador de la pantalla, así como conociendo a la perfección como deben estar cimentados esos momentos que, a la postre, nos terminan hablando sobre una cruenta historia de amor e insatisfacción en el que los mundanos placeres terminan siendo reemplazados por una visión mucho más obscura y que jamás toma el camino más complaciente.

Por otro lado, hablábamos de Amantes criminales más por la disociación de su contenido que por el propio valor que sabe conferir Ozon a cada una de sus líneas de guión (que también). Porque en ella se esconde un relato que no rehuye su base literaria, que no es otra que el cuento de Hansel & Gretel, pero tampoco se empeña en fundamentar todo el esqueleto de la obra en él y prefiere desarrollar otras vertientes que sirvan para jugar con ese espacio predispuesto por Ozon pero sin delimitarlo en ningún momento o, en otras palabras, toma como base un texto que luego manipula a su antojo para conferir otras características a un universo que se torna angosto y sombrío, y en el que la luz parece respirar menos que la oscuridad para atrapar a sus protagonistas en un torbellino que les conducirá a un inevitable final.

Para complementar un trabajo en el que los flashbacks también cobran su importancia al desarrollar (y trampear, para qué negarlo) paralelamente la historia que les ha llevado a ese inimaginable extremo, nos encontramos con un excelente trabajo de fotografía en el que tanto la planificación como la tenue iluminación logran capturar en el cuadro una crónica que pese a resultar de lo más desasosegante, se torna también hipnótica al construir con tanto acierto una atmósfera que raramente diluye su tono y que es secundada por la quietud (que rompen esporádicamente los mentados flashbacks) de un tempo que termina otorgando las virtudes necesarias a un espacio (la cabaña) donde con inteligencia va predisponiendo Ozon cada secuencia. No sería nada lo mismo, sin embargo, sin la labor de unos actores que ante el cineasta francés siempre deben ser sacrificados y más ante una cinta como Amantes criminales. Especialmente en el caso del ya por aquel entonces veterano Miki Manojlovic y de un jovencísimo Jérémie Renier que terminan construyendo un vínculo ante el espectador que terminará determinando las posibilidades de un film donde la conclusión termina deveniendo en eclosión de unos sentimientos que, por contradictorios que puedan antojarse, en el universo de Ozon poseen el sentido específico y adecuado que el autor les confiere con puntadas tan ligeras, que ya podrían muchos tomar nota al intentar reescribir y actualizar un cuento, pues bien sabido es que la dificultad no queda solo en saber respetar el original (aunque rara vez se consigue, en ocasiones con resultados excesivamente planos), sino también en aprovecharlo al máximo para dar luz a un relato en el que pueda resultar un mero pretexto o una simple excusa. Y si además añadimos el perturbador prisma de uno de los autores europeos más particulares e incisivos de la actualidad, para qué vamos a pedir más.

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