10 años de The Wire

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Se cumple el décimo aniversario del estreno de The Wire y en Cinema ad hoc queremos celebrarlo con un especial dedicado a su legado.

 

La pesadilla americana por Martín Cuesta

Baltimore, Maryland. El reverso oscuro del sueño americano, la menos brillante de las estrellas que conforman la bandera de Estados Unidos o tal vez la más real, el resumen perfecto de lo que pudo haber sido y no fue, la hija bastarda del Imperio.

Quizás el haber nacido y crecido en una ciudad que muestra las cicatrices de un glorioso pasado industrial, donde el acero y un puerto que ahora es territorio comanche fueron en su día promesa de un abortado futuro de gloria y bienestar hace que sienta Baltimore como algo propio, que me reconozca en cierto sentido en esas desconchadas calles o en las furtivas, abatidas miradas de sus, en su día, pujantes ciudadanos.

The Wire es quizás el primer intento en la historia de la televisión de ofrecer una crónica total de una ciudad, de los difusos intereses de una policía enfrentada a una guerra imposible de ganar a las dobles y bastardas intenciones de los medios de prensa, de la difícil supervivencia de unos sindicatos en los que apenas se mantiene su sentido original de preservar los derechos laborales de sus afiliados a las sucias maniobras de la casta política, de la incapacidad de su sistema educativo para ofrecer a una población deprimida soluciones viables a las inevitables tensiones raciales entre los distintos grupos étnicos. Todo ello agarrado por el nervio que sustenta ciudad y relato, el crack: punto de fuga de una sucia realidad para unos, única esperanza laboral para otros, lucrativo negocio para casi todos, bendición y maldición a un tiempo para los que viven bajo su alargada sombra.

Si les gustan las historias donde la frontera entre el bien y el mal no es difusa e indefinida, si son aficionados a aquellas intrigas policiales en las que, en escasa media hora, se resuelven caso y proceso posterior con policía y jueces remando en la misma dirección, si se sienten estafados cuando las buenas intenciones no se ven coronadas por el éxito, quizás ésta no sea su serie pero… tengan cuidado, hay mucha gente que tras escuchar a Tom Waits entonar las primeras notas de Way Down in the Hole ha caído víctima de un embrujo del que no es fácil escapar, de la hechicería de reconocer la realidad en una pantalla de plasma, de la magia de la mejor serie de la historia.

Bienvenidos a Baltimore.

El mundo marcha por Maldito Bastardo

Desde sus iniciales títulos de crédito, construidos por imágenes residuales de la propia temporada y serie bajo un tema de Tom Waits en constante mutación, hasta la curva narrativa de un gran círculo, The Wire funcionó como un gran mosaico y mapa referencial. La serie de David Simon estaba simplemente tan bien armada que un breve tirón de un hilo estira y tensaba a otros, que a su vez movían a más y así, sucesivamente, alargando toda una pequeña madeja, que era capaz de amoldarse en la palma de una mano, hasta abarcar una ciudad completa. La ficción de la HBO funcionaba como suma de elementos orgánicos en pequeñas secuencias que formaban un resonante conjunto. Como el efecto mariposa: un aleteo de un viral en una esquina del Barrio Oeste podía desenterrar conspiraciones de un senador. Todo estaba orquestado mediante innumerables personajes secundarios que formaron un conjunto coral demoledor.

The Wire fue y sigue siendo una serie grande, monumental y una de las más completas vistas en pantalla pequeña porque ilustra una ciudad al completo desde todas sus aristas. Desde la burocracia política y policial pasando por la que habita en la ley de las calles, comparadas con un tablero de ajedrez, hasta la que forma parte de la educación, un puerto o la de un periódico. La construcción de la secuencia se realizó por breves ecos, directos y sencillos, en un ejemplo de economía narrativa en estado puro. La belleza de su construcción de guión osciló sobre un completo conjunto, en sus tramas incluso circulares, en sus ciclos vitales e instintos de supervivencia. Es la gracia del encanto artístico, de la clase conciliadora sobre fondos y leyendas, de puestos sobre puestos y de magnificencia como una apisonadora.

La mítica e imprescindible serie nos sigue hablando de un mundo donde mentir es la ley y su motor la injusticia explotando los principios. El mundo marcha porque tiene que marchar y nada puede detenerlo. Si lo observas mucho desde el exterior seguramente veas la ironía y simpleza de un objeto, que ya es difuso, dando vueltas sobre un eje inamovible. Si estás dentro e intentas ir contra su rotación acabarás mareado y vomitando todo lo que llevas dentro. The Wire habla sobre la marcha de ese mundo que ya es el nuestro, mirándolo desde la excluyente distancia, para que el espectador se deje llevar o padezca en la hipocresía de sus reflejos sus propias náuseas.

De Baltimore al cielo por Sarajeski

No ha pasado desapercibido el décimo cumpleaños del inicio de emisión de la serie The Wire en la HBO para casi nadie. Últimamente, no cuesta mucho encontrarse con un análisis serio y riguroso (y normalmente más serio que riguroso) que analiza la serie o el fenómeno de la misma. Es curioso todo esto, porque la serie, en su época de emisión en la tele por cable americana, nunca gozó del entusiasmo del público y en el extranjero fue ganando adeptos poquito a poco, aunque sin llegar nunca a extremos como los de Lost, por ejemplo (que a su vez y contra todo pronóstico, jamás tuvo una audiencia parecida a Dos hombres y medio, el referente yanki actual en cuanto audiencia). Y sin embargo, ahí está en todas las listas como la mejor serie de todos los tiempos, con la pesada etiqueta de obra de arte que tanto pesa en estos casos, lo suficientemente pesada para crear un rechazo en quien todavía no se ha iniciado simplemente por hastío ante las críticas entusiastas y desmesuradas hacia la serie. O, por qué no decirlo, la negación a ver algo que parece unir a un grupo lo suficientemente grande para ser considerado “la masa y su moda”. Y eso, en estos tiempos, no mola. ¡Viva la serie Louie! ¡Vivan las series serbias que hacen remakes de series yankis de la HBO que a su vez son remakes de series israelitas!

Después de esta insustancial ida de pinza, toca reconocer que yo soy una de esas tantas personas que considera a The Wire como una de las mejores series que ha podido disfrutar. Comencé renegando de todas las frases hechas que se decían sobre la supuesta mejor serie del mundo. Y es que… sí, yo soy una de esas personas que ante la etiqueta de “es el / lo / la … mejor del mundo” frunce el ceño, tuerce el labio y se predispone a prejuzgar la obra en cuestión de manera harto exigente y cabrona. Capítulo a capítulo me fue conquistando, aunque cuando acabó la primera temporada estaba aún a un trecho largo de considerarla una de las 7 maravillas del mundo audiovisual. No fue hasta mediados de la segunda temporada cuando me convertí a la fe verdadera. Y desde entonces todo fue felicidad y noches enteras con una copa en la mano saboreando la serie. Porque es cierto, lo decimos todos los malditos fanáticos de la serie en cualquier momento del día y en cualquier conversación que se tercie, la jodida serie te gana poquito a poco, casi sin darte cuenta. Y una vez conquistado, estás perdido y sólo queda buscar a un infiel para llevarlo a la luz. Si es un infiel de Lost, son dos puntos más en el cielo de Baltimore. Por otro lado, me resulta curioso constatar que casi todos los malditos pesados que se ponen hablar de The Wire somos gente que llegamos tarde, en muchos casos cuando su emisión en la cadena americana ya había finalizado. Y aun así seguimos creciendo. Es uno de los aspectos más llamativos, la gloria ha llegado una vez acabada la serie y no tiene aviso de disminuir.

A pesar de su éxito boca a boca nunca ha tenido grandes audiencias y en más de una ocasión su continuidad, incluso tratándose de la HBO, peligró (ahí están los cadáveres de Deadwood, Carnivàle o Lucky Louie o la más reciente Luck). Pero al contrario que otras series con millones de seguidores en todo el mundo cuenta con una base más amplia de fanáticos o fieles seguidores que siguen la serie no ya de manera religiosa, sino que cuando levantan su culo de la pantalla del ordenador o de la tele siguen pensando y queriendo saber más de la serie. Eso me lleva a pensar en que las series que están marcando los tiempos actualmente no tienen grandes públicos sino unos pocos fieles seguidores. Ya no se buscan los millones de espectadores, la HBO, Showtime y tantas otras prefieren un público más minoritario pero más entusiasta. Por fin la tiranía de las series para toda la familia ha muerto y los productores buscan un público particular e indeterminado. Ya saben, se supone que estamos en la edad dorada de las series. Aunque igual es más acertado decir que estamos en la época posterior a la porquería de las series de los 80 y 90. Siempre lo he pensado: chicos, esto no ha hecho más que empezar. Frotémonos las manos.

No me gustaría acabar de escribir sin hablar un poco vagamente de la serie, que es de lo que se supone que va el post. Dudo de que vaya a convencer a los infieles, pero algunos de los convertidos pueden sentir muy vivamente mis palabras. Y es que creo que el éxito de la serie no son sus tramas tan bien trazadas ni su estilo casi documental de la vida de una ciudad. La clave son sus personajes. Mientras muchas películas nos presentan una monotonía de dos colores, blanco y negro como el bien y el mal, The Wire va más allá. Pero eso no quiere decir que exista una gran zona gris, como se suele decir. Tampoco de que todo tenga un poco de cada color. Crash (la mala, la que no es de Cronenberg) acaba siendo una clase para niños de 8 años sobre educación para la ciudadanía, donde cada color tiene su reverso. ¡El colmo de la madurez moral del cine! The Wire no es blanco ni negro ni se detiene en esa gran zona gris. The Wire tiene todos los colores posibles con sus miradas y muy particularmente, sus personajes. Sus personajes están vivos y son ante todo humanos. Sus creadores filman sus errores con cariño y sus aciertos con crueldad. Esta su gloria y su legado. Su marca a batir.

Tengo un lugar especial para determinados momentos de mis series favoritas. Y The Wire, ahora sí y de manera totalmente subjetiva, tiene el honor de tener el primer lugar. La escena en cuestión es entre dos buenos amigos y mafiosos en una azotea por la noche, mientras conversan sobre el pasado y todo lo que han conseguido observando la ciudad a sus pies. La escena acaba con un abrazo. Parece algo banal e incluso aburrido. Pero todo lo que hay detrás de esos dos personajes y en ese instante hace que se me pongan los pelos de punta al recordarlo.

Resumiendo, se han cumplido 10 años desde el inicio de la emisión de la serie y en todas partes se cuentan las alabanzas de la supuesta mejor serie del mundo. Por una vez y aunque en el fondo odie ser parte de la masa (tengo un estatus de chico interesante que mantener, hola Andrea), yo no quería ser menos. The Wire es cojonuda. Poco a poco, hasta arrebatarte el alma. De ahí al cielo.

3 Responses to 10 años de The Wire

  1. KPTYO dice:

    Joder ni un comentario? Enhorabuena chicos, no es que no sean grandes artículos, es que todo se me hace poco para glosar está maravilla, gracias de todas formas.

  2. Tarko dice:

    Estupendos análisis de la mejor serie de la historia de la TV junto con 'Los Soprano'. Gran trabajo, compañeros 😉

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