D’A 2012: Prismas y temáticas para todos los gustos

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Con el arranque de una nueva semana, el D’A venía cargado de propuestas interesantes, y lo cierto es que ha dejado resultados de lo más dispares. Desde un documental alejado de lo que cinematográficamente se suele conocer como documental, hasta un fallido melodrama y otro gran trabajo del siempre eficaz Johnnie To.

Empezaba pues la sesión con Bestiaire, participante en Sundance y tercer documental de Denis Côté que, tras iniciarse realizando largos de ficción, se desmarcaba de esa tendencia hace 3 años y nos traía con su último trabajo una de esas cintas que, por lo menos, deben ser visionadas una vez. Cierto es que Bestiaire debido a su (casi) ausencia de diálogo y a su prácticamente inexistente esquema narrativo (y no lo es al completo puesto que se puede entrever cierto hilo conductor en ocasiones), echará atrás a muchos por el hecho de tener que presenciar planos de animales que nos introducen en ese bestiario. Pero es que es ahí donde, en mi opinión, reside su mayor virtud; en el hecho de despojarse de las herramientas habituales del cine documental para trazar un film que nos muestra a unos animales fuera de su hábitat y los sitúa de modo que el único contexto importante (que, dentro de la película, no existe propiamente) sean sus movimientos o reacciones, creando así un paisaje lírico en el que, más importante que el propio cine, resulta la rutina y desnaturalización de unos seres que a ratos parecen querer trascender más allá de la pantalla gracias a esta prístina mirada con la que Côté se despoja de cualquier direccionalidad (que no tono), dejando así en manos del espectador una interpretación que puede llegar a cotas más altas de lo deseadas.

La tarde continuaba con el trabajo del portugués João Canijo, que estaba allí para presentarlo y hacer especial hincapié en una labor actoral que, no es así porque lo remarcase el propio director, resulta notable en casi todas sus facetas. Pero maticemos antes de nada cual es el hecho que acompaña y ofrece un marco a esos intérpretes para que se sientan cómodos en un espacio suficientemente bien construido como para dar lo mejor de sí mismos, ya que nada sería lo mismo sin esos trazos de hiperrealismo que Canijo introduce en Sangue de mi sangue mediante un magnífico empleo del sonido que, desde el ambiente con televisiones cuasi siempre presentes o conversas que trascienden de una casa a la otra a través de sus paredes, e incluso con la curiosa mezcla de dos diálogos simultáneos entre distintos personajes, logran cuajar un marco de lo más idoneo. Queda a merced de ese detalle, sin embargo, ese mentado hiperrealismo al que las actuaciones acompañan realmente bien, y su trama se desenvuelve con un pulso meritorio, más si tenemos en cuenta que alguna subtrama desaparece y reaparece en el guión sin demasiado trazo. Lamentablemente, el buen trabajo de todo el elenco queda desmerecido, de nuevo, por un texto cuya conclusión desmerece el resultado final, primero, con un giro de lo más anodino y, segundo, con la degradación moral de un personaje que, vista la resolución, tampoco tenía mucha razón de ser. Una verdadera lástima.

El día culminaba con uno de esos autores que ya parecen un seguro realicen trabajos más o menos ambiciosos, y es que Johnnie To se ha ganado un nombre dentro de la cinematografía mundial por méritos propios, y con Life Without Principle viene demostrándolo de nuevo. No hay que vendarse los ojos tampoco, y sí reconocer que es un film menor en su filmografía (que a muchos ya les gustaría firmar, todo sea dicho), pero es que para el bueno de To un film menor supone un pasatiempos tremendamente adictivo y divertido que, por el camino, se dedica a dar pinceladas sobre la crisis económica que estamos padeciendo, y compone uno de sus peculiares retratos donde mafiosos más cómicos que temibles terminan poniéndole a uno una sonrisa en los labios casi sin quererlo. Además, hay que destacar la pericia del hongkonés para dar pie a un nuevo relato cuando el espectador ya se ha inmerso en su primer tramo como si nada, y seguir sabiendo captar la atención del respetable como si nada hubiese pasado, logrando más de una hora de apetitoso pasatiempos, que solo se ve lastrado por un último tercio que, aun y siendo más blandito, queda resuelto con la habitual mano maestra de un tipo que a sus casi 60 años sigue demostrando que no se le ha pasado el arroz, y que todavía le queda cuerda antes de que se le pase. En fin, que larga vida a Johnnie To y esas cosas.

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