D’A 2012: Cine documental / experimental

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Llegaba el martes y, con él, el ecuador de un D’A 2012 que se presentaba interesante debido a propuestas menos comunes de lo habitual. Entre ellas, se encontraban Ensayo final para utopía, la continuación de Tarnation mediante Walk Away Renee de Jonathan Caouette y un experimento de lo más sugestivo: Self Made.

La jornada no comenzaba de modo demasiado prometedor debido al insufrible e inacabable egotrip que Andrés Duque (nominado al Goya a Mejor cortometraje por Iván Z) pergeñó con Ensayo final para utopía, un trabajo que nos hace reflexionar, pero no acerca del supuesto trasfondo que se supone debe tener (más por lo leído por ahí, que por lo mostrado en el propio film), si no más bien por el hecho de saber hasta donde llegará el paradigma de lo que, a día de hoy, conocemos como cine experimental. Y es que si bien en ella hay una intención por realizar en ese ensayo una especie de viaje propio y emotivo, se antoja complicado encontrar como espectador alguna motivación en el film más allá de las razones personales del director, por lo que cualquier análisis acerca de Ensayo final para utopía puede resultar tan subjetivo como errado. Cierto, puede que esto último resulte una obviedad, pero tan obvio es como que la aleatoriedad de un nexo entre las imágenes y de un uso del sonido que puede cobrar sentido en muy pocos momentos lo único que confieren al segundo trabajo de Duque son unas ganas de huir cuanto antes de una experiencia que, a servidor por lo menos, se le antoja agotadora y poco o nada evocadora, más allá de cuatro sombrías imágenes y un puñado de sonidos que si ni el autor parece saber qué pintan ahí, como comprenderán, servidor tampoco se molestará en averiguarlo.

Acto seguido, la opción de resarcirnos se situaba en Jonathan Caouette y su cine, que con Tarnation ya mostró las divergencias entre el cine y la vida registrada como tal, y que con su nueva Walk Away Renee tenía el reto de volver a hacer confluir un estilo tan auténtico, convulso y original contándonos en esta ocasión el periplo iniciado con su madre durante 2010 debido al traslado de ésta a una residencia más cercana de la casa de Caouette. Es así como recoge información que ya había introducido en Tarnation y la desarrolla con un pulso menos desenfrenado para dar a conocer al espectador el marco de esta extraña y casi enfermiza historia sobre el amor de un hijo por su madre. Puede que en ella todo se sienta mucho más impostado que en la cinta que le supuso un cuantioso número de premios, pero también se entrevé una mayor cohesión gracias a un estilo que no por más reposado pierde esa autenticidad de la que hablábamos, pero sí gana en emotividad, logrando que nos identifiquemos con una historia que llega a resultar tan marciana como humana al mismo tiempo, y a través de la que Caouette sabe dejar de nuevo su impronta en un celuloide que se siente más vivo que nunca.

El cierre lo ponía Self Made, la cinta de una artista conceptual llamada Gillian Wearing que publicó un atípico anuncio en el periódico: “¿Quieres salir en una película?”. A raíz de ese anuncio, Wearing decide aunar a un grupo de personas bajo el mismo techo con el objetivo de realizar un taller de método actoral que, a la par, les sirva para tratar algunos de sus miedos y frustraciones más patentes. A través de una experiencia como esa, la artista británica abre dos frentes interesantísimos: el primero, en el que observamos como la consecución de una escena determinada puede ser un perfecto ejercicio para dejar atrás experiencias y emociones que quizá no lleven a nada, o quizá sí; mientras, el segundo nos habla sobre el cine como ventana para afrontar esa serie de traumas… y si su funcionalidad es real. Es decir, en muchas ocasiones vemos el cine como un perfecto reflejo del deseo propio o como una extensión de futuros anhelos, y en Self Made se otorga el indicio de que quizá esa escenificación no resultaría tan idílica como muchos querríamos poniendo en boca de todos esos actores fichados por Wearing unas conclusiones que se antojan, en ocasiones, más desalentadoras que otra cosa, y que nos hablan sobre el cine como un espejo quizá no tan cándido como podríamos imaginar.

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