Críticas: Un feliz acontecimiento

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“Me acorraló, me sacó de quicio,
me enfrentó a lo más absoluto:
amor, sacrificio, ternura, abandono.
Me dislocó, me transformó.
¿Por qué no me lo había dicho nadie?
¿Por qué no se habla de eso?”

Hace ya tres años que Rémi Bezançon sorprendió con El primer día del resto de tu vida, en la que contaba los avatares de una familia a lo largo de los años combinando comedia y drama mientras hacía gala de una sensibilidad poco usual. El precedente establecido por esta película, una de mis debilidades personales dentro del cine francés reciente, convertía el visionado de la que nos ocupa en toda una incógnita que ansiaba despejar.

En esta ocasión, se ha valido de una segunda mano femenina en el guión para adaptar la novela autobiográfica de Éliette Abécassis acerca del vuelco emocional que experimenta una joven pareja nada más dar a luz a su primer hijo. Su principal objetivo es derribar clichés acerca de lo que supone la maternidad, exponiendo los miedos desconocidos a los que puede enfrentarse una madre primeriza, que aquí sufre una verdadera crisis de identidad que choca frontalmente con la visión idealista que se suele tener del asunto. En ese sentido, Un feliz acontecimiento cumple, aunque sin llegar a saciar las expectativas derivadas sobre todo de la mencionada obra anterior del director.

Debo admitir que desde el primer momento he tenido muy presentes los ecos de la reciente y bastante superior Declaración de guerra (en Francia se estrenaron con apenas un mes de diferencia). Pese a las amplias diferencias tonales e intencionales, el conflicto que se nos relata encuentra no pocas similitudes con la notable película de Valérie Donzelli. Si allí era la enfermedad del hijo recién nacido la que ponía a prueba el amor incondicional de la pareja protagonista, aquí es su misma llegada sano la que supone un profundo trastorno para la madre que termina por sacudir también los cimientos de su relación. Aunque la visión que ofrece se antoja muy corta con respecto a la de aquélla, juntas y no revueltas podrían conformar un interesante díptico.

Bezançon asegura que su intención fue plantear el parto como un punto de inflexión en el tono de la película, llegando incluso a variar la fotografía posterior para hacer hincapié en ello. Esto solamente se cumple a medias, ya que durante la primera parte se nos muestran no pocos indicios de la deriva emocional que acabará experimentando la protagonista y que arrastrará irremisiblemente su relación de pareja. No comprendo, por tanto, la necesidad de querer dividir el metraje en un punto que únicamente sirve para desatar esas dudas y temores que ya se entrevén, por ejemplo, en las experiencias oníricas o la relación con su familia, además de en una primera escena que pretende ser esclarecedora al respecto. El embarazo comienza lejos de ser idílico, obviando momentos como la estupenda secuencia romántica en el videoclub que precede su crónica.

Así, la narración se sustenta principalmente en la desprejuiciada visión que se proyecta hacia un tema que parece bastante más manido de lo que está y en el buen trabajo de un reparto muy creíble, destacando a los protagonistas absolutos Louise Bourgoin y Pio Marmaï. La visión entrañable y emocionante de las relaciones familiares que se daba en El primer día del resto de tu vida se sirve aquí en dosis ínfimas, que aparecen de vez en cuando haciendo intuir un posible despegue del que sin embargo no llegamos a tener noticias en ningún momento. Un feliz acontecimiento termina resultando, en síntesis, un visionado tan placentero -que no complaciente, lo cual se agradece- como olvidable en cuanto las luces de la sala se encienden. Aunque, si se tiene próxima una experiencia maternal, es de suponer que esto último cambie radicalmente…

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