Críticas: Starbuck

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El segundo largometraje del canadiense Ken Scott llega tras su exitoso paso por la Seminci de Valladolid.

La premisa de Starbuck no podía ser más desopilante: un cuarentón sin oficio ni beneficio, en la mejor tradición de la comedia bruta, recibe la noticia de que las donaciones de esperma con las que se ganaba la vida en su juventud han desembocado en 533 hijos. Decide, a partir de entonces, ejercer de “ángel de la guarda” de algunos de ellos e intentar enderezar el rumbo. Esto empieza por asumir responsabilidades en la relación con su novia, paradójicamente embarazada.

Su primer tramo conecta irremediablemente con el respetable, gracias al perfecto engranaje cómico que pone en funcionamiento la entrada de este padre inesperado. Una impecable puesta en escena, atentísima a cada detalle, nos introduce de lleno en el peculiar mundo del perdedor. Da pie a situaciones variopintas que emergen de lo cotidiano, a las que logra insuflar vida y músculo Patrick Huard con una magnética recreación. El terreno queda cuidadosamente abonado para un estilo de comedia menos habitual de lo deseable, que respeta al espectador combinando este humor con un innegable espíritu para otorgar un toque entrañable. Todo está dispuesto a su favor, pero falta el remate.

Y es que, aunque Scott nos conduzca apaciblemente, llegado a cierto punto se desvía y termina transitando por un terreno mucho más cómodo que sin embargo no le pertenece. En Starbuck hay madera de gran comedia, de cine gamberro y hasta absurdo en el buen sentido de la palabra: cine, en resumen, desmarcado de los cánones que se están imponiendo. Y, cuando nos queremos dar cuenta, ha acabado por ceder progresivamente metros de terreno a lo que se suele etiquetar erróneamente como “concesiones al espectador”. Debería especificarse que al que exige incondicionalmente una mirada complaciente a los personajes, un recurso para la lágrima o un final feliz. Yo no me considero parte de ese público y Starbuck, pese a seguirse con agrado y presumir de no pocos aciertos, bordea la caída en el saco roto de la amabilidad y el optimismo de garrafón.

El abuso de la música en los momentos dramáticos es desolador (fan como soy de The National, no puedo creerme que su ’Runaway’ suene íntegro ¡durante un juicio!), y recurrir a un minusválido abandonado para subrayar la confrontación del desastrado protagonista con la realidad no parece la opción más deseable. Acaba, pues, predominando un tono que la acerca más al buenrollismo para todos los públicos del megaéxito global Intocable que a la asunción de riesgos en lo que al retrato de un fracasado se refiere. Un personaje que podía nacer unido, por ejemplo, al de Danny McBride en la serie Eastbound & Down; y acaba casi abrazándose al Omar Sy de la mencionada (quede claro que aprecio y reconozco las virtudes de la obra de Nakache y Toledano, pese a estar poniéndola aquí como ejemplo de todo lo negativo). Por mucho que Judd Apatow parezca el ineludible patrón a citar.

Al final no puede acusarse a Starbuck de ser una propuesta fallida, sino más bien de adentrarse en un terreno mucho más confortable del que le correspondía. A mi juicio es un gran lastre, pero seguro que buena parte de los que lean estas líneas no comparten mi visión: dotar de “profundidad” a algo que se presenta de esta guisa siempre hace sumar puntos de cara a las reacciones posteriores. En el otro lado, principalmente, quedan una serie de escenas con indudable gancho y el descubrimiento para el público español de Patrick Huard, cómico muy popular en Canadá que aquí se adueña de la función.

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