Críticas: Moonrise Kingdom

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Nuestro amigo Dowie, corresponsal (?) en la tirolesa Innsbruck, nos manda este poético texto sobre la última peli de Wes Anderson.

Wes Anderson lo ha vuelto a hacer. Sin que le tiemble el pulso ha desempolvado esa vieja caja de zapatos donde guardabas tus posesiones antaño más preciadas y las ha colocado encima de la mesa, obligándote a jugar. Moonrise Kingdom es otra muestra de cómo el tejano se maneja cuando a evocar tiempos pasados (y mejores) se refiere. Desde los amores púberes de un vivo Max Fisher por una profesora de la Academia Rushmore, hasta la búsqueda (puerilmente testaruda, como la pataleta de un mocoso que dice haber visto a un gnomo en el bosque y al que nadie cree) por parte del ya maduro capitán Zissou del tiburón que se come a su amigo en Life Aquatic, el cine de Wes Anderson demuestra estar compuesto de la materia que puebla la mente de un niño. Excentridad, imaginación y aventura se mezclan y dan lugar a un cine marciano, que alcanza un tono arrebatadamente singular. Nos hallamos ante el género W.S. Comedia afligida, drama jubiloso. No será, pues, menos, en lo que a su última película se refiere. Moonrise Kingdom cuenta las aventuras de dos chavales preadolescentes, Sam y Suzy.

Sam y Suzy son dos niños diferentes pero iguales. Sus problemas para relacionarse con otros son más que evidentes, y les llevan a excluirse en ellos mismos o a proyectar sus problemas en los demás. Sus padres no existen. Sus sueños son lejanos. Pero un día Sam y Suzy se conocen.

Sam y Suzy se escriben, se escabullen del bullicio impuesto. Se apoyan el uno en el otro, se cuentan trivialidades, esperan con ansiedad noticias del otro. Un día Sam dice “¿Cuándo?”. Un día Suzy dice “¿Dónde?”. Y entonces de entre las brumas nació su reino. El reino de Sam y Suzy es una playa virgen. Unas coordenadas cartográficas donde ni el egoísmo ni la maldad han asomado aún su gélido rostro. Toneladas de arena nívea, litros de agua salada inerte. Su aventura se extiende más allá de los últimos rayos de sol, con la luz tenue y cómplice de la luna, junto a una fogata y un libro abierto de par en par, que encharca sin remedio sus mentes incorruptas.

Sam y Suzy son dos mitades de un sólo ser. Dos niños que se han imaginado cientos de veces, detrás de cada charco, de cada colina, dándose de la mano para cruzar las aguas turbulentas. Dos almas escapando del mundanal ruido, de las vanas costumbres, saltado de piedra en piedra para no tropezar con la irremediable verdad. La verdad que ven en los adultos que les rodean. Torpes, acomplejados, perdidos, solos. La verdad a la que dan la espalda, enseñan el culo y gritan “piérdete” tan fuerte que da miedo.

Sam no ha muerto si coges la canoa, tomas carrerilla y saltas en ella. Sam sigue ahí si se apagan las luces, se abre el telón y aparecen los créditos. Sam te agarra cuando ves a Suzy por primera vez en aquel prado, vestida de rosa puro, con sus ojos apuñalándote. Sam nunca dejará de ser tú mismo cuando el reino de la noche emerja y tus ojos se posen en esa estrella lejana a la que un día, cuando jugabas al gua y tus rodillas no eran más que dos eternas costras, pusiste nombre de mujer.

Crítica escrita por Dowie

4 Responses to Críticas: Moonrise Kingdom

  1. Dowie e Iñaki Bea son la misma persona.

  2. Dowie dice:

    Jugar en el Wacker Innsbruck me ha cambiado la vida

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