Críticas: Miel de naranjas

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Después de conseguir en el pasado Festival de Málaga los premios a la Mejor Dirección y Guión Novel, llega a nuestras carteleras la nueva película de Imanol Uribe.

Miel de naranjas será para muchos una de las decepciones de la cosecha patria del 2012, aunque encierra numerosos aspectos sumamente interesantes y reveladores. Algunos se llevarán las manos a la cabeza e intentarán desgarrarse el cuero cabelludo ante lo que considerarán una nueva (abro etiqueta) ‘cinta de la posguerra española’ (cierro etiqueta). Es cierto que esa cuota de cine español que trata la Guerra Civil española y décadas y años adyacentes es más mediática que elevada. En el 2011, por ejemplo, la ‘goyalizada’ La voz dormida de Benito Zambrano era posiblemente el único largometraje de ficción realizado sobre esos patrones que tanto se critican y sobre los que se generaliza: Silencio en la nieve de Gerardo Herrero y Las olas de Alberto Morais utilizaban temas del franquismo y la posguerra inusuales en nuestra cinematografía actual como la División Azul o el campo de concentración de Argelès-sur-Mer.

Tal vez por ello tengamos que mirar los avances formales y narrativos que propone el filme de Imanol Uribe como un nuevo paso de alejamiento a viejas convicciones e impostados prólogos en las mentalidades de los espectadores. Para empezar, Miel de naranjas tiene un acabado que nadie podrá asociar a esa imagen cutre que muchos ya ven implícita en las películas de posguerra. La historia queda retratada por la fotografía de Gonzalo F. Berridi y la ansiedad de Uribe de dotar de credibilidad a los elementos que componen su obra: los pelotones de fusilamiento eran ‘reales’, así como los figurantes de un campo de concentración y trabajos forzados fueron toxicómanos a los se les rapó el pelo. Es cierto que existe cierto manierismo en la composición que forma el retrato de los villanos pero, al mismo tiempo, se enfrentan y chocan con sus sentimientos.

Por ejemplo, Don Eladio, ese terrible teniente coronel y letal juez instructor que ve el comunismo como un cáncer que deber erradicar en cualquiera de sus brotes, se muestra espeluznantemente humano y lleno de amor respecto a la figura de su sobrina. Y es ahí donde Miel de naranjas nos propone un interesante juego que sobrevuela nuestras butacas y conciencias. Inmediatamente, pensamos que ese amor del villano del filme no es puro. Y lo hacemos porque el cine español de posguerra nos ha ‘adoctrinado’ con que un fascista es ‘despreciable’ tanto dictando sentencias de muerte como en su vida familiar, al parecer. Recuerdo el reciente debate que levantó numerosas ampollas provocado por Tiro en la cabeza de Jaime Rosales, donde la humanización de un terrorista fue vista como un ‘tiro en la cabeza’ en la sociología de muchos espectadores. A Uribe como a la guionista Remedios Crespo les interesa más ese choque de sentimientos de los dos villanos de la historia. Vicente (Eduard Fernández), un teniente que es el brazo derecho del juez Don Eladio, se muestra muy afectivo con su compañero y sargento, prestándole ayuda hasta que se desvela una traición que pondrá en conflicto aquello en lo que creía. Los malos, obviamente, son malos y sabemos cómo resolverán ese choque moral…

Realmente Miel de naranjas es una película de sentimientos bajo la doctrina de lo afectivo. Se busca más una cinta de aventuras con aroma de thriller y cine negro bajo una tonelada dramática y política y una historia de amor que bascula el conjunto. Y ahí aparece un cesto lleno de naranjas, que funciona como un ábaco para una mente que quiere retener sus recuerdos atrapados antes que se forme esa miel de naranjas en sus torturadas evocaciones. Se podrían sacar hasta paralelismos con El secreto de sus ojos: máquina de escribir, juzgado de instrucción, dictadura, asesinatos e historia de amor; pero el filme de Uribe quiere jugar a otro tipo de secretos. La debilidad de Miel de naranjas, tal vez, sea más pasional que sentimental.

Parece que al conjunto le falta fuerza (que no efectismo). Algo que contenían esas películas que solían desarrollarse en Francia durante la II Guerra Mundial y en esa rebelión contra los nazis. Esta tierra es mía de Jean Renoir tendría que ser ese ejemplo a seguir, pero finalmente el espectador se encuentra ante la historia de un ‘soldado patoso’ con ciertos parecidos involuntarios a una spoof movie como Top Secret! Inverosimilitudes argumentales como testimonios sentenciadores de cabreros o muertes con forma de esvástica rozan más el ridículo que la credibilidad. Lo brillante es que el director parece como si se hubiera impuesto una auto-censura, ya que no encontramos la secuencia de sexo de ‘rigor’ (nos cierran la puerta en las narices) pero sí se acentúa el erotismo en el carmín o la elegancia de un traje y sombrero. Digamos que queda, finalmente, a mucha distancia (pero no a perspectiva) de ser ese filme perfecto de la posguerra rodado en la actualidad: aquel que pudiera estar filmado con los cánones censores de la época y contar, entre líneas, una historia política sin concesiones.

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