Críticas: Les Lyonnais

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Olivier Marchal nos trae una buena dosis de cine de atracos, mafias y la lealtad como concepto explosivo y mortal.

Edmond Vidal, miembro de la banda criminal de los Lioneses, decidió contar su delictiva vida en un libro titulado Pour une Poignee de Cerises (Por un puñado de cerezas). Lo hizo para que sus hijos y nietos conocieran todo su pasado, pero no con un fin de exaltar y mitificar la violencia sino para escarbar en el lado existencial de las penurias frente a los supuestos éxitos. Una balanza tal vez equilibrada entre el amor y la prisión y puesta a prueba continuamente mediante la lealtad. Les Lyonnais, reconstruyendo sobre la anterior premisa una historia ficcionada, nos habla de esa nobleza y códigos del mundo del crimen y de los peligros que puede generar ser ciegamente fiel a los mismos. A Olivier Marchal siempre le ha interesado el mundo policial pero no había concedido la perspectiva, punto de vista y voz a los criminales a los que persiguió durante su etapa como miembro de la policía. Voz que se convierte en un discurso interesante cuando un delincuente como Edmond Vidal no tuvo sangre en sus manos.

El filme tiene clara su disposición a desenterrar el pasado del protagonista y los flashbacks recurrentes van a formar una gruesa capa de recuerdos. Desde el crecimiento de Edmond Vidal, apodado Momon, en un campamento gitano, que le dio el sentido estricto de lealtad, familia y el pueblo al que pertenece (los gitanos, nos recuerdan, no son una raza sino un pueblo), hasta el robo de ese ‘puñado de cerezas’ que apuntala los cimientos de su personalidad criminal y le ató a su compañero y mejor amigo, Serge Suttel. Su estancia en prisión por un pequeño delito creó a un ser delictivo mayor. No es que pretenda lanzar un discurso moral pero Olivier Marchal es consciente del material que maneja ya que la política, el mundo policial y la justicia no son para nada transparentes y relucientes al tener que atajar el crimen organizado, sirviéndose incluso de sus mismas armas. Las conexiones con El Padrino son obvias desde ese inicio que se produce en una celebración familiar, cambiando la boda por un bautizo. Ese tal vez ese el resorte y clara dicotomía de un ‘reformado’ criminal cuando debe volver a la acción para salvar a su mejor amigo. La falta de lealtad en la mafia siempre ha sido la consigna para ser ‘despachado’. Scorsese o Los Soprano siempre nos lo ha recordado: quién habla acaba bajo tierra o el nivel del mar… Tal vez sea el motivo por el que la historia ficcionada de Olivier Marchal tenga un sutil halo de suspense. No es que Les Lyonnais sea una revisión de El topo con mafiosos, policías y delincuentes pero deja en la recámara siempre esa bala como tiro al espectador definitivo.

La película quiere representar una amistad estrecha y al mismo tiempo peligrosa. Los giros de guión son previsibles y la sensación es de estar en un boceto de una revisión de Una historia de violencia con gitanos. El argumento no va más allá de ese criminal que vive en paz con su familia una vida cómoda, pero es perseguido y atrapado por su pasado. No puedo decir que siga la pista de Olivier Marchal. Solamente he visto sus Asuntos pendientes (36, Quai des Orfèvres) y comparte la misma dolencia con Les Lyonnais: pesea estar ambas cintas basadas en hechos reales me resultan inverosímiles. En ese punto no sé si la culpa es propia o ajena. Me queda el recurso de narrar por qué considero dicho despropósito de los planteamientos no narrativos sino cinematográficos. Ambas películas comparten ralentís, flashbacks explicativos y secuencias de montaje emocionales y recurrentes. De nuevo, me da la sensación de que la historia cronológica ha sido dinamitada para pretender ser contemporánea y plenamente moderna. Se trata de dar forma dejando de lado lo interesante que podría proponer el fondo. Les Lyonnais habla sobre la amistad y el conflicto de ser arrastrado por la misma a la oscuridad que se pretende abandonar.

Para algunos esa historia de criminales de la vieja escuela será del todo satisfactoria pero esos falshbacks de una discoteca, celebrando el guateque en los momentos más dramáticos para mostrar visualmente el sentido del aprecio y afecto, me resultan discordantes y ridículos. Los títulos de la película, por ejemplo, son una especie de mezcla Grindhouse con Cuéntame cómo pasó, alejada del tono que busca el germen de la obra. Sin contar con esos coches limpios e inmaculados sacados de la exposición más cercana (y que al parecer los atracadores cuidaban más que las chabolas donde vivían… ¡rodeadas de barro!) que restan credibilidad, por asombrosa pulcritud frente a esa estética de fotogramas dañados de sus créditos, a la recreación de tiempos pasados. Por no mencionar las conexiones emocionales que podría tener con nuestro cine quinqui, aunque la moralidad de Momon con las drogas está fuera de cualquier duda. ¿Se ha pulido tan decorosamente al héroe sobre sus códigos morales y criminales que ha acabado, en cierta manera, convertido en una monja atracadora de furgones blindados? Les Lyonnais, tal vez, nos habla de esos tiempos en los que la palabra valía sobre los negocios sucios y oscuros en los que solamente contaba y cuenta el dinero. Las personas se superponen a la causa y Olivier Marchal quiere ahondar en la humanidad que puede desplegar una situación tremendista y criminal. Aparte de que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, otra cuestión es claramente moral: ¿un criminal con las manos sucias por asesinar a sangre fría a otros asesinos y limpias por no liquidar a ningún inocente sigue siendo un criminal?

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