Críticas: Infiltrados en clase

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Llega a nuestras carteleras una de las sorpresas norteamericanas del 2012: el remake de la serie Nuevos policías, que protagonizó a finales de los 80 Johnny Depp.

Infiltrados en clase es capaz de leerse y releerse a sí misma desde sus primeras secuencias. En especial, cuando los protagonistas son enviados a ‘21 Jump Street’ y se les informa casi textualmente que se trata de un proyecto de los 80 sacado de nuevo a la palestra como si fuera algo novedoso cuando realmente no lo es. No es que el filme de Philip Lord y Chris Miller quiera ser una mirilla crítica aplicada sobre un letal lanza-dardos, pero encuentra en su tono un look socarrón que oscila entra la autoparodia y el cliché impuesto por el género. Tal vez ese sea uno de los motivos por los que el remake de una popular serie de finales de los 80 se ha convertido en una de las sorpresas del 2012 al otro lado del charco. No solamente se ha aupado a ser la comedia de instituto más taquillera de la historia superando a Superbad, también protagonizada por Jonah Hill, sino que ha recibido buenas críticas, logrando una inusual armonía de poder estar nominada a los MTV Movie Awards y ser reivindicada para la cultura cinéfila. Tal vez esos méritos sean sus mayores lastres una vez se evapora su capacidad de sorprender.

Nacho Vigalondo incluyó La Jungla 3: La venganza en una reciente lista de sus 10 películas favoritas de todos los tiempos. Personalmente desconocía un motivo de peso para anteponer una tercera parte teniendo un objeto del deseo tan incombustible como la inicial Jungla de cristal… Al menos los protagonistas de Infiltrados en clase dan una razón extremadamente contundente e irrebatible para alzarla sobre el tiempo y el espacio: aparece Samuel L. Jackson. La reivindicación habitualmente se realiza a través del detalle del guiño, del gesto o la simple copia. Se remarca mediante la presencia de un nuevo icono que la dote de cierto valor. En este caso se ha decidido hacer una revisión de una serie popular que dio a conocer a Johnny Depp con ‘estrellas’ alejadas de esos roles: seguramente estemos ante la primera vez en la que Jonah Hill se ponga una placa y en la que Channing Tatum se embarque en la comedia. También ciertos cameos como los del Doctor Espacial de 30 Rock pueden ayudar o algunos que nunca deben ser revelados. Pero esta reivindicación en la propia película parece ser objeto de auto-parodia, porque realmente estamos ante una de las películas que mejor sabe ojearse a sí misma y al género que intenta parodiar y donde quedar incluida. Esto conlleva una responsabilidad de dotar a una plantilla y molde predefinido una serie de diálogos, acciones y argumentos mil veces vistos y explotados, desligados de nuestras mandíbulas y que se desencajan entre las carcajadas y la goma de mascar en la que se convierte el pastiche. Da pena escupir algo que sabes que es simplemente insustancial y artificial goma pero que sabe bien. El filme se suspende entre el detalle al homenaje y el elemento paródico. Los personajes saben que son clichés, como ese Capitán negro y eternamente cabreado, interpretado por un Ice Cube que reniega de sí mismo mientras se recrea en su rol.

Uno de los detalles que pueden ser más sorprendentes dentro de la película sería el arranque, en el que la burla queda auto-revelada. Jonah Hill caracterizado (y acompañado en el soundtrack) de Eminem, mientras que Channing Tatun luce melena y look de deportista popular. Esa representación nos llevará a años después para ver a los mismos actores sin envejecer desde ese punto sin retorno en sus vidas, traumatizadas por el baile de promoción al que no pudieron asistir. En ese cliché de convertirse en una comedia de cambio de roles yace un potencial cómico revisionista: lo que antes funcionaba ahora ha pasado de moda y ha sido descartado. Ser guay y popular ahora entra por defender las energías renovables y ser activista. Ese cambio de roles sociales entre nuevas tribus urbanas de instituto se actualiza también en la forma: desde capas estilísticas en la onda MTV o YouTube hasta encajes en los patrones estéticos juveniles actuales. Esta película es sorprendente, pero dicha calificación automáticamente se convierte en reticencia, ya que el espectador foráneo sabe que va encontrar algo totalmente inusual para unos y por lo tanto nada extraordinario y previsible para ellos. Háganse a la idea de que van a ver Vaya par de polis de Kevin Smith y la disfrutarán de verdad.

Inmediatamente el estilo visual de la cinta y argumental queda exhibido en un intento de hallar los enlaces entre Arma fatal de Edgar Wright y Los otros dos de Adam McKay. Ese equilibrio soñado y orgánico entre la referencia y el descerebre extremo. Como si fuera un diafragma que intenta palpitar entre dos extremos separados y al mismo tiempo unidos. Entre esa socarronería y un carácter revisionista, utilizando la parodia como arma de rescate humor, se consiguen pequeñas piezas icónicas y geniales. Philip Lord y Chris Miller han conseguido moverse correctamente entre la gamberrada y la parodia sin quedar encasillados dentro de los movimientos de la comedia actual norteamericana: alejada de la factoría Apatow, sin llegar a ser una posible cinta de Will Ferrell ni acabar convertida en una burda parodia protagonizada por Dan Fogler.

Sus licencias son desleer los derechos para aprenderlos, reinventarlos y destruir los conceptos del género para empalmarlos en moldes previos. Sorprendentemente todo el berenjenal funciona. Podemos rezar tranquilos a nuestros Cristos coreanos: Infiltrados en clase apunta a ser la comedia guay del 2012.

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