Críticas: Adiós a la reina

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Benoît Jacquot pasó por el pasado Festival de Berlín con una película que narra los últimos días de un extraño triángulo compuesto por Gabrielle de Polignac, Maria Antonieta y su lectora.

Su estructura es una historia de amor clásica de tres y su germen la simpleza de un amor no correspondido. Pero el amor aquí no consiste solamente en que esos tres puntos que establecen el triángulo sean mujeres, tampoco que Benoît Jacquot nos trasporte gracias a la novela de Chantal Thomas, ni mucho menos describir el contraste de la Francia revolucionario con la ostentación y magnificencia de la corte de Versalles. Adiós a la Reina es claramente un filme contemporáneo y emocional, desligado de ensalzar el contexto y mitigar el detalle histórico. Su guión está compuesto de sentimientos y sensibilidad desde el punto de vista de la lectora de María Antonieta, que nos dirigirá en esos cuatro últimos días que pase con la Reina… con su Reina.

Sidonie Laborde es una de las lectoras de María Antonieta. Aunque también borda, prefiere mantener oculta esa profesión para no alejarse de la Reina a la idolatra y ama. Sidonie mantiene oculta su propia vida a sus seres más cercanos en Versalles. Es una especie de fantasma que nunca estuvo allí. Inmediatamente vemos el triángulo que forman Gabrielle de Polignac, María Antonieta y Sidonie. La Duquesa se ha ganado todo los favores de la Reina por ser su ideal de belleza, ese objeto libidinoso y carnal de deseo. Gabrielle camina por los pasillos del palacio como si estuviera en una pasarela, mirando recto y sin detener su vigorizante andar. Pero el contexto sobre el que siempre ha dirigido la mirada el cine francés y también norteamericano, cuando se ha ceñido a contar la historia de estos personajes, queda relegado a un simple escaparate. No es una postal aunque el fondo enmarca la narración. El punto de vista encuadra a los hechos históricos y ofrece la perspectiva de los personajes. Adiós a la Reina nos ubica en los ojos y sentimientos de esa bordadora y lectora cuyo amor por su Reina no es correspondido y dado a otra.

El filme dibuja una especie de El hundimiento en Versalles, con ciertas incisiones kafkianas y un Benoît Jacquot que parece guiado por Alexandr Sokurov. Son las bases visuales de una propuesta que transforma en suspense informativo la toma de la Bastilla y el impacto que provoca en la corte. Como si fuera un calendario deshojado, sabemos el final pero desconocemos el principio básico de un personaje que desconocemos. El anónimo secundario se transforma en protagonista y nos ofrece una nueva dimensión de una tragedia personal e histórica. Pero dicha visión no es tan pomposa y sofisticada como los filmes de Sofia Coppola o W.S. van Dyke. La primera secuencia es (des)idealizada con el ataque atroz de unos mosquitos y las presencia de ratas muertas por la corte y yaciendo en los estanques son recurrentes. Ese tono real y creíble es enfatizado por el seguimiento de la protagonista como si la cámara fuera casi siempre su sombra.  Una sombra que nos enseña el otro lado de los brillantes y esplendorosos muros de Versalles. La suciedad, el moho y la pintura carcomida nos muestran, como la historia de muchos nobles, el sacrificio por amor que realizan por estar cerca de esos mitificados reyes de su nación. Algunos dejaron sus palacios para aposentarse en pequeños cuchitriles con el consuelo de poder ver de cerca a Luis XVI de Francia unos segundos cada semana… si hay suerte.

Los contrastes funcionan perfectamente para que el espectador se haga a la idea de esa sucesión de días que nos remarcan en pantalla. Una descripción documentalista sobre un fondo y recreación realista. Léa Seydoux, Virginie Ledoyen y Diane Kruger, aparte de estar esplendidas, nos muestran sus encantos sin tapujos (sobre todo las dos primeras). Gabrielle de Polignac y María Antonieta son divas, estatuas vivientes e iconos que Benoît Jacquot sabe perfectamente manejar entre esas sutiles maniobras sentimentales y huecos creados por la venidera tragedia: la separación. Adiós a la Reina nos habla del camino de la separación para quebrar el amor. Pero es ahí donde entre esas líneas, historia y diálogos yace un claro subtexto de poder. Muchas veces confundimos el afecto con el interés, el amor con el cariño y la obediencia con la perdición. Sidonie Laborde parece representar al pueblo… pero no el que habita fuera de esos muros que desea la cabeza de aquellos que les han arrebatado el pan por su caprichoso, deleznable y despreciable modo de vida sino a aquel, que ciegamente, sigue amando a la monarquía pero que comprende demasiado tarde que solamente protegen a los suyos, a su sangre y a aquellos que han marcado con su gracia.

El poder, más que una maldición, se muestra en la película como una desposesión de la carnalidad. Hay carne pero no posesión sino una penetración únicamente visual y, por supuesto, la Reina ordena… el resto, obedecen. La leyenda cuenta que Gabrielle de Polignac murió poco después de enterarse que su amada María Antonieta había sido ejecutada. Una leyenda que queda en la voz y ojos de esa lectora, como la del pueblo que la condenó. De esa materia inflamable que nunca debe ser alimentada con fuego… y los reyes, como las personas, suelen tropezar varias veces en la misma piedra.

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