Críticas: Miss Bala

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Relato sobre todas las caras de un mismo mal.

En la nueva película del director Gerardo Naranjo se utiliza a su protagonista para dinamitar y destrozar las frágiles líneas a las que se ve sometida parte de la sociedad mexicana en su día a día. Unas líneas que al final demuestran ser inventadas, y donde todos, desde el aparato policial, la justicia, los militares, los narcos o incluso las personas de la calle, tienen un pie en cada sitio, en una mezcla confusa donde es imposible permanecer a salvo y sin responsabilidad o culpa.

El cineasta mexicano utiliza a su protagonista femenina para ir viendo las diferentes posiciones de esta guerra y lo frágil que resultan estás líneas para llegar a la terrible conclusión de que no existen tales fronteras y todos pertenecen a un mismo bando, aunque enfrentados entre ellos no por cuestiones morales o éticas, sino más bien por el poder y el control. Esta reflexión es sin duda lo mejor de la película, y el director tiene la inteligencia de tratarlo con mucha soltura sobre todo en su segunda parte. Una frontera que tampoco existe como tal entre México y su vecino del norte. Aquí juegan todos a lo mismo, aunque uno tiene la sensación de que los números están amañados desde el inicio. Ganan los de siempre, claro.

De igual manera se construyen unos personajes que intentan tener cierta vida propia. Me refiero a que, sin huir de los terribles crímenes que cometen los narcos y de la frialdad con la que los llevan a cabo (en España, lo que más nos llama la atención y en lo que muchos medios intentan meter baza de manera “amarillenta” es esa frialdad en los crímenes y su posterior impunidad), Gerardo Naranjo introduce un mínimo de humanidad necesario para que no sea monigotes. En ese sentido es digno de admirar la construcción del personaje del actor Noé Hernández, tal vez el personaje más terrible de la cinta, por lo instintivamente animal que resulta, con sus acciones censurables e incluso sus mínimos momentos tiernos. La cinta no va sobre ello, pero siempre es de agradecer la construcción de un “villano” (uno de los muchos que pueblan la cinta, sólo que es él es el villano oficial) de esa índole. En contraposición, el personaje del general resulta mucho más típico y se echa en falta más gris en él.

La acción la vemos a través del personaje de Stephanie Sigman, que va pasando por las distintas fases de la llamada “guerra contra. el narco”. Ella es un personaje que, si en un primer momento intenta actúar de manera moral (de hecho llega a resultar en sus acciones iniciales demasiado ingenua, inocente y porque no decirlo, estúpida), poco a poco va cambiando y aunque nunca abandone del todo su rol de personaje pasivo, lo que desespera a más de uno, pierde su inocencia. Aunque ella no tiene “culpa”, llega un momento donde se deja seducir por el nuevo mundo que irrumpe en su vida. También, y es harto interesante, se hace una crítica a lo que un servidor detecta como cierta pasividad de la sociedad mexicana sobre el asunto de marras, donde sin ser culpables o pertenecer de manera directa al submundo de los narcos sí que son tolerados o cuanto menos ignorados de manera casi infantil. Ella, con lo que ha visto y sin dejar su ingenuidad en todo momento, sí que abandona su inocencia. Y con ella, a la vez, la sociedad mexicana.

Tal vez el personaje de ella resulte hostiable hasta decir basta a lo largo del relato (y no es una crítica negativa, desde luego), pero lo que desespera más es la construcción de las escenas acompañadas, que actúan genial de manera independiente, pero en el conjunto global de la película hacen la digestión más pesada. Para terminar, llaman la atención las escenas de guerra, filmadas con la intención precisamente de recordar a una de las nuevas tandas de películas bélicas surgidas desde Salvar al Soldado Ryan.

La cinta comienza con cuestiones morales muy posicionadas y, mientras nuestra protagonista va cruzando esa línea imaginaria, cada vez queda más claro que todos pertenecen a un único bando. Desolador, la película termina sin un ganador a la vista.

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