AFF Sección Oficial: Zona Sur

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Os traemos la crítica de la clara vencedora de la segunda edición del Atlántida Film Fest, Zona Sur.

Las zonas bajas de las ciudades se asocian a la pobreza, pero en Bolivia se encuentran allí los hogares de los adinerados, esos que otros creen con más suerte de la necesaria para sobrevivir. De ahí viene el nombre de esta película, Zona Sur, donde se presenta una familia poderosa en plena decadencia, ese momento en el que lujo y miseria se cogen de la mano, que traslada un drama cualquiera, con sus intrigas y mentiras, acontecido durante la caída de un linaje al completo, a nuestros tiempos.

Para Juan Carlos Valdivia el fondo y la forma deben unirse para el perfecto desarrollo.  Lo consigue demostrando su pericia en el aspecto artístico donde otros se quedan en lo funcional, y se apoya en las capacidades de sus actores para transmitir el mensaje adecuado. Todo esto suena a correcto, pero es lo necesario para convivir con un mundo de alto standing y poder romper barreras en la formalidad de los ricos.

El lugar elegido es la casa, de blancura neutral y estilo moderno, equipada con todo lo necesario para una vida confortable y caprichosa, uno de esos lugares que seduciría a cualquier decorador que la tuviese que rellenar. En ella conviven la familia, formada por una madre y sus tres hijos junto al servicio, el mayordomo / hombre para todo y la mujer que le ayuda, siendo clave el adorado por todos, Wilson, que lleva toda una vida con ellos. Dado que estas partes íntegras son importantes, la película se encierra entre estancias y personajes a través de planos secuencia elípticos donde, mientras ellos siguen con sus movimientos normales, la cámara hace giros completos para mostrar descaro (que hay mucho) y recordar el lugar donde se encuentra. El fetiche (que supongo se traduce en un mero truco) son los espejos, que conceden una continuidad de quien no se encuentra frente a la cámara.

Cada personaje resulta más dispar al anterior y entre todos convergen ese nexo de unión, lo que crea una familia, que incluye a cada uno de los que allí viven. Son todos realmente pintorescos y aunque se van mostrando tal y como avanza el metraje sus cartas sin dobleces, se encuentran diferencias entre la franqueza de los hijos y los entresijos de los adultos, dando cada uno lugar a comprender la situación en la que han crecido, en la que viven y la que les depara el futuro de un país y un estatus social que se ve arrastrado al fracaso.

Al mismo tiempo se enfrentan dos culturas y varios estratos (no se debe olvidar el papel de las novias de los hijos mayores), los puros, mestizos y aymaras, donde se da a entender que todos coinciden en que las matriarcas tienen la necesidad de crear un vínculo muy fuerte en las familias, en el sentido de malcriar a los hombres y hacer de las mujeres futuras hembras correctas y exitosas como una fachada frente al resto del mundo. Las apariencias son otro punto fuerte, en ello se basa su vida, llevando un ritmo que no pueden mantener, pero sin mostrar la menor preocupación por ello, como si fuese algo normal con lo que convivir, disfrutando de la máxima «el dinero atrae al dinero» aunque con el agravante de su ausencia.

Las extravagancias son máximas al indagar en cada miembro de este conjunto que se sitúan en un pentágono de características marcadas y centro conocido.  La madre, Carola (Ninón del Castillo), nunca encontrará arrugas en su expresión al no mostrarse preocupada por la situación acontecida, una persona con estilo, siempre elegante y encantadora, con las ideas claras y amante de su familia y su posición, con la capacidad de enojarse de un modo furioso si lo encuentra necesario para mantener de nuevo el control. Wilson (Pascual Loayza), que no tiene nada más allá que servir a esta familia, salvo una prole propia que vive lejos en su propia comunidad, se permite robar como un derecho asumido los lujos que otros disfrutan, convirtiéndose en un pilar inmediato que solventa el día a día tanto como ella.

Andrés, el hijo mayor (Nicolás Fernández), representa el capricho consentido, aquel que lo necesita todo de mamá, adicto a cualquier vicio porque se le permite, inmaduro, descarado y con alma de niño rico, complacido por la ironía de conservar la justicia para los otros al estudiar derecho. La hija mayor, Bernarda (Mariana Vargas), se quiere situar en el polo opuesto a la cara que da su madre, no admite convertirse en lo que se espera de ella, sin soportar formalidades y criticando el modo de vida del que también goza por legitimidad. La subversión de los que todo lo tienen  El hijo menor, Patricio (Juan Pablo Koria), es un soñador con alas de ángel, quien indaga con curiosidad de niño para provocar respuestas que sitúan a cada uno en su lugar, dejando ver por un momento qué querrían vivir los demás y dónde han conseguido encontrarse.

Mediante este original planteamiento, Valdivia consigue mantener la atención en todo momento, y pese a marear un poco con tanto giro al sentirte como en una noria, resulta gratificante contemplar la evolución de la decadencia cuando parece que nada ocurre. Sólo apariencias y madres. Y mucha acidez en la intimidad de cada alcoba.

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