AFF Sección Oficial: Crebinsky

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En una nueva entrega del Atlántida Film Fest, traemos una película española que no trata exclusivamente sobre la Guerra Civil.

Y con alegría podemos decirlo, porque esta atrevida comedia de atributos verdísticos no se sucede durante la más representada y vapuleada guerra de nuestro país, aquí el guiño se lo lleva la Segunda Guerra Mundial y el wolframio terrenal de cada día. Con alemanes y americanos incluidos, que todos caben. Pero esto es una mera anécdota dentro de lo que se ha convertido en uno de mis grandes descubrimientos del Atlántida Film Fest. No me cabe duda que ahora tengo que reclamar la atención de aquellos que disfrutan de las bizarradas, sean de las lentas como tortugas o que mantengan un ritmo excepcional, para decirles que aquí hay algo llamativo y autóctono que vislumbrar. Se llama Crebinsky  y se habla en ruso-gallego fluido.

Una vez vista la película y conocedora de la odiosa magnitud que tienen las comparaciones, aquí podríamos sacar referencias para todos los gustos, así que toca hacer un resumen. El primero siempre será Javier Fesser, por esa comicidad bruta que radica en el más puro absurdo y que sobrevive a base de personajes caricaturizados y bestiales. Por no resultar una película tan radical, otros verán a Jean-Pierre Jeunet cual aparición mariana que, disfrutando de un mismo absurdo, es más comedido y disfruta de escenarios más utópicos. Si a todo esto le añades el folklore y la elevación de la zarrapastrosidad de sus protagonistas, incluyendo una música tan característica que matiza el aspecto terrenal, ¿a quién tenemos? Sí, el mismo, Emir Kusturica en pleno esplendor. De hecho, hilando fino se podría nombrar a Julio Medem por tener a norteños apasionados por las vacas y su magia oculta. Tras simplificar a material de primaria la compleja labor de grandes directores y cerciorarme de mi incapacidad para matizar con clase (porque es un disgusto ponerme a comparar con certeza), he de decir que en realidad Enrique Otero se aleja de todo esto y consigue mucho más, al crear un trabajo personal, con una estética propia y sin necesidad de adecuarse a los parámetros que utilizan la mayoría.

La película parte de un arranque en el que por medio del stop motion se cuenta la historia de cómo los dos hermanos protagonistas, Mijail y Feodor Crebinsky, y su vaca Mushka, llegaron a vivir en aquel paraje natural (el de los atributos verdísticos), lejos de cualquier relación con el mundo y su evolución. Es justo esa lejanía con la que da pie a seguir las pausadas pericias de estos dos hombres que manejan su día a día con ingenio y deducciones simples, y que gastan su tiempo llamándose el uno al otro a gritos, algo que agradezco porque es de las pocas películas que puedo recordar los nombres de los personajes  sin problema. En contraste a la ingenuidad de los dos hermanos protagonistas se encuentran los secundarios, que tienen papeles pequeños muy metidos en el estrambotismo del film y que se cruzan, sin hacer mella, con los hermanos. Esto permite destacar la labor de Luis Tosar en su papel, convertido a oficial americano que domina el inglés a la perfección, bueno, el inglés que cualquiera imaginaría que puede salir del vozarrón del actor.

De un modo inteligente Otero juega con sus cartas creando el fantasioso mundo de dos hombres de montaña, con la tosquedad de fábrica y la comprensible y esperada falta de reflexiones profundas entre ellos, al no tener esa necesidad de comunicación, pero sí una gran destreza y luminosidad a la hora de llevar a cabo la comodidad del día a día.  Entre tanta irracionalidad lógica emprende la entrada de la realidad en el mundo de los Crebinsky, al aparecer soldados de ambos bandos que están buscando el lugar óptimo para el enfrentamiento, y mientras ellos dos cambian el curso de la realidad, los demás no son capaces de arrancarles nada más que recuerdos, diagnosticando la conocida fórmula en la que ignorancia equivale a felicidad.  Al menos siempre que no llueva.

Esos recuerdos son importantes, ya que mediante flashbacks se nos lleva a sus raíces, descubriendo su pasado y por qué son tan especiales sin necesidad de venir de una dimensión paralela, ellos también surgieron del mundo real.

El absurdo es uno de mis vicios y que una puñetera vaca consiga liar la trama y mezclar a dos ermitaños de atuendos customizados (que se permiten llevar vírgenes multiuso atadas del cuello) con un con conflicto internacional, es algo que pregonar para que sea visto, aunque sepa que tenga todas las papeletas para convertirse en película despreciada por su castizo humor y grotesca presencia, quedando el descaro de reírnos de nuestras sombras.

¡Vivan los hermanos Crebinsky!

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