Retrospectivas: John Waters

Escrito por

Twitter icon

Le han llamado de todo: príncipe del vómito, el padre del trash o el poeta del más gusto… la fama cuesta y hay que ganarla. John Waters lo ha hecho con toneladas de basura cinematográfica que repasamos con todo detalle.

¿Cómo consigue un director hacer historia? En el caso de John Waters (Baltimore, Maryland – 1946) el secreto podría encontrarse en un capítulo de su libro Majareta (Crackpot: The Obsessions of John Waters, 1986), recientemente reeditado por Anagrama en nuestro país. En «Cómo hacerse famoso» resumía el objetivo de conseguir la fama en diez cómodos pasos:

1)    Exagere sus peculiaridades.

2)    Autopromociónese.

3)    Utilice a su familia.

4)    Trasládese a Europa.

5)    Conviértase en animal.

6)    Tenga problemas sexuales.

7)    Póngase enfermo.

8)    Sea desgraciado.

9)    Mate a alguien.

10)  Muérase.

Obviamente Waters no siguió todas sus indicaciones al pie de la letra pero su desarrollo, al igual que sus artículos y escritos, revela una fuente infinita de humor ácido y desenfrenado entre inteligencia y savoir-faire. Sería injusto hacer una retrospectiva de John Waters sin hablar de Waters: fotógrafo, escritor, actor, activista gay, comediante con su espectáculo This Filthy World que sigue dando la vuelta al mundo y confeso fan de Warhol, Paul Morrissey, Kenneth Anger, William Castle, Russ Meyer, Jack Smith, Marguerite Duras, Herschell Gordon Lewis, Bergman, Buñuel, Fassbinder, Bresson, Pasolini, Almodóvar, Antonioni y un larguísimo etcétera (sus top 10 cada año deparan calidad y transgresión a partes iguales). Waters es así: de extremos; siempre se ha sentido interesado por películas extremas, como también por el arte extremo. Pero siempre ha sido consciente que para hacer algo de mal gusto hay que tener primero buen gusto. Documentales como Divine Trash (1998) o Midnight Movies: From the Margin to the Mainstream (2005) nos dan una perspectiva del director tras la cámara y de ese volcán que hizo estallar cuando mandó a su actriz fetiche comerse una caca de perro, sin trampa ni cartón, para cerrar la que se sigue considerando la película más asquerosa y sucia jamás filmada pese a cumplir ya 40 años. ¿Puede decir lo mismo la ultraviolencia de La naranja mecánica superada por los Teletubbies? Por cierto, si usted vomita con alguna de sus películas él lo considerará un triunfo, como si le estuviera ovacionando de pie. Tampoco le serviría insultar a sus filmes. Gran parte de la crítica norteamericana vilipendió Pink Flamingos y Waters manipuló y recortó sus textos para convertirlas en halagos que no dudó en utilizar para promocionar su película. Su cameo en Los Simpson (Homer’s Phobia, 1997) le otorga una dimensión de icono fundamental de la cultura pop y su cine refleja características autorales desde lo cutre a sus anécdotas, como en ese Baltimore como telón de fondo o sus actores recurrentes y fetiches. Además, sólo John Waters puede decir:

«Jackass 3D es genial. Ese momento en que recogen el sudor del culo de un hombre gordo, se lo beben y luego lo escupen en fabuloso 3D hacia los espectadores ha sido el momento más sublime de cine desde Godard».

Solamente el rey del trash y del mal gusto puede incluir Justin Bieber: Never Say Never en su top 10, salir indemne y que el Festival de Cine de Cannes le llame para ser miembro de su jurado. Sus películas oscilan entre la perversión, el mal gusto, toneladas de basura, la intelligentsia y nos ofrece el otro reverso (del reverso) de Baltimore que nos reveló The Wire. El Mago de Oz y Disney siempre han sido parte de su inspiración, pero fijándose en el otro lado oscuro y sucio de la moneda: sus villanos. Realmente la cultura americana se basa en esa disneyización diseccionado por el afilado e inseparable bigote de Waters desde sus resortes de inmundicia. Esa cultura que aplaude tanto a Mickey Mouse como a un asesino en serie en el corredor de la muerte. Un delgado bigote insignia que homenajeaba a Little Richard desde sus 19 años, aunque ya en la década de los 50 mostraba su obsesión por la violencia, crímenes y accidentes de coche a lo Crash de Cronenberg. Desde sus primeros cortos en 8 mm a sus películas en 16 mm, a mediados de los 60, se fue ganando su reputación en Baltimore entre octavillas, amistades bizarras y convertirse en el icono local de la contracultura. Todo condujo a una cinta que llegó a Nueva York a principio de los 70 para perpetuar las sesiones golfas y de medianoche.

Los primeros trabajos de Waters han sido prácticamente inaccesibles para el gran público salvo en contadas proyecciones. Muchas veces se han generado sinopsis paralelas por el boca a boca y la última vez que pudieron ser vistos se debió  al tour que realizó para presentar sus trabajos fotográficos en ‘John Waters: Change of Life’ durante 2004.

1964 — Hag in a Black Leather Jacket (Cortometraje)

Cuenta la leyenda que únicamente fue proyectada entera una vez en una cafetería de mala muerte de Baltimore y que se rodó con película robada de la tienda de fotografía donde trabajaba su novia por aquel entonces. Trata de una boda entre un hombre de color y una chica blanca con un miembro del Ku Klux Klan ejerciendo de maestro de ceremonias. Se trata de la primera película de Waters y fue rodada en 8 mm, en blanco y negro y con 30 dólares de presupuesto para un metraje de no más de 17 minutos. Recordemos que la película había sido ‘sustraída’ y eso abarató los costes de producción. Protagonizada por Mona Montgomery y Mary Vivian Pearce, la boda se realiza en una azotea y no falta basura e invitados con vestimenta pop en base a papel de aluminio y banderas de Estados Unidos.

1966 — Roman Candles (Cortometraje)

Es el segundo cortometraje de Waters y fue rodado también en 8 mm aunque esta vez en color. Contó con la inspiración de Chelsea Girls de Andy Warhol y Paul Morrissey y se proyectaba gracias a tres proyectores. Divine, sexo, drogas, religión, monjas, modelos, institutrices y El mago de Oz se dan cita con una banda sonora de rock and roll watersiana entre anuncios de radio y declaraciones de la madre de Lee Harvey Oswald. ¿Argumento durante sus 40 minutos? Ninguno, ¿de verdad hacía falta?

1968 —  Eat Your Makeup (Mediometraje)

Es la primera película que rueda en 16 mm y trata sobre una gobernanta perturbada que secuestra a chicas y les obliga a ser modelos de pasarela y desfilar delante de su novio y sus trastornados amigos hasta morir. Divine interpretaba a Jackie Kennedy… y Maelcum Soul era la protagonista indiscutible y diva del cineasta. Al morir poco después del estreno del mediometraje, que incendió Baltimore en polémicas e intentos de cancelar la proyección, dejó paso a Divine para ser la ‘divine’ indiscutible del cine de Waters. Eat Your Makeup fue todo un éxito local gracias a la campaña ‘viral’ de marketing con flyers y pintalabios de caramelo repartidos por Waters y sus secuaces.

1969 —  Mondo Trasho

Rodada en 16 mm y con dos mil dólares prestados por su padre, combina el humor negro con el reparto habitual de Waters en su primera época: Divine (a lo Jayne Mansfield), Mary Vivian Pearce, David Lochary y Mink Stole. Apenas tiene diálogos pero sí un uso abundante de la banda sonora por falta de guión y argumento. Pollos decapitados, hippies degenerados, atropellos, fetichismo, apariciones divinas, gore y surrealismo bizarro con ese Rock’n’Roll Trash que tanto le gusta al cineasta. Aunque el propio Waters reniega de este filme se ganó cierta reputación y publicidad gratuita por un juicio por escándalo público al rodar una de sus secuencias. Waters devolvió el dinero a su padre y le pidió un nuevo préstamo para producir su siguiente atrocidad…

1969 —  The Diane Linkletter Story (Cortometraje)

Antes de rodar Multiple Maniacs con el dinero prestado por su padre, filmó en 16 mm un corto protagonizado por Divine, Mary Vivian Pearce y David Lochary. Está basado en la improvisación y con un referente de la vida real: se trata de una recreación del suicidio de la hija de la celebridad televisiva Art Linkletter. Cuenta la leyenda que se rodó el mismo día en el que se produjo la tragedia. Por supuesto, no falta el influjo del LSD. Un trabajo de ‘arte y ensayo’. Ensayo con la cámara, claro, para probar elementos técnicos de cara a Multiple Maniacs.

1970 —  Multiple Maniacs

Fue el primer largometraje de John Waters en salir de Baltimore para moverse en los circuitos underground de la época y proyectarse por toda la Costa Oeste. Se inspiró en los asesinatos de la familia Manson y cuenta la historia de un show itinerante y gratuito llamado ‘La cabalgata de las perversiones de Lady Divine’ llena de viciosos, delincuentes y psicópatas que no durarán en saciarse gracias a sus visitantes… Como en toda producción de Waters no pueden faltar langostas gigantes violadoras, beatas, blasfemia total, toda clase de perversiones y, por supuesto, la ira de Divine. Se vendió en su momento como la película más salvaje jamás hecha. Según se cuenta en el documental Midnight Movies: From the Margin to the Mainstream ese ‘salvajismo’ no fue suficiente para ser proyectada en Nueva York y codearse con la crème de la crème de las sesiones golfas de la época. Fue el momento en el que John Waters, para callarles y vengarse, decidió proyectar todo su mal gusto en su siguiente película…

1972 —  Pink Flamingos

Cult movie por excelencia hecha con apenas doce mil dólares que se convirtieron en más de un millón en el boxoffice. Es un ejercicio de mal gusto y la mejor comedia underground de la historia del cine. John Waters se encargó de todo: dirección, guión, fotografía, producción… Todo con sus amigos de toda la vida en una gamberrada que roza o supera, según se mire, a la pornografía en un rodaje en los fines de semana durante 6 meses, generando todo tipo de anécdotas. Fue un éxito e incluso después de su envejecimiento, después de pasar por su 25ª aniversario, después de haber tenido cientos de comedias mainstream norteamericanas que se han respaldado en el mal gusto, sigue siendo insuperable. ¿Por qué? Simplemente está Divine como la persona más despreciable e inmunda del planeta, Edith Massey como mamá come-huevos o  Elizabeth Coffey como una ‘hermafrodita’ (que no ‘transexual’). No falta sexo con pollos (pero no con pollos), inseminaciones artificiales de las que debería aprender Tom Six, exhibicionistas, culos-cantantes, sexo oral incestuoso, castraciones, lametones, mucha gente inmunda y la secuencia que catapultó a la película como mito y a Divine como icono trash. Comerse una mierda de perro sin trampa ni cartón fue el escupitajo sobre todo el orden establecido que las sesiones golfas, el boca-a-boca y la manipulación indiscriminada de críticas negativas convirtieron la obra en un objeto que sigue generando respuestas ante semejante cúmulo de risas y atrocidades. Se encuentra dentro de esas 1001 películas que hay que ver antes de morir.

1974 —  Female Trouble [Cosa de Hembras]

Pink Flamingos parecía insuperable pero este filme prosiguió esa ecuación proporcional de guarrería y diversión. Reaparecen Divine, como ladrona asesina que se pasa a modelo de una esquizofrénica pareja de peluqueros. Un cáncer en forma de hija llamada Mink Stole, que se pasa al ‘hare krishna’ sin no ser antes estrangulada por su madre (Divine). Waters pretendió impactar más con su talento en diálogos y situaciones que con groserías visuales que aturdieran al público. Tiene un acabado muy superior a Pink Flamingos y es una de las preferidas de sus fans. Divine acaba matando al público de una performance por ‘arte’ y es ajusticiada y achicharrada en la silla eléctrica siguiendo la tradición del buen serial killer.  «Me encanta la compañía de asesinos, violadores y exhibicionistas» es una de las frases insignias de Waters y aquí pudo extenderla también a los propios espectadores. Contiene una de las secuencias de sexo más bizarras de la historia: Divine se viola a sí misma. ¿Me explico? Interpreta ambos papeles: el de un camionero con los calzoncillos más sucios vistos en la gran pantalla y el de la propia violada… Todo un ‘Female Trouble’.

1977 Desperate Living [Vivir Desesperadamente]

Divertida, guarra y corrosiva como las anteriores. Aparentemente podría ser el titulo fallido de la filmografía de John Waters e incluso se podría pensar que el propio director pudiera renegar de ella, así como sus fans por no aparecer en la misma Divine. ¡Todo lo contrario! Se trata de un cuento de hadas con un tratamiento ridículo donde no falta un castillo de cartón, princesas, príncipes azules y reina malvada. De todas maneras el corrosivo e insaciable sentido del humor es tan freak como inigualable. Ante la ausencia de Divine que estaba de gira por EEUU, el cineasta contrató a Jean Hill, una ‘súper-mujer’ negra y enorme que lleva el pelo teñido de platino-putón. Necrofilia, canibalismo, perversión, ratas servidas en bandeja de plata y mucha guarrería que están a la orden del día. Tiene todos los elementos aunque sus detractores dirán que falta guión y una historia más coherente. ¿Si abres una bolsa de basura sacada del contenedor hay algo coherente en su interior?

1981 — Polyester

A John Waters se le llamó vendido y sus fans rechazaron la película inicialmente. Es verdad que fue la película con más presupuesto del cineasta hasta esa época y momento e incluso la más ‘decente’ en su acabado, pero el corrosivo sentido del humor de Waters seguía más vivo que nunca. La corrupción de la familia americana, el padre pornógrafo, la hija ninfómana, el hijo yonqui enfermo mental y la abuela como putona inoportuna dejan a la oscarizada American Beauty, aparte de llegar 18 años después, en algo naif. Divine, como ama de casa al borde del suicidio, se divorcia y se enamora de un dandy (Tab Hunter). Los problemas se resuelven y Divine logra salvar a sus hijos de las garras del mal (por el momento). Es una de sus películas más divertidas con mucha mala leche sobre lo políticamente correcto antes que fuera una moda pasajera. Merece que se le reivindique, además, por innovar con el Odorama en tiempos en los que el cine basura demandaba sus perfumes de orines y pedos.

1988 — Hairspray

El tiempo no pasó en balde para un Waters dedicado más a su faceta de escritor que dirigir películas hasta que en 1988 confirmó lo que temían muchos fans de su primera época. Basada en el programa televisivo ‘The Buddy Deane Show’, que John Waters veía en los cincuenta, llegó su filme más claramente comercial donde la transgresión se convierte en un alegato colorista y racial. Palomitas, baile, peinados, musical y, sobre todo, laca. Sus críticos más intransigentes se arrodillaron a sus pies. Había nacido un clásico para Broadway que daría pie un taquillero remake. El prestigioso crítico Jonathan Rosenbaum la incluyó en su selección de sus 1000 mejores películas de la historia.

1990 — Cry Baby [Cry Baby (El lágrima)]

Siguiendo con la estela de nostalgia personal iniciada en Hairspay, Waters decidió homenajear a esos delincuentes juveniles que enloquecieron su adolescencia. Cry Baby  podría definirse como una comedia musical retro para todos los públicos con sus ramalazos políticamente incorrectos. Se notó la ausencia de Divine, que había muerto dos años antes, pero se compensó con la incorporación de Johnny Depp en su primer papel protagonista en el mismo año que estrenó Eduardo Manostijeras. También con la suma del reparto de viejas glorias y freaks-iconos de la cultura popular como Iggy Pop, Troy Donahue, Patricia Hearst o Joe Dallesandro. El resultado es una película divertida, unas visiones corrosivas de las películas musicales de jóvenes delincuentes de los 60 con chicos y chicas pijas y políticamente correctas y chicos y chicas malas y políticamente incorrectas. Muchas canciones, gags y un parto final en la mejor secuencia de la película hacen que, como siempre, lo divertido se recicle en inteligente y viceversa.

Anécdota XXX: los fanáticos del porno no perdonaron a Traci Lords que dejara el porno para hacer cine ‘serio’ y empezara por la Serie B (Vampiros del espacio, 1988) y continuara… ¡con una película ¿seria? de John Waters! En su personaje de chica mala, desde luego, estuvo impecable.

1994 — Serial Mom [Los Asesinatos de Mamá]

Se convirtió instantáneamente en otra gran comedia del inimitable y siempre genial Waters donde continua con temas recurrentes, haciendo una sátira del modo de vida americano, con el influjo fanático del serial killer. No puede faltar juicio, cámaras de televisión, merchandising (desde camisetas, película y libro) y por supuesto un reguero de víctimas por los motivos más banales de la historia de los asesinos en serie. Todo, además, de la manera más divertida con una estupenda Kathleen Turner y las salvajes L7 como telón musical de fondo.

1998 Pecker

El mismo año que llegaron Algo pasa con Mary y Happiness, John Waters salió de la tangente de sus pequeños bastardos como Todd Solondz o los hermanos Farrelly.  Waters es consciente de la asimilación de la cultura basura. A finales de los 90 todo ya era basura: televisión, prensa importante y anteriormente referencial e incluso la moda del mal gusto se extiende a hablar mal y decir tacos. Es la moda, simplemente. Tal vez por eso sorprendiera a propios y extraños con una sátira con componentes autobiográficos del mundo de la fotografía, pero con una de las comedias más sucias, frescas, inteligentes y divertidas que se hicieron a finales de los 90. Pecker no es más que un joven fotógrafo anónimo que retrata todo lo que rodea. Baltimore es un lugar de locos en los que pervertidos, ladrones, abuelas ventrílocuas y un largo etcétera se juntan en el objetivo del protagonista. El gracioso escaparate para el mundo exterior es visto desde el interior como otro traslucido escaparate. La normalidad desde la anormalidad y la locura en ese choque real de extremos que tanto gusta al cineasta. El arte puede ser la basura que retrata Pecker, o la que ironiza Waters con el nuevo hallazgo de Lili Taylor: un fotógrafo ciego como nueva concepción de la vanguardia. Años después Woody Allen utilizará a un cineasta que se queda ciego y debe rodar una película en Un final Made in Hollywood como sátira de la industria.

2000 —  Cecil B. DeMented

Las críticas a la industria mainstream por una mente sucia, inteligente y retorcida como la de John Waters cobraron forma en un personal proyecto donde no niega sus influencias pero tampoco sus perversiones y obsesiones. Cecil B. DeMented parece la continuación lógica de Pecker pero disponer de un director underground de culto con una banda de fanáticos seguidores le otorga una dimensión icónica, cómica y trágica. Destruir los cánones del cine comercial siempre ha sido considerado una transgresión y Waters fue consciente del material con el que trabajaba. Así, como el de vampirizar y pasar al lado oscuro (por la vía del terrorismo si hace falta) el negocio del cine. Es otra película sobre John Waters en la que saca sus entrañas para diseminarlas por toda la pantalla con inclusiones de guiños clarividentes. Recordemos que Patricia Hearst es famosa por haberse unido a la banda que la secuestró en los 70. El Síndrome de Estocolmo cinéfilo tiene nombre demente en su sangre. Una película que en manos de cualquier otro, sería pura hipocresía, pero en manos de Waters se convierte en un arma afilada de batalla.

2004 —  A Dirty Shame [Los Sexoadictos]

La última película de John Waters hasta la fecha supuso una vuelta su cine más guarro y cutre aunque sin esa etiqueta underground tan característica de su cine. Los fichajes de Tracey Ullman, Johnny Knoxville, Selma Blair o Chris Isaak con cameos de la talla David Hasselhoff no fueron suficientes para convencer en la que muchos consideran su peor película. Aunque su crítica sobe la sexofobia tuvo efectos reales (dependiendo del estado los carteles publicitarios del filme tenían que reducir o aumentar los pechos de Selma Blair), ha pasado el suficiente tiempo para confirmar que no ha sido reivindicada ni por sus propios fans. Demasiados ardores vaginales, golpes en la cabeza, ardillas, perversiones uterinas, efectos digitales y calentones en indiscriminada promiscuidad. Masacrada y vilipendiada por casi toda la humanidad, menos por sus fans y algún desorientado sexual que buscó nuevas formas de placer, A Dirty Shame podría ser la despedida cinematográfica del cineasta. Un cum-shot físico-visual y no verbal como marcaba la afilada tradición iniciada con Polyester. Un decepcionante polvo, aunque con suficiente humor grosero-sexual y mala baba, que esperemos no sea el último que nos eche el padre de la basura.

One Response to Retrospectivas: John Waters

  1. Sofia Martínez dice:

    Coincido contigo en que la película A dirty shame es sin duda una manifestación de cine guarro sin el más mínimo buen gusto sin embargo entretenida sí es y el humor que se maneja es atractivo. Pude verla a través de Hbo Go México y de verdad la pasé muy bien pues me hizo reír muchísimo y estuve todo el tiempo atenta a la trama.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *