Versus: 12 hombres sin piedad (1957 / 2007)

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En una nueva entrega de Versus nos aventuramos a comparar una joya clásica como 12 hombres sin piedad y el remake ruso inspirado en la propia cinta de Sidney Lumet, 12, a cargo de Nikita Mikhalkov.

Qué podemos decir de una película tan trascendental del cine clásico como 12 hombres sin piedad que no se haya dicho con anterioridad. Basada en una obra teatral de 1957 escrita por Reginald Rose para TV, el relato acontece alrededor de un juicio sobre un supuesto homicidio en el que doce hombres tendrán que deliberar sobre el futuro de un chico, dictaminando si el muchacho es culpable o inocente del asesinato de su propio padre. El relato surgió a raíz de la propia experiencia del autor al ser designado como jurado en un juicio por homicidio. La dialéctica por parte del jurado se alargó hasta las 12 horas. El escritor salió perplejo de la experiencia y decidió plasmar la narración de lo acontecido en un guión. La obra de televisión alcanzó tal éxito que el propio guión fue llevado al cine 3 años después por parte de Sidney Lumet.

12 hombres sin piedad es una amalgama de recursos técnicos, narrativos y estilísticos que forman en su conjunto una obra cinematográfica suprema. De gran consistencia narrativa, apoyado en un guión sobrio y soberbio y, en una dirección impecable, la cinta explora multitud de aspectos, la fiabilidad del sistema judicial, la manipulación de nuestro entorno de acuerdo a los intereses personales de cada individuo, la rectitud, la integridad, la justicia y la honestidad de cada ser humano. Un ejercicio interior de gran carácter y firmeza. Y entre todo ello, se exhiben un elenco de actores de primerísimo nivel entre los que destaca, al igual que en el propio film, el arquitecto, un Henry Fonda soberbio de principio a fin.

Y ante tal contexto, como si de un homenaje se tratase, pasado un decalustro, Nikita Mikhalkov nos ofrece su propia versión de la obra de teatro, aunque inspirada en el propio film de Lumet, según nos indican los créditos de la película. Llegados a este punto es el momento de preguntarse. ¿Por qué un remake? ¿Es realmente necesario un nuevo remake?

No creo que la respuesta esté relacionada con la presunta calidad final del film, sino con qué puede aportar de forma novedosa el remake respecto al original. Cogiendo la esencia de la obra primitiva, la pregunta a responder es si 12 es capaz de hacer suya la sustancia del guión de Reginald y ofrecernos una adaptación diferente, que aporte, desde un punto de vista narrativo y estético, algo nuevo a la obra, porque a pesar de ser algo relativamente subjetivo, es prácticamente utópico superar una obra maestra como es la cinta de Sidney Lumet.

No hay que ser muy avispado para darse cuenta de la primera diferencia notable respecto a la obra original de Lumet, la duración del metraje. De los 95 minutos de la primera a los 153 minutos que dura la película de Mikhalkov. Ya de por sí es un rasgo significativo para darnos cuenta de que Nikita no plagia literalmente el producto de Lumet, sino que se centra en ofrecernos la misma historia de forma diferente, con el propósito de moldear la crónica de los hechos y aclimatarlos a un contexto distinto, en cuanto a época y cultura se refiere.

Mikhalkov divide la transcendencia narrativa del relato en doce precisos y exactos fragmentos, uno por cada personaje. Ninguno brilla más que cualquier otro, y ninguno lo hace con menor intensidad que el resto. Este es uno de los rasgos más significativos de la obra de Mikhalkov, que le otorga la oportunidad a cada actor y personaje de adornarse en la historia, de este modo, el director ruso decide analizar de forma más compleja la psique y personalidad de cada sujeto que participa en el jurado. Mikhalkov le da mayor énfasis a cada personaje que a la propia historia en sí. Cada uno de ellos tendrá su coyuntura narrativa para exteriorizar y traslucir sus propias reflexiones interiores que formarán la calzada a seguir, para tomar una decisión final en referencia al juicio. De hecho, Nikita, a diferencia de Lumet, apuesta también por mostrarnos al muchacho sobre el que gira toda la historia.

Técnicamente, a pesar de algunos buenos momentos de virtuosismo detrás de las cámaras por parte del director ruso, su dirección no es ni de lejos, tan sólida y vigorosa como la de Sidney Lumet, que hace de su película una obra densa y estable de principio a fin. Las interpretaciones del remake cumplen fervientemente (a pesar de alguna que otra muestra de artificiosidad y exageración interpretativa) pero tampoco pueden situarse a la altura de un casting de élite como es el de la cinta de 1957. Aun así ya se ha comentado que no es preciso comparar rigurosamente las dos obras, sino valorar y estimar en su justa medida el tributo y la aportación del remake a la obra original. ¿Era necesario dicho remake?

A pesar de cumplir como adaptación, 12 no es una película que ofrezca en su conjunto una nueva visión de la crónica relatada por Reginald Rose, sino que moldea la estructura del film original para mostrarnos una nueva versión, con diferente superficialidad, pero de misma estructura intrínseca. Algunos la tildaron en su día de bodrio eterno, otros la señalaron como un remake soberbio, por aquí nos encontramos a medio camino. 12 es una correcta e interesante adaptación, sutilmente libre y con un final, cuanto menos, sugestivo.

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