The Prowler (Joseph Losey, 1951)

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Otro clásico del noir comentado por Andrés Aranda.

Una de las razones por las que el senador McCarthy y sus secuaces persiguieron con antorchas y crucifijos en llamas a muchos creadores hollywodienses fue, entre otras, por el ataque seco y pertinaz que estos últimos hicieron del american lifestyle en la mayoría de sus obras. Escondidas en noirs realistas y deprimentes, sus denuncias pusieron en duda todo aquello por lo que los soldados yankees habían dejado su sangre a lo largo del Pacífico y en la vieja Europa. Los Lt. Johnson, los Sgt, Lewis o los Col. Harrison volvieron esperando encontrar un país que les brindara la oportunidad del éxito profesional, de encontrar una esposa como la de Don Draper, de conducir un Cadillac Serie 62 Sedán Convertible y de tener el carnet del Tiffany Club de Los Ángeles para ver, en vivo y en directo, el jazz de Chet Baker los sábados por la noche mientras se les servía una bandeja de ostras de Lousiana regadas con una botella de Moët Chandon. Pensaban que por eso fueron a luchar. Sin embargo, la realidad fue otra: trabajos por sesenta bucks a la semana, el que lo consiguiera, mujeres que habían aprendido a vivir solas y apartamentos en los que durante el día había oscuridad y de noche luces de colores. Un desastre. Ante este panorama, la frustración y el desencanto pronto se convirtieron en crimen y en situaciones desesperadas que dieron como resultado una sociedad enferma en sus entrañas y abocada al fracaso. Este desolador escenario abrió al noir nuevas puertas para desarrollar argumentos arrebatadores y llenos de ambientes deprimentes, ya lejos de gánsteres, prohibiciones y dillingers.

Webb Garwood (Van Heflin) es uno de esos tipos que volvió de Montecassino, le pusieron una placa, le colocaron un uniforme y le dieron una patada en el culo directo a patrullar las alcantarillas de América; al menos le dieron algo, que diría Rick Murdor (Bogart) en Callejón sin salida. Pero Webb está hastiado, no es lo que quiere. Por unos pocos dólares a la semana malvive en Los Ángeles mientras aguanta borrachos, mequetrefes de tres al cuarto y alguna que otra señorita de las que ensayan delante del espejo para fumar con estilo propio. Con su compañero Bud Crocker (John Maxwell) ocupa las guardias; noches que pasan a la espera de la oportunidad para salir a flote, de ser por fin un tipo importante. Como podrán adivinar la oportunidad surge, claro que surge: es rubia, tiene unas caderas de siete con ocho en la escala Richter y también vive ahogada en la eterna búsqueda. Todo comienza cuando Susan Gilvray (Evelyn Keyes) sorprende a un merodeador rondando la ventana de su preciosa casa estilo español donde vive con su marido, el famoso y rico locutor de radio William Gilvray (Emerson Treacy). A su llamada de auxilio acuden Webb y su compañero quienes quedan impresionados por las formas y maneras de la señorita. Pero Webb va más allá: comienza un cortejo peligroso que se acentúa cuando el poli descubre que el locutor trabaja de noche y que tiene un seguro de vida por valor de 72.000 dólares a favor de Susan. Perdición.

Consumado el peligroso romance entre el poli y la chica guapa, la cosa se empieza a poner fea cuando William descubre la infidelidad de Susan. Cuando ésta le pide el divorcio se lo niega, llevando entonces la situación al límite. Para Webb ya no hay marcha atrás y toma la fatal decisión, la única decisión: el asesinato. Simula ser el merodeador que ronda la casa  de los Gilvray: The Prowler. Éstos, al percatarse de la presencia del desconocido, y teniendo en cuenta los antecedentes, llaman a la policía. Evidentemente Webb lo ha preparado todo para poder acudir en primer lugar y antes de que llegue ningún otro sabueso. En el porche de la preciosa residencia Webb esperará para tenderle a Gilvray una trampa, matarlo y hacerle a todo el mundo creer, incluida Susan y el posterior jurado, que fue en defensa propia después de haberle dado tres veces el alto y que, fruto de la oscuridad y la confusión, no le quedó más remedio que disparar. Con Webb absuelto y Gilvray fuera de escena, el sueño de Webb, el sueño americano, está más cerca: quedarse con la rubia, abrir un motel en Las Vegas y vivir cómodamente de las rentas. Antes de esto, Webb tendrá que convencer a Susan de su inocencia y volver a atraerla hacia sus brazos completando así el círculo.

Tras una escenificación realmente necesaria –los titulares claman, ¡el escándalo!, ¡viuda de locutor famoso se casa con el policía que lo asesinó!… accidentalmente–, junto con el hermano del asesinado y con algún que otro brindis al sol, Webb consigue nuevamente acercarse a Susan y poder contraer matrimonio con la joven, no sin antes, claro, jurarle y perjurarle por los clavos de Cristo que todo fue fruto de la mala suerte y que él nunca quiso matar a su marido. Es entonces cuando ambos escapan de L.A. con destino Nevada –seguro cogieron la misma carretera pero en dirección contraria que Tom Neal en Detour– para invertir los setenta y dos de los grandes y comenzar nuevamente. Para Susan este empezar de cero también es deseado: su marido la quería y respetaba pero la diferencia de edad, la soledad de las noches y el aburrimiento de la vida acomodada, ahogaban a la que en otro tiempo fue una aspirante a artista de falda corta y desechada por el cazatalentos de agenda de bolsillo y scotch doble on the rocks. Pero todo se complica cuando la barriga de Susan comienza a crecer. De cuatro meses, es la conclusión. Eso desmontaría la teoría aceptada por el Tribunal de que Webb y Susan no se conocían antes del accidente. Las cartas estaban encima de la mesa: el marido no podía tener hijos, seco como la mojama, las fechas coincidirían inequívocamente con la primera visita de Webb y su compañero a la casa de los Gilvray –de la cual ambos, Webb y Susan aseguraron no recordar– y, por último, los setenta y dos de los grandes. Caso abierto.

Para evitar que se descubra el pastel, Webb lleva a Susan a la ciudad abandonada de Calico, en medio del desierto, para que dé allí a luz. El parto es complicado. Webb decide ir a por un médico al que, después de ayudarles, pretende matar; a estas alturas, cualquier hilo es cabo suelto. Es entonces cuando Susan se da cuenta de todo y, a la desesperada, consigue escapar. Poco después y a unos metros de la casa, Webb es abatido por la policía, avisada por el doctor, cual alimaña mientras se arrastra por la arena intentando alcanzar una cima que, como Cody Jarret en Al rojo vivo, no significa gloria sino muerte.

El Merodeador es una película de estudio pequeño, de la Horizon Pictures para la cual compraron la historia original, Coast o Living, John Huston y Sam Spiegel, propietarios de la misma. Producida finalmente por la Columbia, su dirección fue encargada al director Joseph Losey que venía de hacerse un nombre en el género con cintas como The Lawless, de 1950, y el remake de la obra maestra de Lang, M, de 1951, una visita cuyo resultado fue más que satisfactorio. La cinta se movió en el límite de la serie B, rodándose en pocas semanas y contando con la presencia de nombres como Dalton Trumbo, responsable casi en su totalidad del guión, Hugo Butler, Robert Aldrich, como asistente a la dirección, o los ya mencionados anteriormente John Huston y el propio Losey. Observando la alineación titular, y volviendo al comienzo de este escrito, vemos claramente nombres involucrados hasta las cejas en la blacklist del Senator. Esto marcará no solo la carrera de todos ellos –Losey poco después se exiliaría a Inglaterra donde desarrollaría la mayor parte de su carrera profesional– sino el aroma final que la película ha tomado con el tiempo. Uno, viéndola hoy en día, observa atónito como estos creadores lanzaron torpedos a la línea de flotación de la sociedad americana tratando temas de difícil, muy difícil lidia: adulterio, sexo, asesinato, traición, mentira, extorsión…y  todo un reguero de miserias humanas que mostraron la realidad de una sociedad golpeada por la guerra y la corrupción a partes iguales. Además, ahora los malos no eran los chavales de barrio que aspiraban a ser el Babyface Nelson de turno; ahora eran tipos como tú y como yo, policías, funcionarios, profesores de universidad,  conductores de ambulancia, tomadores de seguros y dependientes de tienda de barrio, aspirantes a la eterna rubia de curvas infinitas y a un talón con una buena cantidad de ceros.

Luego, y centrándonos en lo artístico, la película es prácticamente impecable en todas sus formas. La elección de actores es muy buena, encabezada por un Van Heflin sobrio, serio, compacto, como siempre. Qué actor éste, cuántas películas, cuántas actuaciones memorables. Aquí, es capaz de dibujar perfectamente a su personaje, Webb Garwood, un policía desengañado, descontento y que, como el mismo dice, «no soy bueno, pero no soy peor que los demás. Trabajas en una tienda, robas…Si eres el jefe, no declaras los impuestos… Millonario, compras votos… Abogado, aceptas sobornos… Yo era policía, utilicé la pistola. Pero todo lo que hice, lo hice por tí». Tan enamorado de Susan como de su dinero, su apuesta, su todo o nada, es una huida hacia delante, un viaje arriesgado que él mismo sabe no puede salir bien. Ella no es partícipe en un primer momento de esta sinrazón, de hecho intenta en varios momentos escapar de ese precipicio al que Webb intenta llevarla. Recordemos que, pensándolo bien, ella es una mujer acomodada, que compra sus perfumes en Ensenada y que tiene el cariño y el respeto de su marido: «recuerden que el precio de la vida sigue bajando. Buenas noches a todos. Hasta luego, Susan», se despedía todas las noches el locutor de su programa de radio. Evelyn Keyes (Susan), recién separada por cierto de Huston, queda por debajo claramente de Heflin pero firma una actuación muy adecuada a las exigencias tanto de director como de guión.

Otra parte importante del film de Losey es el contraste entre la primera parte y su desenlace. En L.A., la historia está repleta de interiores y oscuridad mientras que en el desierto de Mojave la atmósfera se vuelve irrespirable, sofocante, casi como si estuviera empujando a los personajes al fatal desenlace. Después de una transición donde se resolverá el caso de la “muerte accidental” de Gilvray, el film desemboca en los agrestes parajes de las minas abandonadas de Calico donde se resuelve la historia de una manera brillante, con una ambientación y una fotografía que ponen una guinda fantástica. El intento desesperado por subir y alcanzar la cima se transforma en una perfecta metáfora donde Webb justo antes de alcanza el todo, la gloria, es abatido a tiros convirtiendo el sueño en tragedia, en la realidad dolorosa del que ambiciona sabiendo que se ha de jugar el todo por el todo.

La genialidad de Trumbo es la que pone el toque maravilloso a este film de denuncia. Guionista y novelista de recursos inagotables, de pluma agresiva y mordaz, que firmó el nacimiento de unas cuantas obras maestras (El demonio de las armas, de 1950, He Ran All the Way, de 1951, Johnny cogió su fusil, de 1971, o Espartaco, de 1960) y que aquí, en El merodeador, sirve un guión excepcional para que la batuta de Losey dirija con su particular estilo y esmero una obra, sin duda, a recuperar. No dejen de ver, por otro lado, el documental Trumbo y la Lista Negra donde descubrirán, probablemente, a uno de los mejores guionistas de su tiempo, del Hollywood dorado.

 

Los protagonistas:

El Malo: Webb Garwood (Van Heflin)

La Infeliz: Susan Gilvray (Evelyn Keyes)

La Víctima: William Gilvray (Emerson Treacy)

 

Frases para la historia:

Webb Garwood (Van Heflin): «no soy bueno, pero no soy peor que los demás. Trabajas en una tienda, robas…Si eres el jefe, no declaras los impuestos… Millonario, compras votos… Abogado, aceptas sobornos… Yo era policía, utilicé la pistola. Pero todo lo que hice, lo hice por tí»

William Gilvray (Emerson Treacy): «recuerden que el precio de la vida sigue bajando. Buenas noches a todos. Hasta luego, Susan»

Webb Garwood (Van Heflin): «¿se ha dado cuenta en un banco?, siempre tienen la sala de recuento fuera de la vista para que los clientes no se sientan tentados…»

 

Ficha en FA: www.filmaffinity.com/es/film928263.html

Ficha en IMDb: www.imdb.com/title/tt0043938

 

Fuentes: El Cine Negro, de Víctor Arribas. Film Noir, Taschen.

 

2 Responses to The Prowler (Joseph Losey, 1951)

  1. Viva Mr. Trumbo, al señor McCarthy tuvieron que sangrarle los ojos ante semejante ristra de comunistas judeo-masónicos. 😀

  2. Jorge Sad Levi dice:

    tenes alguna explicaxion a como el tipo tiene de repente un motel , un cadillac , etc ? cobró el seguro solo ? nadie se pregunta algo tan basico ?

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