Críticas: Mi hijo y yo

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Philippe Guillard debuta en la dirección con una prescindible historia de amor paterno-filial.

Ya desde el tagline de su cartel español, Mi hijo y yo se presenta como “un hermoso canto a la amistad”. Es una de esas películas que apelan a la complicidad con el espectador como casi único motor, y parece querer dejarlo claro desde el primer instante. El segundo reclamo promocional, no menos habitual, hace referencia al millón largo de espectadores que pagaron por verla en Francia. Unas cifras que suelen presentarse como señuelo a la hora de estrenar en otros países, pero que en muchos casos se antojan imposibles de imitar debido al carácter netamente localista de las propuestas. Y el que nos ocupa, a diferencia de otros éxitos recientes del cine galo, es uno de ellos.

Su máximo responsable es Philippe Guillard, ex jugador de rugby muy popular en el país vecino gracias a su labor en los deportes de Canal Plus (espero vivir para ver una película dirigida por Michael Robinson), que saca adelante lo que tiene de manera funcional. Sin nombres conocidos por estos lares entre los integrantes del reparto (al protagonista, Gérard Lanvin, le habíamos podido ver en Para todos los gustos o la reciente Cuenta atrás), Mi hijo y yo nos ubica en un apacible pueblo de esa campiña que hemos visto tantas veces en las aquí lejanas películas de autores como Jean Becker. Se sirve de la bondad de los personajes, bastante planos por lo general, para construir una historia de amor paterno-filial y amistades profundas que se sigue con cierto agrado pero que es imposible dejar de percibir como ya vista antes y, además, mucho mejor contada.

El eje argumental gira en torno a la figura de Jo Canavaro, que no Cannavaro, padre viudo y antigua figura proveniente de una familia con larga tradición en el rugby que trata de inculcar a su hijo (ese Fils à Jo del título original) la afición por este deporte. Le rodean un inseparable escudero bonachón y medio retrasado, un antiguo compañero del equipo de rugby, una milf irlandesa que pasaba por allí junto con su hija (está claro: padre viudo e hijo, madre soltera e hija) o el All Black que aterriza ¡para entrenar a un equipo de niños! Se completa así el amable cuadro de un producto olvidable, diseñado para crear un vínculo pasajero con el espectador que ni siquiera llega a producirse por completo. Aunque se nota, como no podía ser de otra forma, que ellos se lo han pasado muy bien haciéndola, hasta el punto de que no falta la exhibición de tomas falsas y momentos del rodaje durante los títulos de crédito.

Finalmente la épica deportiva, que parece que va a llegar a consumarse con el uso de la cámara lenta en la escena decisiva, queda suavizada y pasa a un segundo plano en beneficio de la catarsis personal del bueno de Jo y los no menos entrañables habitantes de Doumiac (se echa en falta al anciano casi imprescindible en este tipo de cine). Muchas de las subtramas que apunta el guión del propio Guillard están desdibujadas a favor del protagonismo casi absoluto de un Jo Canavaro en el que tampoco se acaba de profundizar, aunque siempre mantienen el buen gusto a la hora de contar las cosas. Y es que, después de verla y olvidarla por completo, uno piensa que una película de este corte en España vendría a ser algo así como Que se mueran los feos. Otra historia.

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