Críticas: Los nombres del amor

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Jacques Gamblin y Sara Forestier protagonizan esta comedia romántica francesa en la que la politica y el racismo son tratados en clave de humor.

Los nombres del amor nos cuenta la historia de dos personajes radicalmente distintos que se enamoran sin pretenderlo. Nada nuevo bajo el sol esto de poner a los protagonistas cada uno en una punta (pobre-rico, guapo-feo, tonto-inteligente), más bien al contrario: es el truco narrativo más antiguo del mundo usar antagonismos que provoquen situaciones extremas de las que sacar partido y más tratándose de una comedia, género en el que se le puede sacar aún más jugo si cabe. Michel Leclerc, guionista experimentado dentro de la ficción televisiva francesa, utiliza el truco estirándolo hasta el infinito, pero con una clase que a menudo sólo los franceses son capaces de ofrecer. El realizador galo tira de genio para filmar una comedia romántica en la que la política, el racismo y la conciencia social son el motivo de la mayoría de los gags y en el que se da palos a ambos bandos ideológicos (los de izquierdas y los fachas, que diría Baya) con la misma fuerza.

La narración avanza entre el metadocumental que realizan sus propios protagonistas y unos flashbacks entremezclados acertadamente con el tiempo real. La clave de los personajes está en su tortuosa infancia y Leclerc les hace hablar directamente con su yo infantil sin intermediarios de por medio. Esto favorece al ritmo, que no decae hasta bien entrado el final, cuando ya el chicle de la confrontación está tan estirado que irremediablemente ya no sabe a nada. Pero hasta entonces se disfruta enormemente de los dimes y diretes sobre los inevitables prejuicios raciales que se repasan aquí desde sus orígenes (el colonialismo, el genocidio nazi) y a los que se intenta dar solución cómicamente al final a través del nombre del bebé que, pretendiendo acabar con los prejuicios a base de sumarlos, probablemente acabe atrayendo los de todos los bandos.

Gran parte del éxito de la película y sin quitarle méritos al histriónicamente serio Arthur Martin (como las cocinas) lo tiene el personaje de Baya, una Sara Forestier que enamora desde el primer segundo con su forma de ver la vida y su peculiar modo de afrontar los problemas. Baya está como una regadera y eso es precisamente su aliciente. Nunca sabemos por donde va a salir, aún cuando el personaje se nos presenta algo encasillado en el papel de activista de izquierdas. Ese método de follarse a la gente de derechas para intentar enviarles mensajes subliminales justo antes de llegar al orgasmo y la forma natural con lo que lo describe es la salsa del film, en el que descubrimos al tiempo que Arthur lo que hay detrás de esa fachada de niña problemática. Forestier, que ganó el César a la Mejor Actriz Protagonista por este trabajo, clava un personaje con muchos más matices de los que se le presupone y de una dificultad interpretativa más que alta.

Leclerc utiliza la comedia, en palabras suyas, como «la única manera elegante para hablar de asuntos personales sin llegar a ser autoabsorbente». Y no le falta razón al tratar desde el humor un tema tan complicado como es la cuestión del origen en una Francia multicultural en la que la mayoría lucha por ser fieles a sus raíces sin ser parte de la mentalidad de su comunidad, a menudo demasiado retrógrada para entender los problemas del presente. Ser árabe sin ser musulmán o ser un judío no practicante es muy común hoy en día, pero aún así se tiende a generalizar dentro de razas y etnias. Me quedo con esa reflexión final de Arthur y Baya: ¿cuánto nos tenemos que mezclar para que nos dejen de importar las raíces? Graciosa, entretenida y encima da que pensar, aunque sea de manera superficial. Grata sorpresa, sin duda, Los nombres del amor.

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