Críticas: Los infieles

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Jean Dujardin regresa a las pantallas españolas.Después de haber ganado el Oscar al mejor actor por The Artist, ejerce de productor, guionista, director ocasional y protagonista en esta película compuesta por seis episodios y algún que otro sketch para retratar las vicisitudes del hombre depredador del S. XXI a la caza de la mujer.

Tras el visionado de Los infieles, uno no puede disociar la estructura de la película con la comedia all’italiana de ecos dinorisianos. Sin embargo, allí donde Risi supo retratar en I Monstri (1963) a la sociedad italiana de la época mediante su punzante ingenio, Dujardin y amigos se limitan a saltar de episodio en episodio recogiendo los clichés del übersexual macho man más trillado del pasado Siglo XX.

Los siete realizadores (entre ellos Dujardin) parecen haber asumido un trabajo de encargo sin que ninguno de ellos proponga un acercamiento más profundo, mediante la puesta en escena, de lo que puede suponer la infidelidad masculina. Y digo infidelidad masculina porque sobre la femenina solo puede encontrarse una vaga e incompleta mención en una de las historias, en la que Dujardin (junto a su esposa en la vida real, Alexandra Lamy) interpreta el papel de marido arrepentido en lo que posiblemente sea el episodio más grave en relación al tono, y en la que se alude a cierta discriminación positiva (léase con sorna, por favor) porque la mujer nunca traiciona por sexo, sólo por falta de amor. Ya, claro.

Sin embargo, ni Jean Dujardin es Vittorio Gassman ni Gilles Lellouche es Nino Manfredi, a pesar de que este último se lleve la película al bolsillo ofreciendo más registros dramáticos que el último y flamante ganador del Oscar. Mención también para Guillaume Canet por su tronchante aparición como alumno perfecto en la sesión de terapia formada por infieles, cómo no, en la que algunos espectadores patrios tendrán la sensación de ver a Joaquín Reyes como Guillaume Canet interpretando al personaje de Thibault en un Celebrities. Ahí es ná.

Algunos dirán que la película aboga claramente por una incorrección política a través de mostrar personajes pretendidamente caricaturescos, patéticos y vulgares, aliñados, además, por la comedia de sal gorda. En mi opinión, incorrección política es Todd Solondz en Happiness (1998) con su catálogo grotesco de personajes solitarios y depravados que reflotan lo más oscuro que aguarda en nosotros en un mundo que no nos comprende y por ello resulta alarmantemente incómodo. Ninguno de los siete directores que discurren por Los infieles entra a estoque en lo que podría haber sido un golpe para la moral acomodada de nuestra sociedad bien estante en la que la infidelidad se comprende como un mero divertimento, luego traición sin más y, según la película, únicamente masculino en lugar de aprovechar la propuesta para arrancarnos la máscara y abofetearnos en la cara con lo que realmente significa ser políticamente incorrecto gritando: “Eh, Occidente, que tal vez todos seamos infieles de una manera u otra porque la estructura cultural sobre la que se construye la bendita sociedad nos impone ser lo contrario”.

Olviden la polémica del cartel que tan solo ha contribuido a dar más popularidad a un film que, lamentablemente, solo cabrea por su anacronismo discursivo en lo moral y limitada visión cinematográfica.

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