Críticas: Seabiscuit

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Esta semana tenemos crítica de Seabiscuit. Y es que los estrenos de War Horse y The Turin Horse -a lo que hay que sumar el inicio de la serie de HBO Luck– hacen que queramos susurrar a los caballos. Está escrita por Eptesicus.

En una de las primeras escenas de Seabiscuit se cita un poema de Emily Dickinson que más o menos comienza así: «Nunca sabremos nuestra altura hasta que nos pidan ponernos de pie. Y entonces, si realmente nos lo proponemos, nuestra estatura crece hasta llegar al cielo». Estas palabras representan muy bien el espíritu de esta preciosa película que está ambientada en el que quizás fue el periodo más duro (y a la vez uno de los más interesantes) del siglo XX, el de entreguerras. Los felices años 20, durante los que se produjo un desarrollo económico sin precedentes (representado en la película por el auge de la industria del automóvil) dieron paso a la Gran Depresión después del Crack del 29, cuando la economía colapsó. Millones de personas lo perdieron todo y tuvieron que recurrir a la beneficencia para sobrevivir.

Los estadounidenses necesitaban agarrarse como a un clavo ardiendo a cualquier atisbo de esperanza, necesitaban un símbolo que les hiciese soñar con que las cosas podían ir mejor. Y en esta situación aparece Seabiscuit, un caballo de carreras que no era el más fuerte, ni el más grande, ni el más bello, pero que con esfuerzo y coraje logró superar a rivales teóricamente superiores para demostrar a toda una sociedad que a veces el más pequeño es capaz de hacer grandes cosas.

Pero todo esto no lo logró solo, obviamente. Tuvo la suerte de cruzarse con tres personas muy diferentes entre sí que formaron el mejor de los equipos: un adinerado emprendedor (Jeff Bridges) que tras sufrir un duro golpe emocional recupera la ilusión gracias a una mujer, Marcela, interpretada por Elizabeth Banks (único personaje femenino con algo de protagonismo en la historia), un entrenador semiretirado (Chris Cooper), gran amante de los caballos que vive casi como un nómada y duerme al raso, y Red Pollard (Tobey Maguire), un joven jinete de complicado carácter y ávido lector que conecta como nadie con el caballo protagonista. Tres personas que vienen de haber sufrido fuertes varapalos y que juntas logran lo que no podrían haber hecho solas. Y es que este es uno de los grandes mensajes que transmite el film, que nos necesitamos unos a otros, porque al fin y al cabo solos no somos nadie, y uniendo esfuerzos es como se logran los grandes éxitos en la vida.

El trabajo de los tres actores protagonistas es excelente, logran dar vida a personajes muy humanos con los que es fácil empatizar. También merecen ser mencionados Gary Stevens, que interpreta al jockey George Woolf, y William H. Macy, que fue nominado al Globo de Oro al mejor actor de reparto por su pequeño papel.

Pero no sólo las interpretaciones son dignas de alabar. La dirección artística es impecable (el vestuario, la recreación de los hipódromos, los vehículos…), así como la fotografía de John Schwartzman, que aprovecha muy bien los bellos paisajes en los que fue rodada la película, y la banda sonora de Randy Newman, un compositor que siempre garantiza un trabajo como mínimo interesante y que aquí tiene momentos verdaderamente inspirados.

La dirección corre a cargo de Gary Ross (Pleasantville) que realiza un gran trabajo, sobre todo en las escenas de las carreras, rodadas con nervio y brío, en las que logra transmitir tensión y emoción con éxito.

Seabiscuit logró 7 nominaciones a los Oscar (película, guión adaptado, fotografía, montaje, dirección artística, vestuario y efectos sonoros). No logró ninguno, pero es que ese año el nivel era muy alto (por ejemplo, sus competidoras en la categoría de mejor película fueron nada más y nada menos que Lost in Translation, Mystic River, Master and Commander y la que finalmente resultó ganadora y absoluta dominadora de la noche, El retorno del rey). Pero esto no le resta ningún mérito a una película que, en mi opinión, está entre las mejores de la pasada década y que tiene un final de una belleza y emotividad que ponen la piel de gallina.

Escrita por Eptesicus

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