Críticas: Polisse

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Maïwenn Le Besco ganó el Premio del Jurado en el pasado festival de Cannes por su retrato documentalista de la Unidad Infantil de la Policía de París. Su película también es la máxima nominada a los Premios César con 13 nominaciones.

La primera imagen que viene a la cabeza sobre Polisse es la de Maïwenn Le Besco recogiendo su Premio del Jurado en el pasado festival de Cannes entre sollozos y prácticamente ininteligibles palabras. Un reconocimiento no exento de polémica porque muchas reacciones tras ver su filme allí no fueron precisamente positivas. Se le acacharon problemas de forma con sus parecidos razonables a La clase (Palma de Oro en Cannes) de Laurent Cantet y Ley 627 de Bertrand Tavernier. Y esa forma precisamente hace que tal vez los méritos de su fondo no salgan a flote correctamente. La mirada es pretendidamente documentalista y la propia Maïwenn Le Besco se reserva un papel como fotógrafa que sigue a esa unidad del Departamento de Policía de París especializada en menores. No obstante, la directora y escritora del filme cita como referencia los documentales de Virgil Vernier sobre la policía.

Creo que la visión de la autora del filme parte desde su silencioso personaje como espectador y al mismo tiempo sobre ese ojo (y mirada) que pone el objetivo de la parcialidad de la historia. ¿Qué interesa de un departamento que tiene que lidiar con violencia sexual, explotación, malos tratos, etc. con menores? Ser parte de ellos en ese día a día conlleva enfrentarse a casos escabrosos y momentos extremadamente duros pero el humor se convierte en la única arma que encuentra la unidad para combatir la miseria humana a la que se enfrentan en su jornada de trabajo. Es un proyecto valiente y arriesgado aunque con referentes obvios. Maïwenn Le Besco ha trabajado con completa libertad investigando y creando posibilidades en la historia. En una de las primeras versiones del guión los personajes que protagonizan la cinta se convertían en policías corruptos y cometían un atraco  para huir a Las Vegas y gastar todo el botín, por ejemplo. Con las posibilidades que le ofreció el seguimiento a ese reparto coral se completaron 150 horas de material rodado listo para montar, que fueron reducidas a poco más de dos.

Pasando al fondo, a Polisse se le etiquetara como un filme policial (y de policías) sobre abusos a niños y pedófilos pero se volverá a la forma… del fondo. No sé si la cinta de Maïwenn Le Besco quiere entablar un debate como proponía la cinta de Cantet o, por el contrario, simplemente dar forma a un tema controvertido y normalmente enfatizado hacía el drama con aspavientos de telefilme. La pedofilia, como los delitos y declaraciones mostrados sobre menores, son retratados desde el punto de vista del delito, del delator y del delatado criminal. Ese diario nos mete de lleno en ese día a día de unos policías pero también pone rostros a víctimas y verdugos. El punto de vista también establece en algunos casos un previo a modo de incursión en los hechos para después pasar a su lado documentalista y enfrentar los testimonios frente a la cámara en los interrogatorios. Se le puede criticar que muestre pero, después, no desarrolle ni se moje en un planteamiento que quiere ser pretendidamente simplista e incluso esquemático. Tal vez la imposición de ese día a día pasa al espectador sea el objetivo de la cineasta. Realmente el trabajo de esos policías es ese… No existe una conexión posterior con los verdugos o víctimas, simple desconexión para no acabar hospitalizados por depresión terminal. Meramente trabajan en numerosos casos de manera rápida y la involucración personal no tiene cabida; el espectador, al igual que los protagonistas, queda excluido de esa otra historia posterior que vivan los denunciantes y denunciados.

El grupo es retratado como un clan familiar juega con la práctica imposibilidad de conciliar la vida personal y familiar. Presenciamos cómo dan todo lo mejor de sí para poder ejercer lo mejor su profesión y ser unos anónimos héroes diarios que ofrecen lo mejor de sí mismos (y dejando lo peor en su vida personal) para recibir cierta incomprensión social e incluso palos secos desde sus superiores con una cierta crítica a la burocracia por dar medios a otros departamentos policiales cuyo trabajo interesa más a la prensa que a la sociedad. Dentro de esa brigada, que defiende los derechos de los menores, nos encontramos con innumerables problemas familiares y personales, matrimonios rotos, problemas de anorexia, amores imposibles y otros probables y en el aire. La película parece vivir de anécdotas reales y el nacimiento que origina la obra procede de un documental televisivo sobre el tema que retrata. Y precisamente esa compensación entre la vida privada y profesional es lo que convierte en interesante una propuesta que divaga entre la comedia y el drama que imponen esos casos basados en hechos reales. Maïwenn Le Besco se ha basado en los hechos que ella misma presenció cuando estuvo junto con el departamento de policía que retrata o en historias que le contaron los oficiales. Tal vez esa apreciación de los casos quiere extenderse a la totalidad social que quiere plasmar: desde un incesto de las clases más altas hasta la explotación de niños para ser carteristas en los reductos más marginales. Su gran mérito es creerse a los actores (todos están esplendidos) pero a esos secundarios aparentemente anónimos que parecen sacados de la calle y ofrecen una cara del dolor o la ignorancia. Lo que no he cogido es su final, en montaje paralelo, que nos ofrece dos caras tal vez de una misma moneda: la sonrisa ante la tragedia de las víctimas para seguir adelante y el suicidio de una parte de la sociedad al dar todo por algo pero, finalmente, sentirse aislada y rechazada. ¿Las víctimas del silencio?

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