Críticas: Papá, soy una zombi

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Las niñas góticas también tienen derecho a protagonizar películas (de animación) españolas. Papá, soy una zombi, nominada al Goya a la Mejor Película de Animación, llega a nuestras pantallas para que los niños vean que actuar en The Walking Dead es también una salida laboral en tiempos de crisis.

La animación española pasa, en estos momentos, por una fase de cierta relevancia internacional por los méritos alcanzados en nominaciones a los premios Annie y de la Academia estadounidense. Que La dama y la muerte y Chico & Rita hayan sido nominados al Oscar como mejor corto y largo de animación respectivamente y que Arrugas, Goya cuasi-seguro, se haya quedado a las puertas es un buen síntoma que indica que la animación patria pasa por una mirada hacía el público adulto después de numerosos subproductos de consumo infantil que no solían llegar a mínimos de calidad. Papá, soy una zombi de los veteranos en el campo de la animación Ricardo Ramón y Joan Espinach llega como un enlace entre la animación infantil y el enfoque adulto por su tema y envoltorio. Se trata de una película de terror para niños-adolescentes de entre 7 y 12 años con numerosos recursos cómicos donde se combina la presencia de zombis, brujas y otros seres venidos de la oscuridad bajo claras referencias burtonianas. De hecho, se ha utilizado la voz española de Johnny Depp para resaltar esa conexión y potenciar la familiaridad de la propuesta.

Desde las notas de producción ya se establece ese proyecto realizado con escasez de medios: su presupuesto es el 4% de una producción estadounidense de animación de categoría media. Y con ese presupuesto, digno de rumana con la palma de la mano abierta en el Metro, no es que se le vaya a pedir la versión española de La novia cadáver, Pesadilla antes de navidad o ni siquiera de Monster House, pero sí se echa en falta cierto talento en la ambientación. En ese detalle de genialidad de cuidar los pequeños detalles mediante la sobredosis de genialidad, habitual en el director de Vincent. La película, eso sí, debería titularse ¡Qué bello es morir! pero el marketing dark no perdona. Menos el nombre, también dark de la protagonista, Dixie. Papá, soy una zombie, pese a su título, no narra la tragedia de un padre que descubre que su hija ha quedado zombificada por el Tuenti y sólo se comunica con él por WhatsApp ni tampoco es un biopic de una de las hijas de Zapatero, aunque debería verse en toda las guarderías para que los pequeños sepan que las niñas góticas, aparte de inteligentes, duermen vestidas y maquilladas… y ahorran, aparte de luz, tiempo a sus desesperados padres.

Tuve la oportunidad de ver la película en un pase especial repleto de padres y niños, el target natural de la producción. Los animadores zombificados del preestreno pintaron a los niños de muertos vivientes y puedo dar fe que la película consiguió su objetivo: quedaron inmóviles e hipnotizados durante los 80 minutos de duración.  Los pequeños no tuvieron en ningún instante miedo del argumento ni de los monstruos que aparecían en pantalla. Al parecer, que sus madres vean a The Walking Dead en La Sexta y a Belén Esteban en Telecinco ha provocado que los zombis sean parte de su día a día. Tampoco que la protagonista se enfrente en los primeros compases al divorcio de sus padres y tener que vivir en una funeraria y al lado de cadáveres en plan A dos metros bajo tierra no les preocupó en estos tiempos de crisis. Una madre sí lanzó la voz de alarma cuando salieron los logos habituales en toda producción patria subvencionada: «El Ministerio de Educación sí que da miedo».

No es que sea la película del siglo, aparte de estar trabajada sobre una plantilla que la convierte en un objeto previsible y olvidable, pero teniendo en cuenta los medios con los que han contado es una obra digna de valorar. Papá, soy una zombi habla sobre dobles y replicantes en mundos de fantasía freudiana: Dixie es una niña zombie que se auto-considera muerta en ese universo-limbo paralelo; su padre, del que se avergüenza por su profesión, se transforma un hippie soñador y salvador; y su madre se convierte en… ¡una bruja que pretende destruir el mundo real por odio y venganza a los que la enviaron al paredón! No faltan aventuras, amigos y amores ausentes desde que en su mundo físico la que consideraba su mejor amiga (culona) le birló al chico que le gustaba… La vieja leyenda del Azoth no es más que la precuela de un Apocalipsis Zombi (ya era hora que alguien lo explicara correctamente). Aunque, ¿la obsesión de Nigreda por los bonsáis a qué es debido? ¿Quiere ser un homenaje a Felipe González o al tijeretazo de la actual política de recortes y brotes verdes? No obstante, Papá, soy una zombi habla de temas universales como la amistad, el perdón y, sobre todo, de tener (y luchar con) corazón en situaciones desesperadas. Deberían haberse fijado más en Macario de Roberto Gavaldón que en Tim Burton y Danny Elfman para que la película no fuera tan irregular y cercana a esos bajos niveles de calidad habituales en las producciones de animación infantil patrias. Pero frases tan bonitas como «Atraes lo que piensas, como un imán», «Te he dado 300 años de mi vida», «Quiero cada una de sus mollejas putrefactas, cada larva que habita en su piel» y, sobre todo, ese buscador de Euskaltel me han llegado al alma. Lo mejor, no obstante y con total y completa diferencia, la banda sonora del más que reivindicable Manel Gil. A seguirle la pista.

2 Responses to Críticas: Papá, soy una zombi

  1. maina dice:

    ala que guall la pelicula <3<3

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