Críticas: Luces rojas

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La esperada película de Rodrigo Cortés con Robert De Niro, Cillian Murphy y Sigourney Weaver ya casi tiene luz verde en nuestras carteleras.

Cómo es posible analizar una película como Luces rojas sin destripar grandes detalles de su argumento. Flashback. Es necesario revisar la carrera de Rodrigo Cortés desde su arranque en formato corto, pasando por sus incursiones en Notodofilmfest, explotando en el panorama patrio con Concursante, haciéndose hueco y ganado crédito en la complicada palestra internacional con Buried y finalmente alcanzando las nubes con un proyecto mayor plagado de estrellas internacionales. Es cierto que Luces Rojas es una intención y sueño pensado mucho antes de que cayese el guión de Chris Sparling en manos de Cortés. Con la cinta que protagonizó Ryan Reynolds se pusieron en marcha los mecanismos necesarios para que Robert De Niro, Cillian Murphy y Sigourney Weaver se integraran en el mismo en una gran y empinada escalera de la que el creador podía resbalar en el penúltimo escalón. Repasado todo ese camino y ascenso se ve claramente una vocación inusual (y claramente natural) de hacer siempre proyectos interesantes, diferentes y sorprendentes para el espectador. Tal vez con ese conjunto no existe un lazo de unión y credencial para mostrar cierta autoría. Luces rojas es una película que vuelve a convertirse en un objeto identificable y no asociable a un autor que muta como nueva carne cronenbergiana cada vez que toma el control de una cámara o un folio en blanco.

El principal problema (y ahí también me incluyo) es que las intenciones del director difieren de las nuestras (y aquí generalizo). Rodrigo Cortés ha definido su película como «una bomba de relojería de apertura retardada». Yo pensaba que era una referencia claramente hitchcockiana pero el ‘retardo’ al que se refería el director hacía referencia a las resonancias que deja toda buena obra en nuestro recuerdo pasado el tiempo. Tal y como comento, una película tan inmediata y esperada está condenada a ser devorada y expuesta en la palestra de las redes sociales. Nuestro actual modelo de cinefagia semanal hace que los filmes sean diseccionados en nuestras mandíbulas y escupidos en tropezones a golpe de 140 caracteres y redes sociales cinéfilas. Que los foros y muros virtuales se llenen de trozos y sanguinolentas pintadas con las primeras y tal vez últimas impresiones.

Rodrigo Cortés, por el contrario, propone en Luces rojas una obra de largo alcance bajo la pirueta mortal de estar envuelta en cine de entretenimiento, como si fuera la película que tenía que haber entregado M. Night Shyamalan en vez de la nefasta Airbender, el último guerrero. Una cinta que parece moverse en los terrenos controvertidos de De Palma, Lynch o Cronenberg en algunos momentos marcando sus propias luces rojas en ‘esos elementos que no deberían estar ahí’ y que delimitan el giro final. Ese giro que será tan discutido y criticado como venerado y aplaudido en esa inmediatez a la que hacia referencia en las pasadas líneas ‘dentales’.

Personalmente veo en el arranque y la propuesta de Cortés una película con un germen excelente y que daría crecimiento y enraizado hasta para una gran serie procedimental, en el polo opuesto de Expediente X de Chris Carter. Hay un subtexto en las imágenes y diálogos que nos propone el director de Concursante, que invitan a ‘concursar’ al propio espectador utilizando su inteligencia para determinar esas luces rojas como truco del ilusionista. Esa intención de crear una película que vaya más del mero comentario y opinión inmediata y que fuera digerida por el espectador para producir esa resonancia y posible cultismo está aquí… pero, ¿a qué precio? Salvando el título de la película y cartel, a juego y tono con un thriller sobre la prostitución sobre ‘farolillos rojos’, se llega esa película con una gran idea que desemboca en algo coherente e incoherente al mismo tiempo. Me explico: una vez surge y desvela lo que hay detrás del telón, llega el momento del análisis de lo mostrado previamente. En ese punto habrá dos tipos de espectadores: los que hundan el truco completo tildando esas ‘luces rojas’ de absurdas e incoherentes, desacreditando el resultado final… y, por el contrario, los que no. Tal vez esa controversia sea de lo que pueda vivir de morir digerida rápidamente una película como Luces rojas, porque el tiempo será su propio jugo gástrico y ácido verdugo.

Creo firmemente en la idea de Cortés y en esas luces rojas que muestran su historia como la frase de Simon Silver: «Si no hay pureza en la intención, puedes acabar creando monstruos», pero no creo en detalles de su desarrollo porque me parecen incomprensibles. Es de agradecer que Eugenio Mira haga un cameo tan genial y socarrón y que el director haya querido hacer su particular y cronenbergiana revisión de El truco final de Christopher Nolan. Veo muchos terremotos similares a los ofrecidos en Humor amarillo pero mis neuronas ni se inmutan. Si yo fuera el mago sacaría de la chistera un homenaje final a Scanners… pero esta vez me siento como un conejo al que sacan de la oscuridad estirándole de sus orejas para quedar cegado con luces molestas y que nunca quería ver. Y, por supuesto, rojas… como el color de mi cara por la indignación y oportunidad perdida por una película que he entendido perfectamente en su planteamiento, pero que realmente soy incapaz de comprender a nivel de desarrollo cinematográfico.

7 Responses to Críticas: Luces rojas

  1. neathara dice:

    ¿Hay spoilers o se puede leer sin haberla visto?

  2. Que te cuente Martín lo que tuvo que escuchar de la entrevista por parte de otros medios…

  3. Shelbynski dice:

    Me ha parecido poco menos que una estafa. Engancha a ratos y es evidente que Cortés tiene talento para crear atmósfera, pero debajo de ella no hay nada, pura pirotecnia. Ni siquiera me ha apetecido mirar hacia atrás después de la última secuencia, me chocan tantas cosas…

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