Críticas: Fausto

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Fausto a través de la cámara de Sokurov. O lo que es lo mismo, un ensayo sobre el poder y la tiranía.

Entiendo que parte de la crítica de este país, con el popular Boyero a la cabeza, se haya echado las manos a la cabeza con la última cinta del cineasta ruso Alexander Sokurov. Comprendo que pueda resultar un filme demasiado críptico acompañado de un aire bufonesco que puede hacer perder los nervios a más de uno. Y de dos y de tres y de media sala, como pude comprobar por los ronquidos y el goteo de “críticos” (algunos profesionales, ojito) que huyeron de la proyección. Como digo, lo entiendo perfectamente. Y es una lástima. Porque no saben lo que se pierden.

Sokurov ha parido un Fausto peculiar, algo alejado de la idea colectiva del mito. Se apropia de su significado y de su historia para hablarnos de una de las obsesiones del cineasta: el poder y la tiranía. Porque Fausto es el punto y final a su peculiar tetralogía al crepúsculo de los grandes líderes mundiales del siglo XX. Pero ojo, mientras en sus anteriores trabajos era el fin del tirano, en Fausto nos habla del nacimiento del mismo. Abrimos con un Fausto carente de cualquier anhelo, esperanza o creencia. A su alrededor, Sokurov nos muestra un mundo grotesco y sin alma; no es por nada que comencemos con nuestro Fausto sacando los órganos de un muerto mientras conversa sobre el lugar donde debería encontrarse el mencionado alma humana.

Hay que detenerse en el apartado técnico. Su director no se limita a saber mover la cámara en planos largos. Sabe crear una atmósfera entre lo grotesco que choca totalmente con el aire bufonesco de los personajes y sus movimientos. Colores apagados, desenfoques, incluso cambios de formato para transmitir la sensación de encontrarnos en un sueño… o una pesadilla. Cobra especial relevancia la escena donde conoce por primera vez al diablo. Fausto entra en una especie de tienda de empeños, cambiando bruscamente todo a un cariz de ensoñación, donde nada parece lógico, ni movimientos ni acting de los personajes. Hay que prestar atención a los desenfoques que utiliza en primer término, al uso de la luz (juraría que durante toda la película sólo usa luz natural) y la creación de un diablo tan alejado, otra vez, del ideario colectivo.

Lo que sigue es una puesta en marcha por parte del diablo para atrapar a Fausto, guiándole y haciendo de destino para con él. Los pasajes no parece que estén conectados entre ellos, como ya ocurría en otras cintas de su director. Fausto encuentra la llama que puede iluminar su alma mediante el diablo. En todo momento, como se presupone, Fausto va dos pasos por detrás de su mentor, quien lo manipula poco a poco para hacerlo caer en su enrevesada tela de araña.

No hace falta que hable más de lo necesario sobre la narrativa de la cinta. Fausto se mueve en una ciudad donde acaba de terminar una guerra, plagada de soldados, de muerte y de podredumbre del alma humana. Sokurov crea unas cuantas escenas para el recuerdo, con un poderío visual acojonante. No sólo por movimientos de cámara, sino por la intención que le pone. En este sentido el ruso se gana el cielo cuando utiliza de forma magistral herramientas tan sencillas como un simple corte para crear una simple transición. (Spoiler: Fausto observa a su amada contemplando el lago. Se acerca por detrás y la abraza, cayendo los dos a las profundidades. Por medio del corte pasamos a los dos durmiendo desnudos en la cama. No hace falta explicar nada más).

En resumen, estamos ante una obra que merece la pena arriesgarse a  presenciar. El final descoloca bastante, pero su director termina por contarnos el nacimiento del tirano, aquel que no tenía ningún tipo de moral (o se ha terminado despojando de él gracias al poder) y ha “escalado” gracias a otros y acaba dejando atrás sus deseos, anhelos y compañeros para proseguir  su marcha en solitario a conquistar montañas más altas. Un final que haría las delicias de algún dirigente como Milosevic o de ciertos personajes de la nueva Rusia.

Ronquidos en la sala, huida de la gente, los clásicos y tópicos WTF de Boyero. Se entiende perfectamente. Lo tiene todo para ser una de las pelis favoritas del año en nuestra web.

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