Críticas: El discreto encanto de la burguesía

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CAH / El discreto encanto de la burguesía

Luis Buñuel jamás se acomodó y con cada título daba un nuevo paso explorador que lo conducía a nuevos hallazgos. Como buen cineasta inquieto, nunca perdió la capacidad de sorpresa ni la cualidad de sorprender al espectador. Aunque una fórmula recién conquistada funcionase, él seguía evolucionando, seguía en busca de nuevos horizontes. Si en Un perro andaluz se movía de forma brillante por los territorios del surrealismo más puro, años más tarde, se decantaba por el documental social en Las Hurdes o por el drama social en Los olvidados, y se inclinaba, en cambio, por el drama psicológico poco después en Él. En cada nueva incursión alcanzaba una calidad incuestionable, pero no se detenía y continuaba descubriendo nuevas cimas cinematográficas de distinta índole, como, por ejemplo, el reproche irreverente de Viridiana, la sátira onírica de El ángel exterminador o el drama descarnado de Tristana. No obstante, ninguno de estos movimientos era un salto caprichoso y acrítico ni un golpe de timón sin orden ni concierto, sino que sus obsesiones, su espíritu fustigador y su inconfundible estilo no dejaron nunca de ser su hoja de ruta.

El discreto encanto de la burguesía es un lugar distinto, pero con la misma poética de siempre y una filosofía de fondo completamente propia del genio español. Rodada en su madurez creativa, esta obra maestra narra una serie de citas sociales de un grupo de burgueses adinerados. Los guionistas, Jean-Claude Carrière y el propio Buñuel, colocan a los personajes un día antes de lo previsto en una primera cita ordinaria en el caserón de dos de ellos y, a partir de aquí, todos sus encuentros se enrarecen y son siempre interrumpidos por acontecimientos, apariciones o situaciones singulares, entrando, así, en un bucle atemporal cuyo débil hilo narrativo es básicamente conceptual. La película está construida mediante secuencias con introducción, nudo y desenlace que bien podrían ser consideradas como cortometrajes individuales. Y, sin embargo, avanza. Sus personajes también avanzan, pero desorientados, hacia ninguna parte, siempre con una fachada elegante y sofisticada.

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Tras la impecable fachada, la verdad: desasosiego, hipocresía, corrupción, deseo, egoísmo, egolatría, violencia, sexo. El animal que el ser humano trata de encerrar en sí mismo se escapa por las rendijas de la apariencia ante los obstáculos o, en términos psicoanalíticos, el Ello se manifiesta cuando el Superyó se descuida un instante o se ve sobrepasado. Es en los sueños donde no sólo el inconsciente, sino también la sinceridad, aflora con mayor fuerza y el film, precisamente, añade situaciones oníricas a las situaciones reales, confundiéndose entre ellas y originando, así, incertidumbre en el espectador, quien, a medida que transcurre el metraje, no sabe si lo que está presenciando forma parte del mundo real o del mundo de los sueños, pues un plano a menudo es tan onírico o absurdo como el otro en El discreto encanto de la burguesía. Pero es precisamente esto lo que la obra señala en última instancia: la vida que llevan los individuos que forman parte de la alta burguesía es irreal, un espejismo, un islote en medio del océano de la verdadera realidad. A pesar de que su aislamiento propicia el empobrecimiento del resto del mundo, ni siquiera de este modo logran ser felices y esta frustración se ve reflejada en especial en la imposibilidad de conseguir lo que con más ímpetu desean, simbolizado aquí por la comida que no consiguen disfrutar nunca y por la inconveniencia de practicar sexo cuando y con quien desean.

El mundo ficcional de esta película se emparenta con el Godard de la aún más radical y demente Weekend. No es casualidad: ambos tienen una mente inquieta que abre los márgenes de las posibilidades del cine y ambos se influyen mutuamente. Estas dos obras coinciden también en el humor, pues, a pesar del drama que muestran, no dejan de ser comedias afiladas y ácidas que juegan con los personajes y que se ríen de ellos instalándolos donde quieren con el fin de extraer su verdadera naturaleza. La estrategia de colocar en situaciones especiales, a menudo extraordinarias, a los personajes para que terminen desnudándose frente a la pantalla es más que frecuente en la filmografía de Buñuel. La utiliza con brutal eficacia en El ángel exterminador, la obra más cercana a la que nos ocupa en esencia, y en Nazarín, y en Viridiana, y en Belle de jour, entre otras. Por supuesto, esto no es lo único que conecta a El discreto encanto de la burguesía con el resto de su obra, sino también el sarcasmo, la fijación sexual, la irreverencia, el carácter crítico, el costumbrismo vesánico y demás ideas y recursos permanentes de su insobornable poética, porque, como señalábamos al comienzo de esta crítica con otras palabras, Buñuel fue un fantástico cineasta nómada que llevaba siempre consigo lo más importante.

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