Críticas: El Bulli. Cooking in Progress

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El Bulli: Cooking in Progress, documental sobre el internacionalmente conocido restaurante de Ferran Adrià, se estrena el 30 de marzo. En Cinema ad hoc ya la hemos visto.

En una rueda de prensa le preguntaron a Tom Tykwer, director de El perfume: historia de un asesino, cómo podía adaptar la novela de Patrick Süskind con un material tan olorosamente inadaptable… La respuesta fue clara y contundente: «El libro tampoco huele». La duda es saber cómo hacer un documental sobre la experimentación culinaria en busca de su lado creativo y no morir gástricamente en el intento. Tenemos que comer con los ojos…. pero, ¿es que uno es capaz de ‘comer’ con la nouvelle cuisine y la gastronomía molecular? Siempre se ha dicho, como marcado y redundante cliché, que en este tipo de restaurantes, convites en acontecimientos y exquisiteces tan moleculares (en tamaño, textura y sabor) uno se queda con más hambre que el perro de un ciego (la Frikipedia hábilmente añadió una extensión a la exageración popular: «Tienes más hambre que el perro de Chocapic»). Se dice y se cuenta que lo normal es pasar después por el burger más cercano para poder dar algo auténtico al indignado estómago. Al fin y al cabo no se come del aire y menos con cuatro moléculas muy sabrosas pero esmirriadas.

El caso del documental de Gereon Wetzel sobre El Bulli y por extensión sobre la figura Ferran Adrià, al que se considera unos de los chefs más innovadores del mundo y que encumbró las listas del mejor cocinero durante algunos años, debe ser analizado desde todos sus ángulos. El primer recoveco sería saber qué aporta ante la ya constada y previa sobredosis de canales de cocina o la era Arguiñano y similares que se han afianzado en las parrillas televisivas desde principios de los noventa hasta nuestros días. La segunda esquina y posiblemente la correcta orientación podría ser el prestigio internacional alcanzado y el cierre de El Bulli (algunas versiones apuntan a que como el Guadiana volverá a aparecer aunque sea en forma de Fundación). Tal vez El Bulli: Cooking in Progress llegue en un momento oportuno a nuestras carteleras. Se estrena el 30 de marzo y mientras tanto y como avanzadilla tendremos una exposición durante un año en el Palau Robert a la figura de Ferran Adriá y su reputado restaurante. Se quiera o no, Adriá es siempre noticia, y un público se puede acercar al documental de Gereon Wetzel para descubrir los trucos del éxito de nuestro más internacional chef. Un documento que representa un año de trabajo dividido en seis meses de búsqueda de nuevos y exquisitos platos y otro semestre en plena faena dentro de El Bulli.

Otro de los clichés referentes al creativo cocinero es que su mente es un inentendible objeto de genialidad que no llegan a comprender ni sus más cercanos trabajadores y compañeros de aventuras culinarias. El propio Adrià quiere crear una Bullipedia y sería mucho más aclaratoria que lo que expone el documental de Gereon Wetzel. Si alguien piensa que los misterios serán resueltos con El Bulli: Cooking in Progress, quedará notablemente defraudado. Descubrirá, eso sí, que se utiliza el invento del siglo en la cocina contemporánea burguesa, o sea, la Thermomix… aparte de olla express, liofilizadora, minipimer… y se lava con Fairy. El nitrógeno liquido podría deparar anécdotas de cocineros haciendo un homenaje a T-1000 de Terminator 2: el juicio final o explicarnos más y mejor cómo utilizan a los novatos y/o becarios para colocar el empedrado hacía el restaurante, hacer trabajos de jardinería o de mozos de almacén. A mí se me vino a la cabeza aquella mítica frase de «Queréis la fama, pero la fama cuesta y aquí es donde vais a empezar a pagar. Con sudor», en versión Con las manos en la masa, claro. Aparte de la perfección que busca el revelador creador: «¡No me deis cosas que no estén bien!». También observamos que el ‘cuerpo técnico’ se mete entre pecho y espalda unos buenos trozos de pollo asado y pescadito frito mientras dan a su clientela la raspa y el hueso envueltas en miel fosilizada con un trozo de pino (seguramente excedente del trabajo de jardinería mencionado anteriormente). Bueno, es un decir, aunque parece que aquí se aprovecha todo (en ese ‘todo vale’). Para sudores, eso sí, los que echa el propio Adrià y sus alumnos aventajados cada vez que el prestigioso chef mete la lengua y le da al paladar. Eso sin no está hablando por el móvil (¿metáfora de desconexión con el mundo-mundano?) o echando la bronca por no hacer back-up de los discos duros a sus discípulos (pese a que no le vemos utilizar un ordenador en todo el documental y no separarse de su lapicero y bloc de notas). El potencial cómico de El Bulli: Cooking in Progress es lo más destacado en ese eterno ‘WTF!’ cada vez que aparece un plato nuevo en escena. Por momentos pensaba que era una versión española del último episodio de la genial e imprescindible The IT Crowd, Reynholm vs Reynholm, donde se hizo una parodia de Heston Blumenthal y su The Fat Duck Restaurant, con platos de diseño como radios, trozos de césped, platos con forma de cabeza o velas o postres invisibles. ¡Incluso en el episodio se comen la propia cubertería!

Lo que no sé es dónde ubicar cinematográficamente un documental como El Bulli: Cooking in Progress. No utiliza voz en off ni narrador, la música parece una cara b instrumental de un single de Björk y se busca la humanización de esos platos tan exquisitos, sabrosos y originales y el trabajo que conllevan. La innovación parte de un trabajo de equipo donde los primeros cocineros experimentan y llegan a un gran y valioso número de posibilidades. Gereon Wetzel parece buscar y centrarse reiteradamente en los contraplanos que propician la aprobación y la necesidad de sorprender al maestro por parte de sus discípulos. Aunque las similitudes con Papá Noel y sus duendecillos trabajadores y sacrificados por la causa son más cercanas. Es tal vez incoherente que una cocina tan innovadora, repleta de riesgo y trabajo sea representada de una manera tan simplista y poco experimental. Si fueran equiparables lo que representa a la representación El Bulli: Cooking in Progress debería estar dirigido por James Benning o Michael Snow. Como mínimo por Matthew Barney y ahí la presencia y temas de Björk actuando sobre una mesa de platos indescriptibles que cobran vida en un musical a lo Busby Berkeley sería más consecuente. Al final del documental, no obstante, se nos muestran unas bellas fotografías de todos los nuevos platos que compusieron esa temporada. Lo que no sé es qué opinará la FACUA por no incluir el precio del menú degustación. Al menos se entiende que el precio de la entrada hace que la proporción de ‘ver’ a ‘degustar’ sea proporcional.

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