Críticas: Año de Gracia

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Ventura Pons vuelve, un año más, para dejar constancia de su particular visión del barrio barcelonés de Gràcia y las relaciones humanas.

En Año de Gracia (Any de Gràcia en su título original), Ventura Pons nos muestra su visión sobre las relaciones humanas en el particular microcosmos del famoso barrio barcelonés que da nombre al título de la película y que el personaje Rosa Maria Sardà comparte.

Un joven pueblerino de Vic, David, llega a Gràcia, Barcelona, a comenzar el resto de su vida mientras asiste al primer año de universidad. El chico, alegre, lleno de vitalidad y con ganas de comerse el mundo, debe compartir casa con Gràcia, una vieja malhumorada y estricta que le hará la vida imposible mientras él encuentra su lugar en el mundo. Esa es la sinopsis de la historia. No engaña. Una historia sencilla, de esas que se dicen pequeñitas, de las que cautivan por su encanto. Sin embargo los problemas de la cinta son muchos y variados.

En primer lugar, el barrio de Gràcia, al que se le presuponía como un personaje más, está tratado escasamente y sin rasgos característicos más allá de los tópicos que lo pueblan (o mejor dicho, poblaban). Está visto a través de los ojos de su director, y lo cierto es que es una visión irreal. Hay que tener cuidado, porque la visión, el punto de vista y la intención son algo únicos en cada director. No es necesario aquí discernir sobre la tan polémica visión del cineasta Woody Allen de Barcelona en su panfleto turístico cinta Vicky Cristina Barcelona. Era su visión particular sobre la ciudad y, aunque personalmente considere que estaba alejada de la realidad, era en definitiva su mirada. Además, si la peli fallaba no era precisamente por esa Barcelona idílica. El problema de Ventura Pons con su mirada es que está llena de clichés y tópicos. Sus personajes cojean del mismo pie. Y su trama acaba siendo previsible, sin atisbo de sorpresa, pasando por lugares comunes con ingenuidad e inocencia.

Tal vez los momentos mejor construidos son aquellos que nos muestran el primer amor de David y la resolución que adquiere, junto con su devenir profesional; David comienza estudiando Bellas Artes, pero como esa mala perra que es el destino se empeña en enseñarnos, acabamos siendo o haciendo algo que ni imaginábamos tiempo atrás. En ese sentido la película logra su objetivo: no hay una resolución final con el típico happy end, tan sólo la constatación de que la infancia y adolescencia han quedado atrás y se abre ante nuestro protagonista la vida adulta, con sus victorias y derrotas.

Por contra, la relación entre el personaje de Rosa Maria Sardà y Oriol Pla, quien da vida a David, es de lo más flojo, cuando debería tener más impacto; la evolución no llega a ser creíble a fuerza de repetir esquemas hartos vistos.

No obstante la película encontrará su público en aquellos que compartan la mirada del cineasta de Sala. Una mirada limitada, donde encontramos un barrio de Gràcia sin inmigrantes, lleno de catalanes de toda la vida, donde el único idioma diferente al catalán que se escucha es en viejas canciones españolas, como vieja es la mirada que plasma el realizador. Pons hace suyo el dicho “Gràcia ès com un poble” (Gràcia es como un pueblo), pero se olvida del cosmopolitismo o la multiculturalidad que han hecho del barrio un referente. Sólo veremos la Gràcia vieja, que existir existe, ojo. Bien es cierto que su director quiere mezclar lo viejo y lo nuevo, tan típico de Gràcia, mediante personajes. Son mundos diferentes condenados a coexistir, nos viene a decir.

No quiero ni imaginarme cómo será la película doblada al castellano, pero en su versión original la cinta puede entusiasmar a una parte del público barcelonés y catalán. Al fin de cuentas estamos ante una historia bonita, bien contada y de “buen rollito”, como presume su promoción. Es una lástima que esté lastrada por sus lugares comunes y por una mirada que hemos catalogado de vieja. Pero curiosamente serán estos ingredientes los que la hagan triunfar en una porción de los espectadores, unos espectadores que a buen seguro comparten y aplauden la mirada del cineasta.

En los mejores momentos del visionado, estamos ante una simpática película pequeñita. En los peores, ante una sesión de tópicos de domingo por la tarde. El año que viene, como siempre, Ventura Pons volverá a traernos una nueva propuesta. Esperemos que su mirada tenga algo más que ofrecernos.

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